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Brillat-Savarin
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Sí, este cuento se ha acabado.

Y haciendo buenos los versos –puede que por primera vez en estos tres años y medio de farragosas crónicas- del genial poeta catalán Miquel Martí i Pol, que rezan:

“Deixa que els mots conservin el misteri
del seu origen, per impur que sigui;
però salva’ls si pots de la feixuga
servitud que els sotmet a gratuïtes
verbositats, a incerts malabarismes.

L’essencial es diu amb senzillesa.

El poema, que sigui l’aire en què
cada mot, exaltant-se, recuperi
la plenitud, l’esclat, la fantasia.”


El último capítulo de este cuento que agoniza será breve -muy breve- y, por lo esencial de lo que quiero deciros lo haré con palabras bien sencillas.

Gracias y hasta luego.

Gratitud por los quiméricos, allá por noviembre de 2009 cuando este blog daba sus primeros pasos, 600.000 clics de apoyo –en un alarde de prestidigitación, los de desaprobación los he contado entre ellos- recibidos en estos tres años y medio; por haber soportado mi verborrea –nada reprocho a los lectores alfiles ni a los que hacen de “una imagen vale más mil palabras” su dogma-; por haber enriquecido esta tribuna con vuestros comentarios; y, sobretodo, por la confianza que unos cuantos habéis puesto en mis opiniones, materializada en visitas a los restaurantes reseñados.

El adiós que todo hasta luego lleva implícito trae causa en cierto agotamiento. El de mis ideas para seguir hacer creciendo este blog –cuando lo exponencial pasa a ser logarítmico, es el momento de “a otra cosa mariposa”- y el de un panorama gastronómico, a pesar de su riqueza, finito y, últimamente, demasiado endogámico.

Y la fecha de caducidad –no será la de un yogur, pues, además de ya no la tenerla, era muy breve, pero no alcanzará la de esas conservas con alma de ajuar- que esta despedida trae aparejada, responde a que amo a la gastronomía y algún día desearé volver a gritarlo a los cuatro vientos –desde una tribuna electrónica, desde la calidez y el romanticismo que solo el papel confiere… no lo sé-.

Gracias y hasta luego.

PD: Si a alguien le preocupa mi futuro, por favor, que no sufra más, pues como pude confirmar el pasado fin de semana con los tres maravillosos ágapes que me regalé en los restaurantes Aponiente (El Puerto de Santa María), José Carlos García (Málaga) y Bodegas Campos (Córdoba), como mejor se disfruta de la gastronomía es en la intimidad y con una equilibrada mezcla de sosiego y pasión. Tres elementos del todo incompatibles con mi concepción de un buen blog gastronómico, pues nada hay menos íntimo, sosegado y pasional que una cámara, un bloc de notas y publicaciones frecuentes y, en la medida de lo posible, objetivas.

.


¿Pueden convivir pacíficamente en una misma sentencia los conceptos “American Diner” y Via Veneto?

A juicio de Xavier Uño –en su currículo los encontraréis ambos referenciados a un mismo nivel, a pesar de que pasó más de un lustro bajo las órdenes de la familia Monje y mucho menos duró su aventura americana-, y de la aprehendida, en mi visita de hace dos semanas, realidad del restaurante Carrot Café… ¡Definitivamente sí!

De Xavier, amo y señor, y responsable de compras, camarero o cocinillas –en la no reconocida por la RAE acepción de “cocinero amateur”- de la partida de postres del restaurante Carrot Café, solo añadiré que es una delicia observar cómo se desvive por sus clientes –y por ello, y a diferencia de lo que sucede en el 99% de los restaurantes de Barcelona, los que visitan su casa de comidas somos mucho más que números en un balance-, y que es un ensamblador –la magia en el restaurante Carrot Café no acontece ni en el pase ni en la “mise en place”, sino que tiene lugar durante la incansable búsqueda de Xavi de los mejores proveedores (por ejemplo: de cinco panaderías provienen la decena de panes con los que trabaja o Jordi, mi Jordi, el de la carnicería Casademunt del Mercado de Sarrià, es su proveedor de hamburguesas)- como pocos encontraréis.

Nada habla mejor del restaurante Carrot Café que los platos que, en breve, reseñaré, no obstante, cuatro son los apuntes previos que voy a hacer:

El primero, y por una cuestión de coherencia, en este caso, cronológica, versa sobre la fecha de su apertura (en septiembre de 2012). Ya lo veis, otro dispuesto a desafiar a la maldita crisis.

El segundo responde a la sorpresa que me causó descubrir, en una de las zonas más oscuras y viejas del 22@, un restaurante con tanta luz y de un interiorismo tan fresco.

En el tercero, una de cal y otra de arena, pues no es de recibo –en el fondo sí que lo es, y en la factura, casi de risa, está el recibo- que productos tan cuidados (i.e. embutidos, carne, panes o ¡Cervezas!) convivan con otros de chichinabo (i.e. algunas hortalizas y unas cuantas salsas, especialmente el kétchup y la mostaza)

Y el cuarto se limita a un: por lo que fue, por lo que es y me quedé con las ganas de probar (i.e. bagel de roast beef, sándwich de pan de coca crujiente con sobrasada, tomate y huevo, o bikini de jamón ibérico, queso suizo, cerdo asado, mostaza y jalapeños) y lo que promete ser -nuevos bocatas, como el de Pastrami, Stilton y chucrut, el de bogavante o la hamburguesa de cordero halal, están a punto de ver la luz- ¡Volveré!

Y tras uno de los más lacónicos prefacios que he escrito últimamente, he aquí la bonita, buenísima y baratísima realidad gastronómica del restaurante Carrot Café:

Un correcto humus para ser untado en unos buenos grissinis.

Un notable bikini de porchetta. Sin duda, su “Messi”, la coca de pan del Maresme que hacía las veces de pan de molde.

Una excelente foccacia, de nuevo, un pan de 10, de porchetta, scamorza afumicata, crema de setas y trufa –lo artificial del sabor de ésta última ha estado a punto de costarle la excelencia en mi valoración a este bocata, pero es que estaba taaaaaaaaaan bueno- y tomate al horno.

Un muy buen bocata -de nuevo, ¡Vive la coca de pan del Maresme!- de butifarra negra de Vilobí.

Un magnífico –sin duda, el rey de la velada- bocata de pastrami, scamorza afumicata, mostaza de miel y pepinillos, en el que la calidad del embutido y del pan, de centeno, no tenían parangón.

“La” hamburguesa (200 gramos de filete de pobre de vaca, con un mes de maduración y picado lo justo). Una lástima que ni el cheddar, ni el tomate, ni el beicon, ni la cebolla confitada, ni las patatas, ni mucho menos el kétchup y la mostaza que la acompañaban, estuviesen a su altura.

Y unos brutales –los mejores que he comido en Barcelona y parte del extranjero- pasteles –solo por el capítulo dulce merece la pena la excursión al restaurante Carrot Café- de:

Zanahoria -uno entiende el nombre del restaurante-.

Y de queso -uno se pregunta el porqué de no bautizarlo "Cheesecake Café"-.

En definitiva, un restaurante, por su calidad y sus precios, total, esto es, más que recomendable para todos los públicos y para todo tiempo.

Bodega: De las cuatro decenas de cervezas y del par de referencias de vino (una de blanco y otra de tinto -prometido quedó ampliar tan paupérrima selección-), que la conforman, me quedé con: las belgas Duvel y La Chouffe, y la alemana y ahumada Aecht Schlenkerla Rauchbier.

Precio: Entiendo que, como Santo Tomás, necesitéis ver para creer –si eso os obliga a ir al restaurante Carrot Café ¡Bienaventurados sean los desconfiados!-, pero la anterior y pantagruélica cena para dos personas me costó 50 € (25 € por barba -aunque, por algo menos de 20 €, un estómago normal ya diría ¡Basta!-). Además, cuentan con un trío de menús que son un auténtico regalo: Vegetariano (9,5€), Ejecutivo (10,5€) y Fast Lunch (7,5€).

En pocas palabras: La sandwichería de Barcelona.

Indicado: Para que los que creen a pies juntillas en eso de “demasiado bueno para ser verdad” reparen en su error.

Contraindicado: Para los que el sándwich es como la mona –esa que aún vestida de seda, en mona se queda-.

Tànger 22, Barcelona.
933 093 375


Una cena en el olvidado Jaume de Provença, otra en la bucólica –la del Born, pues su actual sala deja casi tan frío como su cocina- Hofmann, y otra en el originario y genuino Gaig –el de Horta-, fueron los regalos escogidos –y acertados- por mis padres para celebrar algunos de mis adolescentes cumpleaños.

Diez años pasaron hasta que decidí acercarme de nuevo a la cocina de Carles Gaig, aunque en esa ocasión la cena tuvo lugar en la postiza casa de comidas del Hotel Cram.

Y hoy se cumple una semana de mi última –en más acepciones de las que desearía- cena “con” Gaig.

Un cocinero, tres cenas, tres emplazamientos y tres cocinas.

En cuanto al pionero, genial, incombustible, premiado… Carles Gaig, nada más voy a deciros, pues pocos serán los que no tienen su –o la de otros- opinión sobre él y ya me meto en suficientes berenjenales como adentrarme en el pantanoso terreno de lo personal.

De las tres cenas, la última es la que nos interesa. No busquéis sacras motivaciones, pues responde al hecho que es la única en la que, de desearlo, podéis llevaros a la boca el mismo pan y el mismo vino que yo –al final sí que huele algo a botafumeiro-.

Daré carpetazo al tema de los tres emplazamientos con un “el nuevo interiorismo de la Fonda, dado por Adela Cabré, marida mucho mejor con la cocina del restaurante Gaig que el de neo-cabaret que teñía las paredes del Hotel Cram”.

Y tres son las cocinas pues, a algo –o a mucho- de la cocina catalana-contemporánea que hizo grande Horta se renunció con la mudanza al Hotal Cram -tocaba andar sobre las transitadísimas brasas de la cocina de autor, y de las que resultaron quemados tantos cocineros como comensales-, y lo que ahora se cuece en el restaurante Gaig es una cocina personalísimamente –rezuma Carles Gaig por doquier- “vintage” –algo demodé para ser contemporánea, con una pátina de autor para ser tradicional-.

Me temo que con tanto Horta, Gaig, Fonda, Cram… os tengo más perdidos que un burro en un garaje –o que un hipster en el restaurante Via Veneto (por cierto, protagonista tangencial de la próxima crónica, pues quien mueve los hilos del restaurante que en unos días nos ocupará se pasó casi seis años en la lustrosa para algunos, apolillada para otros, casa de comidas de la familia Monje)- así que, arrojemos algo de luz al precedente galimatías.

El pasado 5 de abril, Carles Gaig y Fina Navarro, aunaron para su causa gastronómica a los restaurantes Gaig, del Hotel Cram, y Fonda Gaig.

Unificación de restaurantes que ocupó el espacio del segundo, adoptó el nombre del primero y se quedó con la cocina de los dos.
Una doble propuesta gastronómica que, como casi todo en la vida, tienen su lado bueno y su lado menos bueno –en casa de Carles Gaig es difícil hablar de malo-.

Lo bueno: la amplitud de la propuesta gastronómica, pues, dado el gran abanico de precios que la conforman el restaurante Gaig es más accesible que nunca (los precios a la carta van desde los 2€ de la croqueta o los 12€ de los sesos o de los macarrones, a los 29€ del pichón o los 42€ del bogavante) y, asimismo, no se renuncia a nada (tradición y modernidad conviven en dos cartas –mucho más cómodo sería unificarlas, dado que puede pedirse indistintamente de las dos- y tienen su propio espacio en el Menú Tradició (60€) y en el Menú Gran Àpat (95€).

Lo menos bueno: la amplitud de la propuesta gastronómica, pues, como suele decirse, quien mucho abarca, poco aprieta.

Y ya sin más dilaciones, que hoy han sido muchas –perdonad, una última a propósito de un irregular servicio. Cruzad los dedos mientras os acompañen a vuestra mesa, pues podéis ser bendecidos con la profesionalidad y amabilidad máxima o pasaros la cena maldiciendo vuestra suerte por haber caído en las manos de un camarero que no encuentra, pues no sabe, cuál es su lugar- mi cena del pasado viernes.

Una cena que discurrió por los siguientes derroteros:

Un infame trío de aperitivos: una triste –por tener que saltar al ruedo sola, sin más de sus congéneres- patata frita, un insípido crujiente de parmesano y una correcta galleta de aceitunas negras.

La solvencia del aceite de arbequina de la Boella y de los panes blanco, negro, de cerveza y de centeno del Forn de l’Obrador.

Una croqueta de “rostit” de excelente masa, pero a la que una fritura con un aceite con más mili de la que debería –el olor lo delataba- restaba muchos enteros.

Un excelente –por los perfectos blanqueado, punto de cocción y calidad del producto- filete de seso de cordero empanado, acompañado por una excelentemente aliñada –felicidad doble, por la excelencia y por el aliño, pues parece que últimamente éstos o ya no forman parte del plan docente de las escuelas de hostelería o hay mucho cocinero chorra que no los encuentra lo suficientemente glamurosos como para perder el tiempo con ellos- ensalada de escarola, apio y mostaza.

La gran decepción de la noche, pues no creí que las horas bajas por las que atraviesa la Iglesia tendrían su translación en los “archifamosos” Macarrones del Cardenal, dado que poco en ellos se salvaba –por supuesto, el exceso de nata, la cebolla mal confitada y la calidad de la carne de cerdo, no-.

Un notable arroz de pichón y setas en el que el punto y sabor del arroz meritaban la excelencia pero al que un tenue pichón le hacía bajar la media.

Un buen pichón en dos cocciones. Lo mejor: la textura de la pata, su jugo, la cebolla glaseada, los pistachos y la mini zanahoria encurtida que lo acompañaba. Lo menos lucido: el punto de cocción de la pechuga y, de nuevo, el sabor algo tenue del pichón.

Un buen, pero muy noventero, dúo de postres.

Correcto el denominado “Venezuela 68%” y consistente en un correcto coulant, un más que mejorable granizado de cacao, y unos mucho mejores cremoso, crujiente y toffee de cacao.

Buena la bautizada como “Evolución de la crema catalana”, aunque dado el protagonismo que en el postre tenían tanto el caramelo (helado) como el limón (gelatina) y que llamar evolución a una técnica del siglo pasado (espuma de crema catalana) me parece algo impropio, yo lo rebautizo como “Matrimonio muy bien avenido de crema catalana y lemon pie”.

Y unos petit fours (financiero de té, galleta de chocolate y avellanas y trufa de chocolate blanco) infinitamente mejores –si bien es cierto que no era una tarea hercúlea- que los aperitivos.

En definitiva, cuando uno más uno no son dos sino que apenas llegan al uno –eso sí, de los grandes-.

Bodega: Amplísima, pero como casi todo en el restaurante Gaig, de la vieja escuela bodega y gran selección de licores. Paisajes Cecias 2008 (Tempranillo). Bodega Paisajes y Viñedos. DO Rioja. Y copa de coñac A.E.DOR Nº6 (36 €/copa, por supuesto, no reflejados en el siguiente precio).

Precio: 65 € (precio medio –si es que un intervalo tan grande pude denominarse así- de 40 € a 120€).

En pocas palabras: Gaig 2013 = Horta + Cram - Carles (su faceta acomodada)

Indicado: Para los que etiquetas como “demodé” o “trasnochada” se quedan vacías ante el peso del sabor.

Contraindicado: Para los que creen que el Eixample no es país para viejos –por activos que estén y talentosos que sean-.

Còrsega 200, Barcelona.
93 429 10 17


Apuntaba, al abrir en mi última crónica el melón del porqué de los nombres de los restaurantes, que Norte decía mucho tanto de la cocina del restaurante que hoy nos ocupa como de las manos que mueven sus hilos.

Abusando del auto-plagio –a pesar de no estar prohibido, por el agotamiento de ideas que permite translucir, merece ser igualmente proscrito- también recuperaré que lo que hace bueno el nombre del restaurante Norte es el hecho que sus progenitores son norteños y, asimismo, que entre las máximas de su cocina está no perder nunca de vista este punto cardinal.

En adelante, ni más plagio ni más candidez.

Y se acabó lo de ser cándido pues, a pesar de la veracidad de todo lo hasta este punto escrito, no es menos cierto que para Lara Zaballa, María González y Fernando Martínez-Conde el norte no está lo arriba que podría estar.

En breve hará dos años que los tres del Norte vieron materializarse a esa ensoñación despierta que compartieron entre los fogones del restaurante Moo.

Un sueño en el que se veían sirviendo solo desayunos de tenedor y almuerzos de “traca i mocador”, pero del que la crisis económica abruptamente los despertó y hoy sus huesos se ven sirviendo comidas de sol a sol.

Comidas buenas, bonitas, baratas y, por las noches, timoratas.

Timoratas cenas por cuanto, no sé si por no ver desvanecidas por completo las iniciales intenciones o por vagancia –o puede que por un poco de ambas-, uno solo puede disfrutar en plenitud de la cocina del restaurante Norte y del talento de sus tres cabezas pensantes en los servicios de mediodía, y así, el brillo de platos como arroz marinero de Pals con berberechos y mayonesa de perejil o el guiso de carrillera de vaca, solo ofrecidos en los almuerzos, oscurecen la nocturna cocina del restaurante Norte y, por ende, toda su propuesta gastronómica.

No leáis en mis líneas lo que no dicen, pues a las antípodas de mis intenciones se encuentra que todo el mundo apueste por la cocina de autor o practique una cocina con base en los productos de lujo. Mi único –aunque gran, grandioso- anhelo es que, en el terreno elegido para jugar su gastronómico partido -ya sea un menú degustación o un bocata de beicon con queso-, la meta de los restauradores sea la excelencia -en muchas ocasiones, hacerlo mal, medianamente bien, notable o excelente cuesta exactamente lo mismo y solo es una cuestión, por supuesto, algo, o mucho talento mediante, de actitud-.

Pero dejémonos de romances y vayamos a lo sustancioso –en una acepción todo menos cuantitativa, pues, a pesar de mi pantagruélico intento, no hubo forma de convertir la notable relación calidad-precio del restaurante Norte en un trío, cantidad mediante- de la cena que hace un par de semanas me regalé en el restaurante Norte.

Cena a la que dieron forma:

Un buen servicio de pan (blanco y coca con tomate) del vecino Forn de Sant Josep.

Una buena sardina 000 ahumada, pero lejos de la degustada hacía unos días en el restaurante Mont Bar. Sin duda, le restaba unos cuantos enteros la estrambótica combinación de pan con tomate y mantequilla sobre la que reposaba.

Unas notables croquetas de jarrete que, de atender al grito de “¡Más madera!”, o lo que es lo mismo, más intensidad gustativa, podrían alcanzar cotas de excelencia.

Una caballa escabechada que, a pesar de haberme puesto en la disyuntiva de determinar si era sencilla o simple, daré carpetazo a tal debate –para algunos estéril, aunque no para mí- con un “sabrosa, y punto”.

Una hamburguesa de faisán escabechado a la que la paupérrima cantidad de éste –que no el tamaño del bocata- no permitía brillar como el plumífero escabeche meritaba.


Una excelente tortilla –en su punto, esto es, babosa- de guisantes, habas, tirabeques, menta y panceta.

Unos buenos, aunque faltos de untuosidad, garbanzos con butifarra negra, piñones, pasas y cebolla caramelizada.

Unas solventes, pero simples –aquí sí que no me cabe duda alguna- fresas (naturales y su mermelada) con crema de mascarpone y un flojo sablée.

Una buena –de potenciar sus notas saladas, el “muy” sería obligado- versión del clásico Conguito (chocolate y cacahuetes).

En definitiva, ¿Tres grandes profesionales y tan solo un buen restaurante? Algo falla, y sino que se lo pregunten a los hermanos Roca -Enhorabuena “germans” Roca, sois los número 1 y justos herederos de elBulli, aunque mis máximos momentos de placer gastronómico siga brindándomelos el restaurante Mugaritz-.

Bodega: Corta bodega de la que me quedé con una de sus mejores referencias -el tuerto en el país de los ciegos-. Losada 2009 (Mencía). Losada Vinos de Finca. DO Bierzo.

Precio: 30 €

En pocas palabras: Calidad latente.

Indicado: Para los que sencillez y simplicidad son sinónimos y, por ello, en las dos hallan el mismo placer gastronómico.

Contraindicado: Para los que la calidad de un ágape la miden en función de los “Almax” que la digestión de éste exige.

Diputació 321, Barcelona.
93 528 76 76


El nomenclátor de restaurantes, salvo contados bautizos sin ton ni son, tiene mucha miga.

Con ello no estoy queriendo decir que el nombre de un restaurante diga más que su cocina -¡Dios me guarde de pronunciar tal blasfemia!-, pues, como en todo en la vida, las cosas son lo que son y no lo que dicen ser –a pesar de sus auto-entronizaciones, ni el Rey de la Gamba ni el Rey del Pollo destacan por el mimo culinario que dedican a estos dos productos-, no obstante, el oteo previo de la carta, la consulta de guías, la lectura de reseñas gastronómicas –me lo había puesto a huevo para barrer para casa y hacer algo de lícito proselitismo- y también algo tan simple como el análisis del nombre al que responde un casa de comidas, resultan de utilidad para no entrar a ciegas en un restaurante –para no meternos en la boca del lobo-.

Y aunque, dado lo proclive que soy a irme por la tangente, es un peligro que me ponga a navegar por unas latitudes en ocasiones tan inescrutables como son los bautismos de los actores de nuestra escena gastronómica, me permitiréis que ejemplifique lo anterior, esto es, la importancia de leer con seso lo rotulado, por lo general, en la entrada de los restaurantes –si es con luces de neón, ya podéis echar a correr-, con la media docena de nombres que han copado y coparán mi –y espero que la vuestra- atención a lo largo de este mes de abril.

El restaurante Pakta (su significado en quechua es unión) no engaña a nadie, pues su propuesta gastronómica es la máxima expresión de la cocina fusión, aunque sí que puede confundir, pues lo que allí se cuece no es la expresión de la fusión de las cocinas peruana y japonesa, sino la de la cocina nikkei y la cocina Adrià.

L’escola: otro nombre sin trampa ni cartón, pues deja claro que lo que allí uno puede encontrar son muchos más aprendices, por talentosos que sean, que maestros.

El restaurante Mont Bar de quién dice más es de su “alma mater”, pues apunta el amor que Iván profesa por su tierra (Mont es un pueblo aranés) y deja intuir algo, o mucho, de falsa modestia –sin duda, sabe que lo que se trae entre manos es mucho más que un bar-.

El nombre del próximo restaurante que nos ocupará (Norte), nos habla tanto de sus progenitores (son del Norte) como de su propuesta gastronómica (entre las máximas de su cocina está no perder nunca de vista este punto cardinal).

Y como el caso anterior, con su nombre, el restaurante Sense Pressa -sin prisas- nos está diciendo mucho tanto de su propietario como de su cocina.

No tuvo prisa José Luís Díaz (propietario y cocinero) en ser dueño de su destino (el restaurante Sense Pressa nació en 2005, tras una dilatada carrera por los mejores fogones de Barcelona, y en la que destacan los tres lustros que pasó como chef del restaurante Muffins –hace 15 años, una de mis casas de comidas favoritas de Barcelona, ahora sé el porqué-).

Ni con prisas debe acudirse a disfrutar de la cocina atípicamente –las modas las ve pasar desde la barrera- típica –aunque, como con el sentido común, la cocina tradicional y de mercado consistente, de calidad, es ya toda una rara avis- del restaurante Sense Pressa.

Cocina de la que, sosegado –la comida tiene el mismo efecto conmigo que la música con las fieras-, disfruté gracias a:

Un aperitivo XXL –tamaño y calidad- compuesto por unas aceitunas Gordal y unos boquerones.

Un correcto servicio de pan acompañado por un mucho mejor aceite.

Un irregular trío de fritos: excelente el buñuelo de bacalao, mejorable (apariencia y, sobre todo, textura) la croqueta de jamón –hace cinco años puede que pudiese codearse entre las mejore de la ciudad, pero tras la primavera “croquetil” vivida en Barcelona estos últimos años, sin duda, puede dar por perdida la estela de las que lideran el panorama gastronómico barcelonés-, y muy floja –de tenue y, lo que es peor, confuso sabor- la croqueta de gamba.

Un plato –El Plato- que justifica la visita al restaurante Sense Pressa: garbanzos, espadeñas y huevo frito. Un plato –pido disculpas de antemano por si alguien, en los tiempos que corren, considera ofensivo el siguiente grito- ¡Barato! Sin duda, los 23,5 € que cuesta, son muchos, muchos menos de los que vale.

Un notable –las puertas de la excelencia se las barró un exceso de encurtidos y cierta falta tanto de mostaza como de untuosidad- filete tártaro.

Una muy buena leche frita acompañada con helado de vainilla.

Un notable suflé de chocolaté.

Una destacable selección de quesos: Grand Cru, un curado zamorano del que no puedo daros el nombre pues, como Rajoy, no entiendo la letra de mis notas –su pírrica calidad hace más que excusable mi error-, Reblochon, Munster y Stilton.

Y una excelente coca de Llavaneres (hojaldre, piñones y crema pastelera) haciendo las veces de “grand four”.

En definitiva, en la gruesa mar gastronómica en la que nos ha tocado navegar, el restaurante Sense Pressa se antoja como un sabrosísimo salvavidas, aunque, bien harán en no dormirse en los laureles, pues cuando todos corren, si tú solo andas, retrocedes.

Bodega: Notable selección la de Víctor (el hijo de José Luís, y el sumiller y encargado de la sala del restaurante Sense Pressa). Finca Terrerazo 2010 (Bobal). Bodega Mustiguillo. Pago del Terrerazo.

Precio: 60 €

En pocas palabras: Keep calm and enjoy Sense Pressa.

Indicado: Para disfrutar de una cocina que nunca pasará de moda y del máximo exponente barcelonés de la cocina “Viridiana” o “La Tasquita de Enfrente” –en este terreno, Madrid nos da un buen repaso-.

Contraindicado: Para los que al Fast Food solo le ven un lado oscuro. Si solo en sus tiempos advertís su maldad o si en su falta de calidad se queda vuestro reproche, en el restaurante Sense Pressa no se os ha perdido nada –aunque puede que encontréis mucho-.

Enric Granados 96, Barcelona
932 18 15 44


A algunos no les convencerá su estética. Con los dedos de una mano podrán contarse, pues su acogedor, bello y, sobre todo, sin ínfulas interiorismo es como agua de mayo para una restauración barcelonesa abonada -en ocasiones, con resultados más desastrosos que los de la Isla del Doctor Moreau- a la clonación, también en el terreno de la decoración -que en el culinario la originalidad hace tiempo que brilla por su ausencia dan fe las sucesivas plagas de croquetas, hamburguesas, cebiches… que han ido empobreciendo, por falta de diversidad, Barcelona-.

Otros –entre ellos, un servidor, pues mi maltrecha espalda, que percibiría un guisante de lágrima debajo de dos decenas de colchones, es más difícil de contentar que mi paladar- no nominarían al mobiliario del restaurante Mont Bar para el “Premio a la comodidad”.

Seguro que hallamos alguien –en la viña del Señor uno puede encontrar de todo- al que incomoda el entusiasmo que destila el equipo de sala del restaurante Mont Bar, con Iván Castro al frente –del equipo y de entusiasmo-.

Puede que más de uno –tampoco muchos serán éstos, aunque algo de razón no les faltará- crea que su oferta gastronómica es algo contundente, o lo que es lo mismo, de las que te abonan al “Danacol”.

Rebuscando mucho, eso sí, terminaríamos dando con alguien que no haya disfrutado de su ágape en el restaurante Mont Bar.

Y a los que se les haya antojado como cara la experiencia en el restaurante Mont Bar, haberlos, como las meigas, los habrá –pero ya os lo advierto, serán menos que las meigas que campan a sus anchas por tierras gallegas, pues estamos ante un restaurante que cuesta menos de lo que vale-.

Pero para gustos, colores, y pues los que aquí cuentan son los míos –por enésima vez, éstas líneas nunca han pretendido, ni pretenderán ser consideras axiomas, pues su única aspiración es ser tomadas como una opinión bien vestida y mejor fundada- os diré que este restaurante –que su nombre no os conduzca, no al huerto, sino al equívoco, pues estamos ante una gran casa de comidas-, que el próximo –en toda la extensión de la palabra- día de Sant Jordi cumplirá su primer mes de vida, será uno de los hitos gastronómicos del 2013.

Y este restaurante que dará tanto y tan bien que hablar es el sueño –la palabra proyecto no haría justicia al romanticismo que tiñe hasta el último rincón del restaurante Mont Bar- hecho realidad de Iván Castro: restaurador por tradición (su familia regenta varios restaurante en el Valle de Arán) y por vocación.

Un sueño homónimo al pueblo de su Arán (Mont) en el que posee una explotación ganadera ecológica (los huevos y el cordero los pone él -¡Qué imagen! Aunque si hubiese escrito “son suyos” los listillos también dibujarían una mueca-), y las riendas de la cocina del cual ha puesto en las jóvenes –juventud compensada con mucha ilusión, todavía más trabajo y una buena dosis de bagaje (i.e. Saüc Gastrobar, Akelarre, L’Atelier de Joël Robuchon de Las Vegas, El Cingle o Neichel)- manos de Pedro Salillas, y compañía.

Un sueño materializado en un reto –de su horario, ininterrumpido de 9 de la mañana a “hasta que el cuerpo aguante”, todos los días de la semana, así se desprende- y, sobre todo, en una propuesta gastronómica bastante lúcida y todavía más lucida –sin duda, la excelente calidad de los productos que se utilizan en la cocina del restaurante Mont Bar contribuye, y mucho, a ello-, a la que, el pasado jueves, di casi entera cuenta en una pantagruélica cena.

Cena precedida por un vermut Yzaguirre, de tirador, acompañado por una buena tapa de aceitunas, y que discurrió por los siguientes derroteros:

La sabrosa seguridad que ofrecen el pan del Forn de Sant Josep y un muy buen aceite.

Una tapa de un excelente jamón DO Dehesa Extremeña.

Un notable, aunque demasiado fluido, “yogur” de gambas (espuma de patata, bisque y tártar de gamba, huevo poché y trufa).

Una buena croqueta de jamón ibérico. Teniendo en cuenta que en Barcelona se juega la “Champions” de las croquetas, no es un gran qué –su activo, el sabor, su pasivo, la textura-.

Una delicada a la par que sabrosísima sardina ahumada y confitada.

Un sugestivo, pero mal avenido, matrimonio de boquerón y anchoa, aderezado con huevas de salmón -la segunda, una soprano (¡Qué potencia gustativa¡), el primero, un castrati (de magnífica textura, pero de tenue sabor)-.

Una buena, pero con mucho más potencial, ensaladilla (tirabeques, guisantes, patata, zanahoria, piquillo) con mayonesa de albahaca (demasiado “fresca”) y esturión confitado -¡Un tan buen como para tantos tan desconocido producto del Valle de Arán!-.

Si la construyen sobre este esturión –el producto es muy bueno, pero en el restaurante Mont Bar lo tratan todavía mejor-, estaremos ante una de las mejores ensaladillas de Barcelona.

Una excelente composición de foie, briox de manzanilla, cebolla crujiente y Caligo (vi de boira) texturizado –un más que agradable secundario, pues hace tanto las veces de gelée como de borracho-.

Una buena –de mejorable textura- mini hamburguesa de vaca “dry aged”, servida en un excelente mollete “home made”, y aderezada con crujiente de cebolla y panceta.

Una ventresca de atún (toro), con salsa teriyaki y emulsión de piñones a la que, por su “faena” le concedo las dos orejas y el rabo.

Sus huevos, escalfados, y acompañados con papada confitada, setas, avellanas y migas, algo quemadas, ibéricas. Un buen, aunque algo pesado, plato y sin más historia que la procedencia de los huevos.

Una notable composición de vieira, ravioli de panceta y erizo –demasiada de la primera dado lo delicado, a pesar de lo intenso, del segundo- y corteza de alga –buenísima y de la que podría hacerse un “spin-off” en forma de aperitivo-.

Un excelente ragú de chipirones y garbanzos de la Anoia.

Un sabrosísimo, pero en exceso graso, canelón meloso de su cordero ecológico, bechamel oscura (demi glace) con trufa, y cebolla crujiente –¿Otra vez tu por aquí, cebollita frita mía? ¡Qué pesada eres! ¿No ves que incordias?-.

Una buena, aunque de mejorable textura y de simplón acompañamiento, terrina de cochinillo con pera (asada y su puré) –en mi humilde opinión, unas fresas a la pimienta, o al cardamomo, harían ganar enteros al plato-.

Y cuatro postres con detalles por pulir pero muy, muy, muy, muy –uno para cada uno- interesantes.

“Mel y mató”: pastel de requesón –demasiado denso y subido de carga cítrica- magníficamente acompañado por helado de leche de oveja y dulce de guayaba.

Piña colada: excelente masa de babá al ron negro -más generosidad con el ron, no estaría de más-, espuma de coco y piña –por su corte y textura, de difícil encaje en el conjunto (en sopa o compota tendría mucho más juego en boca)- al anís estrellado.

Un par de “piezas de fruta”: muy buena la torrija de cerezas (empapada en leche, huevo y kirsch), y algo dulzón el melocotón (cobertura de manteca de cacao rellena de cremoso de melocotón) en almíbar de eucalipto.

Y un Ferrero Rocher: una mousse, demasiado gelatinosa, de gianduja, helado y streusel de cacao y lámina de oro.

Y todavía con el recuerdo del excelente café que puso la guinda a la cena, toca que yo se la ponga a esta crónica.

En definitiva, una casa de comidas a la que debéis tomaros no como dice ser (un bar), sino como realmente es (un gran restaurante), o lo que es lo mismo, muy en serio.

Bodega: Magnífica, por extensa y, sobre todo, pos sus referencias, bodega. Akilia Chano Villar (Mencía). Bodega Akilia. DO Bierzo.

Precio: 50 €. ¿Precio medio? ¿30-50? Puede. Con tapas desde 1,8€ (croqueta), 3,30€ (sardina ahumada y confitada) o 5,5€ (biox con foie), y platos que van de los 8,80€ de los huevos o los 9,90€ del ragú a los 18,70€ de la vieira o los 15,4€ del cochinillo, el precio lo pone cada uno.

En pocas palabras: Éxito seguro, y meritado.

Indicado: Para los que saben que un buen restaurante no nace (a pesar de que así nos lo vendan los de siempre), sino que se hace (mucho esfuerzo, pasión y talento mediante).

Contraindicado: Para “gastro-fashion victims”, esto es, para los que ahora solo existe lo nikkei.

Diputació 220, Barcelona.
93 323 95 90


No son muchas las casas de comidas de Barcelona a las que he dedicado un bis, y menos son las que pueden contar en su haber –si bien es cierto que, en ocasiones, mis palabras no son un activo-un ter.

Por algunos de estos restaurantes me he dejado caer fruto de mi tozudería –si el hombre medio solo tropieza dos veces con la misma piedra, yo puedo hacerlo enésimas-, en otros lo hecho, simple, llana y sabrosamente, por su altísimo mérito gastronómico, y en otros –éste es el caso del restaurante Hisop- la reiteración de crónicas trae causa en la evolución, en el crecimiento de su cocina.

10, 9, 8, 5, 3 y 2.

No, la anterior serie numérica no es mi porra para el próximo sorteo de la Primitiva –aunque, si alguien se aventura con ellos y es agraciado, una invitación a comer no solo sería, creo, una justa compensación, sino que sería muy bien recibida-, sino que son los años transcurridos desde mis anteriores visitas a la estrellada casa de comidas de Oriol Ivern.

Me cautivó. Lo hizo de nuevo. Un sinsabor. Otro. Comencé a recuperar pasadas sensaciones. Lo hice del todo. Ésta es la crónica exprés de mi historia de amor y odio con el restaurante Hisop.

Historia que, hoy, de nuevo, discurre por el rojo pasión, a pesar de que éste haya, con la reciente redecoración del restaurante, abandonado sus paredes. Lo celebro, pues aunque el inicial interiorismo diseñado por el estudio YOOS era muy interesante, se ha ganado en calidez -la electrizante cocina catalana que se practica en el restaurante Hisop demandaba más pausa que la que el color antesala de la velocidad puede dar-.

Electrizante cocina catalana contemporánea que nace de las manos de Oriol y sus tres chicos –equipo, seguro, bien avenido, pues, vistas las dimensiones de la cocina del restaurante Hisop, las sardinas enlatadas pueden darse con un canto en los dientes por el espacio del que disponen- y que llega a las mesas del restaurante de las de María –una buena sumiller para una muy buena bodega- y compañía.

Y aunque la madera que ahora viste, en sustitución del rojo, las paredes del restaurante Hisop no dé pie a la siguiente expresión, me mudaré, por unos segundos, en político –esos para los que no existe mala pregunta, pues a las inquisiciones de los periodistas responden lo que les da la gana (la máxima expresión de “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid”)– y me arrancaré con un “al toro”.

Y así, la propuesta gastronómica del Hisop discurre por una interesante carta (precio medio 50€), un más que recomendable menú “ejecutivo”, disponible, los mediodías y las noches -¡Sí, las noches también!- de lunes a jueves (28€ que dan derecho a 2 aperitivos, un entrante, un plato principal, y un postre o un surtido de quesos) y un notable, por momentos excelente, menú degustación de temporada (52€).

Menú degustación de primavera al que dan forma:

Un muy buen servicio de pan, del Forn de la Trinitat (pasas y nueces, blanco y Armenio), y aceites (Argudell ampurdanés y Picual jienense).

Una notable bocado propiciado por una coca de butifarra, “recuit”, sepiolas, pistachos, ajo tierno y berenjena quemada. Bocado de mérito a pesar de que el requesón, además de pasar completamente desapercibido, no aportaba nada, pues la butifarra ya confería al conjunto la untuosidad necesaria –en este caso, menos no sería más, pero sería igual-.

Un excelente, por delicado a la par que de intenso sabor, bonito con café, jengibre, senderuelas e infusión de bonito y cebolla tierna.

Una irregular composición de colmenillas a la crema de salsifíes, sepia –hasta aquí, excelente- y huevo de codorniz escalfado y empanado en wasabi –empanado que no me convenció en absoluto, pues las notas expectorantes, la labor de limpieza del paladar que esta raíz lleva a cabo no era lo que las colmenillas, los salsifíes o el huevo demandaban-.

Una notable –algo más de grasa mediante, por ejemplo, convirtiendo la crema en un parmentier, la excelencia llamaría a su puerta- composición de espárragos blancos, su crema ligera, pintarroja –excelente la aportación, en cuanto a textura gelatinosa, la de este escualo- con velo de panceta Maldonado, rebozuelos y cítricos.

Un muy buen plato de cabracho –de calidad y cocción impecables- con “rossejat” de galeras –en mi próxima visita al restaurante Hisop entraré al grito de ¡Una de paella, Oriol!-, espárragos de margen y su emulsión.

Un, de nuevo, irregular plato de meloso ibérico –sin duda, por su acertada cocción, el mejor que he comido en mucho tiempo-, pimientos de piquillo (helado y concasse) –por su carencia de humo, no se me antojaron como los mejores compañeros de viaje-, crujiente de yuca quemada –mucho ruido (apariencia) y pocas nueces (sabor)- y crema de alcachofas -con ella, al meloso, le bastaba, y juntos, hasta el fin del mundo-. Un plato que demuestra lo buen equilibrista que es Oriol, pues un menú de 50€ no puede edificarse solo sobre cabrachos, rodaballos, cabritos, Angus…, y su virtud, en buena parte, reside en la habilidad del cocinero para convertir humildes materias primas en lujosos platos.

Un buen, sin más -a años luz de los servidos, por ejemplo, en los restaurante Rías de Galicia o Dos Cielos (si bien es cierto que se los hacen, justamente, pagar)- surtido de quesos: Casa Mateu Tou, Carrat-Bauma, La Calma, Tou dels Til•lers, Époisses, Idiazábal y Bleu d’Auvergne.

Unos tan refrescantes como planos, a pesar del siguiente enunciado, fresones con hisopo y lichis.

Una excelente –en mi humilde opinión, haría perfectamente las veces de pre-postre- composición de ruibarbo, helado de horchata y granizado de té –algo pasado-.

Y, ya fuera de menú, un postre en cuyas garras, tras ojear la carta, y por evocarme mi excelso ágape en el Asador Etxebarri, caí: leche a la brasa con avellanas, orejones y toffee. ¿Bueno? Sí. ¿Dio cuenta de las expectativas? No, pues era muchas, muchísimas y adolecía de dulzón.

En definitiva, un restaurante al que me apetece volver –algo que, por desgracia, no puedo escribir tantas veces como desearía-.

Bodega: Son Caló Blanc 2011 (Prensal). Celler Miquel Oliver. DO Plà i Llevant. Nus del Terrer 2009 (Garnacha y Cabernet Sauvignon). Vinyes del Terrer. DO Tarragona.

Precio: 70 € (menú (52€) + bebida)

En pocas palabras: Una estrella con los pies en el suelo.

Indicado: Para los que saben –sabemos- que tradición e innovación no solo están reñidos sino que pueden ser un matrimonio muy bien avenido.

Contraindicado: Para los que la cocina catalana se limita a al “pa amb tomata” y a la “butifarra amb seques”.

Pasaje Marimon 9, Barcelona
932 413 233


La última frase que el Tío Ben dedicó a Peter Parker puede leerse de vez en cuando –tal vez con más frecuencia de la que muchos desearían- en mis crónicas, y aun a sabiendas de que ésta podría ser la gota que colmase el vaso de todos aquellos que nunca han soñado con enfundarse el traje de Spiderman –si es para marcar tipito el día del orgullo gay y no para trepar por los edificios de vuestras ciudades, también me estoy refiriendo a vosotros-, no puedo hoy dejarla en el tintero, pues si existe un apellido todopoderoso gastronómicamente y al que se le exige –creo que justamente- más que ningún otro, éste es Adrià.

Y si el segundo apellido de la criatura es Iglesias… ni os cuento -bueno sí, que a eso, a leer qué es esto del Pakta, habéis venido-.

Y haciendo bueno su nombre (Pakta significa, en quechua, unión), el restaurante que hoy nos ocupa es el tercer fruto –a pesar de que con éste ya son familia numerosa, el cuarto está ya en camino- de la referida unión de dos familias de restauradores y, sobre todo, su cocina es la que resulta de la unión, de la fusión de dos identidades gastronómicas: la peruana y la japonesa.

Una fusión de cocinas por todo el mundo conocida –como mínimo, de un tiempo a esta parte- como cocina nikkei, aunque, por obra y gracia de Albert Adrià, afirmar que lo que se cuece en el restaurante Pakta es “solo” cocina nikkei, es tan impreciso, tan sesgado como afirmar que lo que en elBulli se hacía era cocina mediterránea.

La vanguardia gastronómica fue, en su día, la creatividad, también han copado portadas y movido masas las cocinas de la técnica y de las emociones y muchos son los indicios –del tamaño de una biga en ojo ajeno- que apuntan a que lo étnico es ahora la tendencia.

Pero ojo, pues todas las monedas –la gastronomía es cultura, es arte, pero es también, o sobre todo, un negocio- tienen su cara y su cruz, y si bien es sencillo para lo étnico, por nuestra ancestral curiosidad por lo desconocido, captar inicialmente nuestra atención, nada hay más fugaz que la novedad y, en consecuencia, sin una sólida y compleja construcción de lo étnico, el suyo será un reinado frugal.

A pesar de mi retórica, no suelo dar puntada sin hilo, así que acabáis de leer la que, hasta esta aclaración, era la primera crítica velada al restaurante Pakta -ahora es ya solo una crítica-. Una de las pocas críticas, aunque de calado –a un arroz a la cubana, tradicional o creativo, difícilmente le dedicaré jamás un no, en cambio, no creo que ni la chalaca, ni la causa de pollo, ni el anticucho de Albert merezcan un bis-, que verteré sobre el restaurante Pakta, pues su precoz virtuosismo –hoy cumple una semana- no tiene casi parangón.

Pero no adelantemos acontecimientos y antes del qué, reseñemos, brevemente, el dónde y el quién.

¿Dónde?

En Lleida, la calle –ya me gustaría a mí-, número 5. O lo que es lo mismo, puerta con puerta con los restaurantes Rías de Galicia, Espai Kru y La Cañota.

Y en una sala sencillamente bella y cálida.

¿Quién?

En la cocina: por Japón, Kioko Li; por Perú, Jorge Muñoz; por los Adrià, Sebastián –no, no me he confundido de nombre, pues Sebas es una prolongación del menor de los Adrià- y, por supuesto, Albert. Y ocho más.

En la sala, Zet Chung, de la que me quedé prendado -de su buen hacer, que aquí abundan las salsas, pero ninguna es rosa- en el malogrado Foc Ca la Nuri. Y cinco más.

Ahora sí. ¿Qué?

Pues dos menús bautizados con los nombres de las enseñas orográficas del origen y del destino de este puente aéreo gastronómico que es la cocina nikkei, esto es, un menú Fujiyama (una quincena de servicios, 68€) y otro –el mío- Machu-Pichu (más de veinte creaciones, 90€).

¿Y qué de qué?

Pues un crujiente de mar (“llengüeta blanca”, góbido de cristal o “crystallogobius linearis” frita) con kimchi, lima y polvo de algas, cuyo alegre picante entendí como una declaración de intenciones de lo que iba a suceder, pero me equivoqué, pues de la veintena de platos que probé solo dos alegraban –por picantes, muchos más lo hacían por otros motivos- el paladar.

Una bella, y poco más, zanahoria “encevichada” con gomasio (sal de sésamo) y piel de naranja sanguina.

Una oportunidad perdida de enjoyar con lujosas materias primas, las grandes ausentes a la cita con el restaurante Pakta –deberían ser invitadas-, una composición humilde, en este caso, la chalaca (tomate, maíz tierno y cebolla al mortero, aderezado con lima, ají y choclo -maíz en quechua- tostado), con chips de yuca.

Un magnífico –DO Adrià- tofu de aguacate con erizos, huevas de salmón, wasabi y salsa “dashisoja”.

Un bocado de hortelana frescura en forma de una excelente –muy Bras, muy Noma, muy Mugaritz- composición de “cebiche de tomate” con granizado de leche de tigre de naranja sanguina y remolacha, y acompañado con jugo de oxalis, tomillo limonero, cilantro y menta.

Una bella, delicada, y sabrosísima composición de caballa ahumada con jugo de alga codium y ensalada de algas (flor de daikon, wakame…).

Un sublime montadito de tártar de atún picante con quinoa inflada, huevas de pez volador, cristales de soja, alga nori (en el papel de rebanada de pan), aceite de sésamo y, por supuesto, cilantro –el cilantro suele estar presente en la mayoría de los platos de la cocina nikkei y, en muchas ocasiones, reclama demasiado protagonismo. Circunstancia que no ocurrió ni una sola vez en toda la cena en el restaurante Pakta y que es una prueba más del preciosismo gustativo de Albert Adrià-.

Un buen “maki” de causa de salmón con mayonesa de miso, salsa aburi (de ajo frito) y wasabi. Sin duda, de subirlo de sabor un par de escalones -más ají, más miso, más ajo... ¡Más madera!, el salmón y la patata pueden con ellos- podría ser un plato excelente.

Otra buena, sin más –a diferencia de la anterior, tiene el recorrido gustativo que tiene, y que es poco- causa frita de pollo con mayonesa de estragón, aguacate y nuez de pecán.

Dos excelentes nigiris, a los que, casi sin solución de continuidad, los sucederían otros tantos de matrícula de honor.

De calamar con sal de huacatay y lima.

De atún con salsa mirin (vino de arroz, azúcar y soja) y tapioca.

Un tan, tan, tan buen, como de sabores ya tan, tan, tan vistos –lo dicho, la novedad se devalúa rápido- ceviche de corvina con leche de tigre de kumkuats, boniato asado, choclo y cebolla morada.

Los anunciados superlativos nigiris, a los que entronizo como los reyes de Barcelona, y de parte del extranjero.

De anguila –sutil, ahumada en su justa medida, imperceptiblemente dulce, que se deshacía en la boca…-.

De papada con salsa “siu panka” –un bocado celestial-.

Una sabrosamente untuosa gyoza a la plancha de cochinillo y setas niponas.

Un ejemplo de sabrosísima sencillez a cargo de unos sobas, pero de harina de sarraceno –fusión culinaria italiano-japonesa-, a la huancaína, esto es, con ají y cilantro. Tras degustarlos, y a la vista de cómo estaba yendo todo, creí que el menú del Pakta me abriría las puertas del Nirvana. Por desgracia, y con un par de excepciones, el resto del menú se encargó de cerrarlas a cal y canto.

Y así, las primeras encargadas de despertarme de ese dulce estado de ensoñación fueron unas vieiras a la parmesana (emulsión de queso parmesano y polvo de panko con coral de vieiras). Un plato poco lucido (mejorable cocción de las vieiras y un panko con mucho sabor a panko y poco a vieira) y lúcido –sí, en el restaurante Pakta tienen bien atado al cilantro, pero… ¿Quién controlaba al parmesano? Visto quedó que nadie-.

Un excelente bacalao negro al estilo Nobu (curado en miso y braseado), con ajo negro y “flor de daikon” encurtida.

Un anticucho de pierna, no de corazón como mandan los cánones -¿Miedo a la víscera, Albert?-, de cordero, con piña a la parrilla y aderezado con polvo de oliva negra, ají y miel. Un plato vulgar, esto es –RAE dixit-, común, impropio de personas cultas, educadas… -de ti, Albert-.

Un lomo de ternera gallega –será gallega, pero el hábito no hace al monje-, acompañado por patatas suflé con sal de ají, bizcocho exprés de maíz, wok de pimientos y cebolla, y huevo poché de codorniz. Un plato si bien no vulgar, sí muy por debajo del nivel de Albert –tocará trabajar los platos principales-.

Un buen, aunque algo soso, sorbete de mango con crujiente de castela (bizcocho nipón de té verde, lima y menta).

Un “mochi” de chantillí y fresas –entrecomillado que responde a que a una esfera gelificada de chantillí no es de recibo presentarla como un mochi-. Sin duda, el plato, conceptualmente, más flojo de la velada, pues en la cuestión de “ser o no ser, versionar o desnaturalizar”, Albert se quedó con ésta última.

Unos notables dorados suspiros (merengues de fruta de la pasión y oro) a la limeña (acompañados con un helado de dulce de leche y un chorrito de pisco).

Unos muy buenos –y muy, muy dulces y muy, muy, muy fritos- picarones (rosquillas) de boniato, con miel de higos secos y canela.

Y una tableta de chocolate blanco con té, que, a pesar de su belleza y sabor, se me antoja como un impropio colofón a un menú de tanta alcurnia.

En definitiva, un gran, un grandísimo restaurante que, con el debido rodaje –solo la falta de rodaje, de la perspectiva que éste aporta, puede explicar que el menú se sirva en una cuarentena de platos de una vajilla hecha ad hoc para el restaurante Pakta y que, en cambio, uno tenga que disfrutar de todo el menú con unos vulgares palillos de madera que, al tercer plato, ya estaban impregnados de mil y un sabores-, y algo más –más materia prima, por ejemplo, pero también más seso en los platos principales y postres-, puede llegar a ser superlativo.

Bodega: Un par de cócteles: muy bueno el Kimidori (shochu, umeshu, lima, tomillo) y bueno, sin más, el Pisco Sour. Una garrafa de sake: Sohomare Kimoto Junmai Ginjo. Y, contra viento y marea –bueno, contra las “recomendaciones” de la sumiller-, una botella de vino tinto: Il Fait Soif 2010 (Garnacha y Syrah). Domaine Gramenon. Côtes du Rôhne.

Precio: 130 €

En pocas palabras: Lo nikkei hecho trascendente.

Indicado: Para disfrutar de 10.000 millas de viaje gastronómico, y para comprobar que los Adrià son los actuales Midas –entendiendo el oro en el que se convierte todo lo que tocan como valor económico, pero, y sobre todo, como metáfora de la máxima calidad- de la gastronomía.

Contraindicado: Hoy, para los que no hallan belleza en las vueltas de calentamiento, y mañana y pasado, para los que añadir champiñones a una pizza prosciutto es toda la aventura gastronómica en la que desean embarcarse.

Lleida 5, Barcelona.
Reservas en la web del restaurante.


Lejanos, difusos, grises… así eran los recuerdos de mi última visita a la “escola”.

¡Alto, antiguos compañeros del colegio Thau! No encolericéis todavía creyéndome ver arrojar piedras sobre aquellos maravillosos años, pues de la escuela de la que, hasta ayer, tenía recuerdos tan pocos nostálgicos no es aquella en la que compartimos casi tantas enseñanzas como fechorías, sino la de hostelería de Barcelona y, particularmente, de su restaurante –una casa de comidas que, siendo francos, más parecía el comedor de un hospital que un restaurante-.

No obstante, y tras mi visita de ayer a la renovada, reubicada… –casi reinventada- Escola Superior d’Hoteleria de Barcelona (en adelante, la “ESHOB” -si la cabra tira al monte, los abogados lo hacemos a definir términos-), me atrevo a afirmar que en el proceso de mudanza del Eixample al 22@ muchas de las cajas marcadas como “Vicios” se extraviaron.

No me extenderé en mi descripción de la ESHOB que dirige Iñaki Gorostiaga, y me limitaré a aventurarme a sentenciar que, de su mano, de la de Javier, de la de Carlos y de tantas otras, y gracias a las nuevas instalaciones -en el triple de espacio caben muchos más “juguetes” como cocinas demostrativas vestidas de mil y un botones, cuidados paneles de cata, aulas de formación para dar y tomar…-, a la renovada ilusión y a las sinergias creadas con reputados profesionales y más poderosas marcas, no es una quimera el sueño que una segunda edad de oro de la escuela llame, en un futuro cercano, a sus puertas –aunque, en puridad, debe señalarse que repetir una generación como la de los Arola, Abellán, José Andrés, Raurich… es casi tan difícil como que de la “Masia” salgan otros Messi, Xavi, Iniesta o Busquets-.

Tampoco será farragoso mi tránsito por el restaurante de “trinchera” de la ESHOB, el restaurante L’h@m, y en un:

¡No me extraña que con un menú, de tan cuidada como barata factura (9,90€), disponible tanto para almuerzos como para cenas, lo petéis –lo que en un lenguaje menos chabacano significa “colguéis el cartel de completo”-!

Y es ya de vuelta al cole, al restaurante L’escola de la ESHOB, cuando me entran las dudas, no las que cantaba Aute de si “enamorarme o morir”, sino las de si es un restaurante recomendable o –no temas, Iñaki- muy recomendable.

L’escola: un restaurante en el que, bajo la dirección de Javier Villero en los fogones y la de Carlos Cuende en la sala, los alumnos de la ESHOB demuestran lo aprendido.

Incipiente sapiencia culinaria que, Javier (recién aterrizado a la ESHOB para sumar en la causa que ésta viva una segunda juventud, proveniente de Vilaplana Catering y con los galones de Can Fabes o Louis XV de Alain Ducasse) mediante, se traduce en una triple propuesta gastronómica (a la carta (precio medio 35 €), menú Maridaje (50€) y menú Mercado (18,50€)) tan interesante como poco armoniosa por culpa de las demasiadas –aunque imperativas, pues no debemos olvidar que estamos ante el restaurante de una escuela- notas (cocina tradicional, de mercado, internacional, creativa, de autor…) que desea tocar.

Intentando abarcar el máximo –suerte, pues como veréis, si aprieto más los ahogo- me decanté por el menú Maridaje y así mi cena discurrió por:

Un sorprendentemente, pues su base era el Cynar, dulzón, y por ello nada propicio para despertar el apetito –afortunadamente, traía de sobras de casa-, “cóctel del alumno”.

Un flojo servicio de pan (hojaldrado, de nueces y beicon y focaccia al romero). Cada día me gustan menos los panecillos –diminutivo cuantitativo y cualitativo- y, como en las carnes o pescados, el tamaño sí que importa.

Un buen foie mi-cuit acompañado por una gelée de fondo de cordero, un crujiente de pan de briox y un bouquet de ensalada.

Una más que mejorable –tanto su presentación, demodé, como su sabor y textura- mini-hamburguesa de calamar.

Un excelente ajo blanco con uva, caviar de arenque y nube de esencia de almendra amarga.

Una buena vieira con calabaza (crujiente y escalivada).

Una composición de tripas de bacalao, habitas, butifarra negra y sofrito de tomate, tan poco lúcida –por la acidez del tomate que enervaba el disfrute tanto de las habas como, y sobre todo, de la tripa- como lucida –por la ejecución de un reblandecido crujiente de butifarra-.

Un notable San Pedro con puré de celeri –un parmentier hubiese aportado la untuosidad de la que carecía el plato-, salsifís y salsa de Jabugo.

Un muy buen –y muy Santamaria- pichón de sangre en “crapaudine” con su fondo, cebollitas mal glaseadas y puré de nabo.

Una más que afinable selección de quesos.

Un muy buen sorbete de mango “al estilo Tijuana”, esto es, aderezado con sal, limón, chile y… tequila.

Un excelente bizcocho de coco, acompañado por un canelón de piña y tamarindo, un sorbete de lima y un granizado de ron.

Un prescindible “postre del alumno”. Un postre firmado por un alumno de la ESHOB y cuyo demérito residía en la concatenación, con fines exhibicionistas y no al servicio del sabor, de texturas de frutos rojos, lácteos y frutos secos que le daban forma.

Y un buen trío de petis: nube cítrica, trufa y crujiente –éste sí- de sésamo.

En definitiva, el restaurante L’escola, a pesar de los numerosos peros que acabáis de leer, es un restaurante recomendable o muy recomendable pues su relación calidad-precio es más que destacable y, asimismo, disfrutar de los futuros “cracks” de la cocina no tiene precio.

Bodega: Agustí Torelló Mata Reserva Brut (Macabeo, Xarel•lo y Parellada); Agustí Torelló; DO Cava. Miranda d’Espiells (Chardonnay); Juve i Camps; DO Penedès. Envidia Cochina (Albariño); Eladio Piñeiro; DO Rías Baixas. Petit Bernat (Syrah, Cabernet Franc y Merlot); Oller del Mas; DO Pla de Bages.

Precio: 50 €

En pocas palabras: Mucho más que una escuela.

Indicado: Para optimistas y para los que sabemos que, sin nuestro apoyo, la denominada “generación perdida” de veras lo estará.

Contraindicado: Para los que a ver partidos del Barça B no le encuentran ninguna gracia.

Paseo del Taulat 243, Barcelona.
93 453 29 04

PD: en unas horas estaré comiendo en el restaurante Pakta. Crucemos los dedos para que, por fin, lo “nikkei” me seduzca-.


Si bien no existe un mínimo común múltiplo, y su máximo común denominador sería el mero hecho de ser casas de comidas, entre los restaurantes que visité el pasado mes de marzo, sí que es sencillo advertir que la cocina asiática y, en menor medida, el barcelonés barrio de Gracia son rasgos comunes a unos cuantos de ellos.

Y si un restaurante encaja a la perfección en tal descripción, éste es el Kuai Momos, pues va sobrado de “Asia” y de “Gracia” –con menos Gracia y más gracia, la cena hubiese ido algo, o mucho, mejor-.

Y así es, pues el restaurante Kuai Momos es la casa de comidas que el “graciense” (oriundo del barrio de Gracia) Jordi Brau se trajo bajo el brazo de sus siete años no solo en el Tíbet sino en toda Asia.

Siete años con los cuchillos en una mano -los pasó casi íntegramente trabajado en la restauración- y las maletas en la otra –muy quieto no paró el chico-, en los que fue tomando cuerpo la idea de abrir en su Gracia un restaurante en el que tapear con palillos o, en otras palabras, en el que picotear, en el que compartir platos con denominación de origen Asia.

Y hace algo más de un año, dicho y hecho.

Año y poco en el que el restaurante Kuai Momos se ha ido ganado al público barcelonés, particularmente al del barrio de Gracia, pero también al foráneo.

¿Y con base en qué argumentos se deberían estar preguntando todos aquellos cuyas neuronas no se hayan declarado en rebeldía por el fin de las vacaciones de Semana Santa?

Y pues muy a mi pesar las mías no han sufrido el estrés de la “vuelta al cole” pues nunca se fueron, no me ha costado mucho identificar que la cálida acogida del restaurante Kuai Momos se debe a:

Una propuesta gastronómica, firmada por el propio Jordi y ejecutada por Bin, que te permite viajar por buena parte de Asia pero cuyo mérito reside más en la extensión de kilómetros de gastronomía que abraza que en la delicadez o virtud con la que lo hace. Sin duda, su peor achaque son las concesiones a los paladares de aquí que en ella se advierten –siempre he creído que una cocina para todos los públicos acaba no siéndola para ninguno-.

Una sala dotada de tres ambientes –mención especial merece su “chill out” o su balcón interior- amable y entusiásticamente comandada por Ricard y Anna.

Y, por supuesto, al puesto que ocupa en el ranking de la tan poderosa como de insondables y más que cuestionables criterios web Trip Advisor. Nada más ni nada menos que el vigesimoséptimo, de entre más de cuatro mil restaurantes reseñados, lugar, lo que, por cierto, supone que el restaurante Kuai Momos pueda ver al restaurante Koy Shunka (al que los “viajeros” consideran el vigesimonoveno restaurante de Barcelona) por el retrovisor.

Y ya sin más dilación, he aquí las postales del viaje gastronómico por Asia propiciado por mi cena –solo ofrecen funciones nocturnas- en el restaurante Kuai Momos.

Unos notables “nems” o rollitos vietnamitas (soja, zanahoria, lechuga y fideos chinos Vermicelli) aderezados con una buena salsa dulce-picante.

Un interesante salmón “Suke-Maikas”, esto es, escaldado, marinado en soja y aceite de sésamo y acompañado por una salsa de yogur, curry y eneldo.

Unos muy buenos “dumplings” –particularmente la pasta- de cerdo, setas y bambú.

Una excelente –sin duda, lo mejor del ágape- berenjena al estilo de Shanghái según receta de la abuela del chef Bin (berenjena asada con jengibre, ajo… y acompañada con tortitas de maíz).

Un buen, aunque en el que ya se advertían ciertas concesiones gustativas a occidente (poca potencia cítrica y picante -pero moco de pavo, una mera anécdota comparado con el plato que iba a sucederlo-), “Pad Thai” tailandés, esto es, fideos de arroz salteados con pollo, verduras, lima y cacahuetes.

Un triste curry rojo de verduras (leche de coco, pimiento rojo y verde, maíz, coliflor, judías, guisantes, cidronela, lima, salsa de pescado, albahaca tailandesa…) acompañado con el preceptivo bol de arroz. Severidad, en su primera acepción, en mi valoración motivada por la irregular cocción de muchos de sus componentes, por el hecho de incluir en la preparación guisantes congelados, por su falta de densidad y, sobre todo, por ser un plato absolutamente falto de punch –el curry tailandés o pica, y mucho, o no es curry-.

Unas muy flojas, principalmente por lo vulgar de la fritura, por la textura de la carne y por lo dulzón de la salsa que las acompañaba, costillas de cerdo al estilo Singapur.

Unos correctos mochis de sésamo y coco -sin duda, el rebozado de coco no permitía disfrutar en toda su extensión de la textura glutinosa de los mochis-.

Un buen “black sticky rice” -de nuevo, un postre solo apto para los amantes de lo glutinoso- con mango.

Y unas notables trufas con jengibre y naranja.

En definitiva, un restaurante que, de cuidar ciertos detalles (bodega o materias primas) y de no transigir con el paladar occidental, meritaría más la posición de privilegio que le otorga el tan popular como oscuro ranking de Trip Advisor.

Bodega: Carta zarrapastrosa y complicada de la que me quedé con el modestísimo vino de mi tierra 7 de Vi 2011 (Ull de Llebre y Merlot). DO Costers del Segre.

Precio: 30 € (precio medio 25€-30€)

En pocas palabras: Un interesante viaje gastronómico “low cost” por Asia

Indicado: Para disfrutar de un cosmopolitismo gastronómico para casi todos los públicos.

Contraindicado: Para los que buscan lo que disfrutaron en la otra punta del mundo.

Martínez de la Rosa 71, Barcelona.
93 218 53 27


Sí, este cuento se ha acabado.

Y haciendo buenos los versos –puede que por primera vez en estos tres años y medio de farragosas crónicas- del genial poeta catalán Miquel Martí i Pol, que rezan:

“Deixa que els mots conservin el misteri
del seu origen, per impur que sigui;
però salva’ls si pots de la feixuga
servitud que els sotmet a gratuïtes
verbositats, a incerts malabarismes.

L’essencial es diu amb senzillesa.

El poema, que sigui l’aire en què
cada mot, exaltant-se, recuperi
la plenitud, l’esclat, la fantasia.”


El último capítulo de este cuento que agoniza será breve -muy breve- y, por lo esencial de lo que quiero deciros lo haré con palabras bien sencillas.

Gracias y hasta luego.

Gratitud por los quiméricos, allá por noviembre de 2009 cuando este blog daba sus primeros pasos, 600.000 clics de apoyo –en un alarde de prestidigitación, los de desaprobación los he contado entre ellos- recibidos en estos tres años y medio; por haber soportado mi verborrea –nada reprocho a los lectores alfiles ni a los que hacen de “una imagen vale más mil palabras” su dogma-; por haber enriquecido esta tribuna con vuestros comentarios; y, sobretodo, por la confianza que unos cuantos habéis puesto en mis opiniones, materializada en visitas a los restaurantes reseñados.

El adiós que todo hasta luego lleva implícito trae causa en cierto agotamiento. El de mis ideas para seguir hacer creciendo este blog –cuando lo exponencial pasa a ser logarítmico, es el momento de “a otra cosa mariposa”- y el de un panorama gastronómico, a pesar de su riqueza, finito y, últimamente, demasiado endogámico.

Y la fecha de caducidad –no será la de un yogur, pues, además de ya no la tenerla, era muy breve, pero no alcanzará la de esas conservas con alma de ajuar- que esta despedida trae aparejada, responde a que amo a la gastronomía y algún día desearé volver a gritarlo a los cuatro vientos –desde una tribuna electrónica, desde la calidez y el romanticismo que solo el papel confiere… no lo sé-.

Gracias y hasta luego.

PD: Si a alguien le preocupa mi futuro, por favor, que no sufra más, pues como pude confirmar el pasado fin de semana con los tres maravillosos ágapes que me regalé en los restaurantes Aponiente (El Puerto de Santa María), José Carlos García (Málaga) y Bodegas Campos (Córdoba), como mejor se disfruta de la gastronomía es en la intimidad y con una equilibrada mezcla de sosiego y pasión. Tres elementos del todo incompatibles con mi concepción de un buen blog gastronómico, pues nada hay menos íntimo, sosegado y pasional que una cámara, un bloc de notas y publicaciones frecuentes y, en la medida de lo posible, objetivas.

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¿Pueden convivir pacíficamente en una misma sentencia los conceptos “American Diner” y Via Veneto?

A juicio de Xavier Uño –en su currículo los encontraréis ambos referenciados a un mismo nivel, a pesar de que pasó más de un lustro bajo las órdenes de la familia Monje y mucho menos duró su aventura americana-, y de la aprehendida, en mi visita de hace dos semanas, realidad del restaurante Carrot Café… ¡Definitivamente sí!

De Xavier, amo y señor, y responsable de compras, camarero o cocinillas –en la no reconocida por la RAE acepción de “cocinero amateur”- de la partida de postres del restaurante Carrot Café, solo añadiré que es una delicia observar cómo se desvive por sus clientes –y por ello, y a diferencia de lo que sucede en el 99% de los restaurantes de Barcelona, los que visitan su casa de comidas somos mucho más que números en un balance-, y que es un ensamblador –la magia en el restaurante Carrot Café no acontece ni en el pase ni en la “mise en place”, sino que tiene lugar durante la incansable búsqueda de Xavi de los mejores proveedores (por ejemplo: de cinco panaderías provienen la decena de panes con los que trabaja o Jordi, mi Jordi, el de la carnicería Casademunt del Mercado de Sarrià, es su proveedor de hamburguesas)- como pocos encontraréis.

Nada habla mejor del restaurante Carrot Café que los platos que, en breve, reseñaré, no obstante, cuatro son los apuntes previos que voy a hacer:

El primero, y por una cuestión de coherencia, en este caso, cronológica, versa sobre la fecha de su apertura (en septiembre de 2012). Ya lo veis, otro dispuesto a desafiar a la maldita crisis.

El segundo responde a la sorpresa que me causó descubrir, en una de las zonas más oscuras y viejas del 22@, un restaurante con tanta luz y de un interiorismo tan fresco.

En el tercero, una de cal y otra de arena, pues no es de recibo –en el fondo sí que lo es, y en la factura, casi de risa, está el recibo- que productos tan cuidados (i.e. embutidos, carne, panes o ¡Cervezas!) convivan con otros de chichinabo (i.e. algunas hortalizas y unas cuantas salsas, especialmente el kétchup y la mostaza)

Y el cuarto se limita a un: por lo que fue, por lo que es y me quedé con las ganas de probar (i.e. bagel de roast beef, sándwich de pan de coca crujiente con sobrasada, tomate y huevo, o bikini de jamón ibérico, queso suizo, cerdo asado, mostaza y jalapeños) y lo que promete ser -nuevos bocatas, como el de Pastrami, Stilton y chucrut, el de bogavante o la hamburguesa de cordero halal, están a punto de ver la luz- ¡Volveré!

Y tras uno de los más lacónicos prefacios que he escrito últimamente, he aquí la bonita, buenísima y baratísima realidad gastronómica del restaurante Carrot Café:

Un correcto humus para ser untado en unos buenos grissinis.

Un notable bikini de porchetta. Sin duda, su “Messi”, la coca de pan del Maresme que hacía las veces de pan de molde.

Una excelente foccacia, de nuevo, un pan de 10, de porchetta, scamorza afumicata, crema de setas y trufa –lo artificial del sabor de ésta última ha estado a punto de costarle la excelencia en mi valoración a este bocata, pero es que estaba taaaaaaaaaan bueno- y tomate al horno.

Un muy buen bocata -de nuevo, ¡Vive la coca de pan del Maresme!- de butifarra negra de Vilobí.

Un magnífico –sin duda, el rey de la velada- bocata de pastrami, scamorza afumicata, mostaza de miel y pepinillos, en el que la calidad del embutido y del pan, de centeno, no tenían parangón.

“La” hamburguesa (200 gramos de filete de pobre de vaca, con un mes de maduración y picado lo justo). Una lástima que ni el cheddar, ni el tomate, ni el beicon, ni la cebolla confitada, ni las patatas, ni mucho menos el kétchup y la mostaza que la acompañaban, estuviesen a su altura.

Y unos brutales –los mejores que he comido en Barcelona y parte del extranjero- pasteles –solo por el capítulo dulce merece la pena la excursión al restaurante Carrot Café- de:

Zanahoria -uno entiende el nombre del restaurante-.

Y de queso -uno se pregunta el porqué de no bautizarlo "Cheesecake Café"-.

En definitiva, un restaurante, por su calidad y sus precios, total, esto es, más que recomendable para todos los públicos y para todo tiempo.

Bodega: De las cuatro decenas de cervezas y del par de referencias de vino (una de blanco y otra de tinto -prometido quedó ampliar tan paupérrima selección-), que la conforman, me quedé con: las belgas Duvel y La Chouffe, y la alemana y ahumada Aecht Schlenkerla Rauchbier.

Precio: Entiendo que, como Santo Tomás, necesitéis ver para creer –si eso os obliga a ir al restaurante Carrot Café ¡Bienaventurados sean los desconfiados!-, pero la anterior y pantagruélica cena para dos personas me costó 50 € (25 € por barba -aunque, por algo menos de 20 €, un estómago normal ya diría ¡Basta!-). Además, cuentan con un trío de menús que son un auténtico regalo: Vegetariano (9,5€), Ejecutivo (10,5€) y Fast Lunch (7,5€).

En pocas palabras: La sandwichería de Barcelona.

Indicado: Para que los que creen a pies juntillas en eso de “demasiado bueno para ser verdad” reparen en su error.

Contraindicado: Para los que el sándwich es como la mona –esa que aún vestida de seda, en mona se queda-.

Tànger 22, Barcelona.
933 093 375


Una cena en el olvidado Jaume de Provença, otra en la bucólica –la del Born, pues su actual sala deja casi tan frío como su cocina- Hofmann, y otra en el originario y genuino Gaig –el de Horta-, fueron los regalos escogidos –y acertados- por mis padres para celebrar algunos de mis adolescentes cumpleaños.

Diez años pasaron hasta que decidí acercarme de nuevo a la cocina de Carles Gaig, aunque en esa ocasión la cena tuvo lugar en la postiza casa de comidas del Hotel Cram.

Y hoy se cumple una semana de mi última –en más acepciones de las que desearía- cena “con” Gaig.

Un cocinero, tres cenas, tres emplazamientos y tres cocinas.

En cuanto al pionero, genial, incombustible, premiado… Carles Gaig, nada más voy a deciros, pues pocos serán los que no tienen su –o la de otros- opinión sobre él y ya me meto en suficientes berenjenales como adentrarme en el pantanoso terreno de lo personal.

De las tres cenas, la última es la que nos interesa. No busquéis sacras motivaciones, pues responde al hecho que es la única en la que, de desearlo, podéis llevaros a la boca el mismo pan y el mismo vino que yo –al final sí que huele algo a botafumeiro-.

Daré carpetazo al tema de los tres emplazamientos con un “el nuevo interiorismo de la Fonda, dado por Adela Cabré, marida mucho mejor con la cocina del restaurante Gaig que el de neo-cabaret que teñía las paredes del Hotel Cram”.

Y tres son las cocinas pues, a algo –o a mucho- de la cocina catalana-contemporánea que hizo grande Horta se renunció con la mudanza al Hotal Cram -tocaba andar sobre las transitadísimas brasas de la cocina de autor, y de las que resultaron quemados tantos cocineros como comensales-, y lo que ahora se cuece en el restaurante Gaig es una cocina personalísimamente –rezuma Carles Gaig por doquier- “vintage” –algo demodé para ser contemporánea, con una pátina de autor para ser tradicional-.

Me temo que con tanto Horta, Gaig, Fonda, Cram… os tengo más perdidos que un burro en un garaje –o que un hipster en el restaurante Via Veneto (por cierto, protagonista tangencial de la próxima crónica, pues quien mueve los hilos del restaurante que en unos días nos ocupará se pasó casi seis años en la lustrosa para algunos, apolillada para otros, casa de comidas de la familia Monje)- así que, arrojemos algo de luz al precedente galimatías.

El pasado 5 de abril, Carles Gaig y Fina Navarro, aunaron para su causa gastronómica a los restaurantes Gaig, del Hotel Cram, y Fonda Gaig.

Unificación de restaurantes que ocupó el espacio del segundo, adoptó el nombre del primero y se quedó con la cocina de los dos.
Una doble propuesta gastronómica que, como casi todo en la vida, tienen su lado bueno y su lado menos bueno –en casa de Carles Gaig es difícil hablar de malo-.

Lo bueno: la amplitud de la propuesta gastronómica, pues, dado el gran abanico de precios que la conforman el restaurante Gaig es más accesible que nunca (los precios a la carta van desde los 2€ de la croqueta o los 12€ de los sesos o de los macarrones, a los 29€ del pichón o los 42€ del bogavante) y, asimismo, no se renuncia a nada (tradición y modernidad conviven en dos cartas –mucho más cómodo sería unificarlas, dado que puede pedirse indistintamente de las dos- y tienen su propio espacio en el Menú Tradició (60€) y en el Menú Gran Àpat (95€).

Lo menos bueno: la amplitud de la propuesta gastronómica, pues, como suele decirse, quien mucho abarca, poco aprieta.

Y ya sin más dilaciones, que hoy han sido muchas –perdonad, una última a propósito de un irregular servicio. Cruzad los dedos mientras os acompañen a vuestra mesa, pues podéis ser bendecidos con la profesionalidad y amabilidad máxima o pasaros la cena maldiciendo vuestra suerte por haber caído en las manos de un camarero que no encuentra, pues no sabe, cuál es su lugar- mi cena del pasado viernes.

Una cena que discurrió por los siguientes derroteros:

Un infame trío de aperitivos: una triste –por tener que saltar al ruedo sola, sin más de sus congéneres- patata frita, un insípido crujiente de parmesano y una correcta galleta de aceitunas negras.

La solvencia del aceite de arbequina de la Boella y de los panes blanco, negro, de cerveza y de centeno del Forn de l’Obrador.

Una croqueta de “rostit” de excelente masa, pero a la que una fritura con un aceite con más mili de la que debería –el olor lo delataba- restaba muchos enteros.

Un excelente –por los perfectos blanqueado, punto de cocción y calidad del producto- filete de seso de cordero empanado, acompañado por una excelentemente aliñada –felicidad doble, por la excelencia y por el aliño, pues parece que últimamente éstos o ya no forman parte del plan docente de las escuelas de hostelería o hay mucho cocinero chorra que no los encuentra lo suficientemente glamurosos como para perder el tiempo con ellos- ensalada de escarola, apio y mostaza.

La gran decepción de la noche, pues no creí que las horas bajas por las que atraviesa la Iglesia tendrían su translación en los “archifamosos” Macarrones del Cardenal, dado que poco en ellos se salvaba –por supuesto, el exceso de nata, la cebolla mal confitada y la calidad de la carne de cerdo, no-.

Un notable arroz de pichón y setas en el que el punto y sabor del arroz meritaban la excelencia pero al que un tenue pichón le hacía bajar la media.

Un buen pichón en dos cocciones. Lo mejor: la textura de la pata, su jugo, la cebolla glaseada, los pistachos y la mini zanahoria encurtida que lo acompañaba. Lo menos lucido: el punto de cocción de la pechuga y, de nuevo, el sabor algo tenue del pichón.

Un buen, pero muy noventero, dúo de postres.

Correcto el denominado “Venezuela 68%” y consistente en un correcto coulant, un más que mejorable granizado de cacao, y unos mucho mejores cremoso, crujiente y toffee de cacao.

Buena la bautizada como “Evolución de la crema catalana”, aunque dado el protagonismo que en el postre tenían tanto el caramelo (helado) como el limón (gelatina) y que llamar evolución a una técnica del siglo pasado (espuma de crema catalana) me parece algo impropio, yo lo rebautizo como “Matrimonio muy bien avenido de crema catalana y lemon pie”.

Y unos petit fours (financiero de té, galleta de chocolate y avellanas y trufa de chocolate blanco) infinitamente mejores –si bien es cierto que no era una tarea hercúlea- que los aperitivos.

En definitiva, cuando uno más uno no son dos sino que apenas llegan al uno –eso sí, de los grandes-.

Bodega: Amplísima, pero como casi todo en el restaurante Gaig, de la vieja escuela bodega y gran selección de licores. Paisajes Cecias 2008 (Tempranillo). Bodega Paisajes y Viñedos. DO Rioja. Y copa de coñac A.E.DOR Nº6 (36 €/copa, por supuesto, no reflejados en el siguiente precio).

Precio: 65 € (precio medio –si es que un intervalo tan grande pude denominarse así- de 40 € a 120€).

En pocas palabras: Gaig 2013 = Horta + Cram - Carles (su faceta acomodada)

Indicado: Para los que etiquetas como “demodé” o “trasnochada” se quedan vacías ante el peso del sabor.

Contraindicado: Para los que creen que el Eixample no es país para viejos –por activos que estén y talentosos que sean-.

Còrsega 200, Barcelona.
93 429 10 17


Apuntaba, al abrir en mi última crónica el melón del porqué de los nombres de los restaurantes, que Norte decía mucho tanto de la cocina del restaurante que hoy nos ocupa como de las manos que mueven sus hilos.

Abusando del auto-plagio –a pesar de no estar prohibido, por el agotamiento de ideas que permite translucir, merece ser igualmente proscrito- también recuperaré que lo que hace bueno el nombre del restaurante Norte es el hecho que sus progenitores son norteños y, asimismo, que entre las máximas de su cocina está no perder nunca de vista este punto cardinal.

En adelante, ni más plagio ni más candidez.

Y se acabó lo de ser cándido pues, a pesar de la veracidad de todo lo hasta este punto escrito, no es menos cierto que para Lara Zaballa, María González y Fernando Martínez-Conde el norte no está lo arriba que podría estar.

En breve hará dos años que los tres del Norte vieron materializarse a esa ensoñación despierta que compartieron entre los fogones del restaurante Moo.

Un sueño en el que se veían sirviendo solo desayunos de tenedor y almuerzos de “traca i mocador”, pero del que la crisis económica abruptamente los despertó y hoy sus huesos se ven sirviendo comidas de sol a sol.

Comidas buenas, bonitas, baratas y, por las noches, timoratas.

Timoratas cenas por cuanto, no sé si por no ver desvanecidas por completo las iniciales intenciones o por vagancia –o puede que por un poco de ambas-, uno solo puede disfrutar en plenitud de la cocina del restaurante Norte y del talento de sus tres cabezas pensantes en los servicios de mediodía, y así, el brillo de platos como arroz marinero de Pals con berberechos y mayonesa de perejil o el guiso de carrillera de vaca, solo ofrecidos en los almuerzos, oscurecen la nocturna cocina del restaurante Norte y, por ende, toda su propuesta gastronómica.

No leáis en mis líneas lo que no dicen, pues a las antípodas de mis intenciones se encuentra que todo el mundo apueste por la cocina de autor o practique una cocina con base en los productos de lujo. Mi único –aunque gran, grandioso- anhelo es que, en el terreno elegido para jugar su gastronómico partido -ya sea un menú degustación o un bocata de beicon con queso-, la meta de los restauradores sea la excelencia -en muchas ocasiones, hacerlo mal, medianamente bien, notable o excelente cuesta exactamente lo mismo y solo es una cuestión, por supuesto, algo, o mucho talento mediante, de actitud-.

Pero dejémonos de romances y vayamos a lo sustancioso –en una acepción todo menos cuantitativa, pues, a pesar de mi pantagruélico intento, no hubo forma de convertir la notable relación calidad-precio del restaurante Norte en un trío, cantidad mediante- de la cena que hace un par de semanas me regalé en el restaurante Norte.

Cena a la que dieron forma:

Un buen servicio de pan (blanco y coca con tomate) del vecino Forn de Sant Josep.

Una buena sardina 000 ahumada, pero lejos de la degustada hacía unos días en el restaurante Mont Bar. Sin duda, le restaba unos cuantos enteros la estrambótica combinación de pan con tomate y mantequilla sobre la que reposaba.

Unas notables croquetas de jarrete que, de atender al grito de “¡Más madera!”, o lo que es lo mismo, más intensidad gustativa, podrían alcanzar cotas de excelencia.

Una caballa escabechada que, a pesar de haberme puesto en la disyuntiva de determinar si era sencilla o simple, daré carpetazo a tal debate –para algunos estéril, aunque no para mí- con un “sabrosa, y punto”.

Una hamburguesa de faisán escabechado a la que la paupérrima cantidad de éste –que no el tamaño del bocata- no permitía brillar como el plumífero escabeche meritaba.


Una excelente tortilla –en su punto, esto es, babosa- de guisantes, habas, tirabeques, menta y panceta.

Unos buenos, aunque faltos de untuosidad, garbanzos con butifarra negra, piñones, pasas y cebolla caramelizada.

Unas solventes, pero simples –aquí sí que no me cabe duda alguna- fresas (naturales y su mermelada) con crema de mascarpone y un flojo sablée.

Una buena –de potenciar sus notas saladas, el “muy” sería obligado- versión del clásico Conguito (chocolate y cacahuetes).

En definitiva, ¿Tres grandes profesionales y tan solo un buen restaurante? Algo falla, y sino que se lo pregunten a los hermanos Roca -Enhorabuena “germans” Roca, sois los número 1 y justos herederos de elBulli, aunque mis máximos momentos de placer gastronómico siga brindándomelos el restaurante Mugaritz-.

Bodega: Corta bodega de la que me quedé con una de sus mejores referencias -el tuerto en el país de los ciegos-. Losada 2009 (Mencía). Losada Vinos de Finca. DO Bierzo.

Precio: 30 €

En pocas palabras: Calidad latente.

Indicado: Para los que sencillez y simplicidad son sinónimos y, por ello, en las dos hallan el mismo placer gastronómico.

Contraindicado: Para los que la calidad de un ágape la miden en función de los “Almax” que la digestión de éste exige.

Diputació 321, Barcelona.
93 528 76 76


El nomenclátor de restaurantes, salvo contados bautizos sin ton ni son, tiene mucha miga.

Con ello no estoy queriendo decir que el nombre de un restaurante diga más que su cocina -¡Dios me guarde de pronunciar tal blasfemia!-, pues, como en todo en la vida, las cosas son lo que son y no lo que dicen ser –a pesar de sus auto-entronizaciones, ni el Rey de la Gamba ni el Rey del Pollo destacan por el mimo culinario que dedican a estos dos productos-, no obstante, el oteo previo de la carta, la consulta de guías, la lectura de reseñas gastronómicas –me lo había puesto a huevo para barrer para casa y hacer algo de lícito proselitismo- y también algo tan simple como el análisis del nombre al que responde un casa de comidas, resultan de utilidad para no entrar a ciegas en un restaurante –para no meternos en la boca del lobo-.

Y aunque, dado lo proclive que soy a irme por la tangente, es un peligro que me ponga a navegar por unas latitudes en ocasiones tan inescrutables como son los bautismos de los actores de nuestra escena gastronómica, me permitiréis que ejemplifique lo anterior, esto es, la importancia de leer con seso lo rotulado, por lo general, en la entrada de los restaurantes –si es con luces de neón, ya podéis echar a correr-, con la media docena de nombres que han copado y coparán mi –y espero que la vuestra- atención a lo largo de este mes de abril.

El restaurante Pakta (su significado en quechua es unión) no engaña a nadie, pues su propuesta gastronómica es la máxima expresión de la cocina fusión, aunque sí que puede confundir, pues lo que allí se cuece no es la expresión de la fusión de las cocinas peruana y japonesa, sino la de la cocina nikkei y la cocina Adrià.

L’escola: otro nombre sin trampa ni cartón, pues deja claro que lo que allí uno puede encontrar son muchos más aprendices, por talentosos que sean, que maestros.

El restaurante Mont Bar de quién dice más es de su “alma mater”, pues apunta el amor que Iván profesa por su tierra (Mont es un pueblo aranés) y deja intuir algo, o mucho, de falsa modestia –sin duda, sabe que lo que se trae entre manos es mucho más que un bar-.

El nombre del próximo restaurante que nos ocupará (Norte), nos habla tanto de sus progenitores (son del Norte) como de su propuesta gastronómica (entre las máximas de su cocina está no perder nunca de vista este punto cardinal).

Y como el caso anterior, con su nombre, el restaurante Sense Pressa -sin prisas- nos está diciendo mucho tanto de su propietario como de su cocina.

No tuvo prisa José Luís Díaz (propietario y cocinero) en ser dueño de su destino (el restaurante Sense Pressa nació en 2005, tras una dilatada carrera por los mejores fogones de Barcelona, y en la que destacan los tres lustros que pasó como chef del restaurante Muffins –hace 15 años, una de mis casas de comidas favoritas de Barcelona, ahora sé el porqué-).

Ni con prisas debe acudirse a disfrutar de la cocina atípicamente –las modas las ve pasar desde la barrera- típica –aunque, como con el sentido común, la cocina tradicional y de mercado consistente, de calidad, es ya toda una rara avis- del restaurante Sense Pressa.

Cocina de la que, sosegado –la comida tiene el mismo efecto conmigo que la música con las fieras-, disfruté gracias a:

Un aperitivo XXL –tamaño y calidad- compuesto por unas aceitunas Gordal y unos boquerones.

Un correcto servicio de pan acompañado por un mucho mejor aceite.

Un irregular trío de fritos: excelente el buñuelo de bacalao, mejorable (apariencia y, sobre todo, textura) la croqueta de jamón –hace cinco años puede que pudiese codearse entre las mejore de la ciudad, pero tras la primavera “croquetil” vivida en Barcelona estos últimos años, sin duda, puede dar por perdida la estela de las que lideran el panorama gastronómico barcelonés-, y muy floja –de tenue y, lo que es peor, confuso sabor- la croqueta de gamba.

Un plato –El Plato- que justifica la visita al restaurante Sense Pressa: garbanzos, espadeñas y huevo frito. Un plato –pido disculpas de antemano por si alguien, en los tiempos que corren, considera ofensivo el siguiente grito- ¡Barato! Sin duda, los 23,5 € que cuesta, son muchos, muchos menos de los que vale.

Un notable –las puertas de la excelencia se las barró un exceso de encurtidos y cierta falta tanto de mostaza como de untuosidad- filete tártaro.

Una muy buena leche frita acompañada con helado de vainilla.

Un notable suflé de chocolaté.

Una destacable selección de quesos: Grand Cru, un curado zamorano del que no puedo daros el nombre pues, como Rajoy, no entiendo la letra de mis notas –su pírrica calidad hace más que excusable mi error-, Reblochon, Munster y Stilton.

Y una excelente coca de Llavaneres (hojaldre, piñones y crema pastelera) haciendo las veces de “grand four”.

En definitiva, en la gruesa mar gastronómica en la que nos ha tocado navegar, el restaurante Sense Pressa se antoja como un sabrosísimo salvavidas, aunque, bien harán en no dormirse en los laureles, pues cuando todos corren, si tú solo andas, retrocedes.

Bodega: Notable selección la de Víctor (el hijo de José Luís, y el sumiller y encargado de la sala del restaurante Sense Pressa). Finca Terrerazo 2010 (Bobal). Bodega Mustiguillo. Pago del Terrerazo.

Precio: 60 €

En pocas palabras: Keep calm and enjoy Sense Pressa.

Indicado: Para disfrutar de una cocina que nunca pasará de moda y del máximo exponente barcelonés de la cocina “Viridiana” o “La Tasquita de Enfrente” –en este terreno, Madrid nos da un buen repaso-.

Contraindicado: Para los que al Fast Food solo le ven un lado oscuro. Si solo en sus tiempos advertís su maldad o si en su falta de calidad se queda vuestro reproche, en el restaurante Sense Pressa no se os ha perdido nada –aunque puede que encontréis mucho-.

Enric Granados 96, Barcelona
932 18 15 44


A algunos no les convencerá su estética. Con los dedos de una mano podrán contarse, pues su acogedor, bello y, sobre todo, sin ínfulas interiorismo es como agua de mayo para una restauración barcelonesa abonada -en ocasiones, con resultados más desastrosos que los de la Isla del Doctor Moreau- a la clonación, también en el terreno de la decoración -que en el culinario la originalidad hace tiempo que brilla por su ausencia dan fe las sucesivas plagas de croquetas, hamburguesas, cebiches… que han ido empobreciendo, por falta de diversidad, Barcelona-.

Otros –entre ellos, un servidor, pues mi maltrecha espalda, que percibiría un guisante de lágrima debajo de dos decenas de colchones, es más difícil de contentar que mi paladar- no nominarían al mobiliario del restaurante Mont Bar para el “Premio a la comodidad”.

Seguro que hallamos alguien –en la viña del Señor uno puede encontrar de todo- al que incomoda el entusiasmo que destila el equipo de sala del restaurante Mont Bar, con Iván Castro al frente –del equipo y de entusiasmo-.

Puede que más de uno –tampoco muchos serán éstos, aunque algo de razón no les faltará- crea que su oferta gastronómica es algo contundente, o lo que es lo mismo, de las que te abonan al “Danacol”.

Rebuscando mucho, eso sí, terminaríamos dando con alguien que no haya disfrutado de su ágape en el restaurante Mont Bar.

Y a los que se les haya antojado como cara la experiencia en el restaurante Mont Bar, haberlos, como las meigas, los habrá –pero ya os lo advierto, serán menos que las meigas que campan a sus anchas por tierras gallegas, pues estamos ante un restaurante que cuesta menos de lo que vale-.

Pero para gustos, colores, y pues los que aquí cuentan son los míos –por enésima vez, éstas líneas nunca han pretendido, ni pretenderán ser consideras axiomas, pues su única aspiración es ser tomadas como una opinión bien vestida y mejor fundada- os diré que este restaurante –que su nombre no os conduzca, no al huerto, sino al equívoco, pues estamos ante una gran casa de comidas-, que el próximo –en toda la extensión de la palabra- día de Sant Jordi cumplirá su primer mes de vida, será uno de los hitos gastronómicos del 2013.

Y este restaurante que dará tanto y tan bien que hablar es el sueño –la palabra proyecto no haría justicia al romanticismo que tiñe hasta el último rincón del restaurante Mont Bar- hecho realidad de Iván Castro: restaurador por tradición (su familia regenta varios restaurante en el Valle de Arán) y por vocación.

Un sueño homónimo al pueblo de su Arán (Mont) en el que posee una explotación ganadera ecológica (los huevos y el cordero los pone él -¡Qué imagen! Aunque si hubiese escrito “son suyos” los listillos también dibujarían una mueca-), y las riendas de la cocina del cual ha puesto en las jóvenes –juventud compensada con mucha ilusión, todavía más trabajo y una buena dosis de bagaje (i.e. Saüc Gastrobar, Akelarre, L’Atelier de Joël Robuchon de Las Vegas, El Cingle o Neichel)- manos de Pedro Salillas, y compañía.

Un sueño materializado en un reto –de su horario, ininterrumpido de 9 de la mañana a “hasta que el cuerpo aguante”, todos los días de la semana, así se desprende- y, sobre todo, en una propuesta gastronómica bastante lúcida y todavía más lucida –sin duda, la excelente calidad de los productos que se utilizan en la cocina del restaurante Mont Bar contribuye, y mucho, a ello-, a la que, el pasado jueves, di casi entera cuenta en una pantagruélica cena.

Cena precedida por un vermut Yzaguirre, de tirador, acompañado por una buena tapa de aceitunas, y que discurrió por los siguientes derroteros:

La sabrosa seguridad que ofrecen el pan del Forn de Sant Josep y un muy buen aceite.

Una tapa de un excelente jamón DO Dehesa Extremeña.

Un notable, aunque demasiado fluido, “yogur” de gambas (espuma de patata, bisque y tártar de gamba, huevo poché y trufa).

Una buena croqueta de jamón ibérico. Teniendo en cuenta que en Barcelona se juega la “Champions” de las croquetas, no es un gran qué –su activo, el sabor, su pasivo, la textura-.

Una delicada a la par que sabrosísima sardina ahumada y confitada.

Un sugestivo, pero mal avenido, matrimonio de boquerón y anchoa, aderezado con huevas de salmón -la segunda, una soprano (¡Qué potencia gustativa¡), el primero, un castrati (de magnífica textura, pero de tenue sabor)-.

Una buena, pero con mucho más potencial, ensaladilla (tirabeques, guisantes, patata, zanahoria, piquillo) con mayonesa de albahaca (demasiado “fresca”) y esturión confitado -¡Un tan buen como para tantos tan desconocido producto del Valle de Arán!-.

Si la construyen sobre este esturión –el producto es muy bueno, pero en el restaurante Mont Bar lo tratan todavía mejor-, estaremos ante una de las mejores ensaladillas de Barcelona.

Una excelente composición de foie, briox de manzanilla, cebolla crujiente y Caligo (vi de boira) texturizado –un más que agradable secundario, pues hace tanto las veces de gelée como de borracho-.

Una buena –de mejorable textura- mini hamburguesa de vaca “dry aged”, servida en un excelente mollete “home made”, y aderezada con crujiente de cebolla y panceta.

Una ventresca de atún (toro), con salsa teriyaki y emulsión de piñones a la que, por su “faena” le concedo las dos orejas y el rabo.

Sus huevos, escalfados, y acompañados con papada confitada, setas, avellanas y migas, algo quemadas, ibéricas. Un buen, aunque algo pesado, plato y sin más historia que la procedencia de los huevos.

Una notable composición de vieira, ravioli de panceta y erizo –demasiada de la primera dado lo delicado, a pesar de lo intenso, del segundo- y corteza de alga –buenísima y de la que podría hacerse un “spin-off” en forma de aperitivo-.

Un excelente ragú de chipirones y garbanzos de la Anoia.

Un sabrosísimo, pero en exceso graso, canelón meloso de su cordero ecológico, bechamel oscura (demi glace) con trufa, y cebolla crujiente –¿Otra vez tu por aquí, cebollita frita mía? ¡Qué pesada eres! ¿No ves que incordias?-.

Una buena, aunque de mejorable textura y de simplón acompañamiento, terrina de cochinillo con pera (asada y su puré) –en mi humilde opinión, unas fresas a la pimienta, o al cardamomo, harían ganar enteros al plato-.

Y cuatro postres con detalles por pulir pero muy, muy, muy, muy –uno para cada uno- interesantes.

“Mel y mató”: pastel de requesón –demasiado denso y subido de carga cítrica- magníficamente acompañado por helado de leche de oveja y dulce de guayaba.

Piña colada: excelente masa de babá al ron negro -más generosidad con el ron, no estaría de más-, espuma de coco y piña –por su corte y textura, de difícil encaje en el conjunto (en sopa o compota tendría mucho más juego en boca)- al anís estrellado.

Un par de “piezas de fruta”: muy buena la torrija de cerezas (empapada en leche, huevo y kirsch), y algo dulzón el melocotón (cobertura de manteca de cacao rellena de cremoso de melocotón) en almíbar de eucalipto.

Y un Ferrero Rocher: una mousse, demasiado gelatinosa, de gianduja, helado y streusel de cacao y lámina de oro.

Y todavía con el recuerdo del excelente café que puso la guinda a la cena, toca que yo se la ponga a esta crónica.

En definitiva, una casa de comidas a la que debéis tomaros no como dice ser (un bar), sino como realmente es (un gran restaurante), o lo que es lo mismo, muy en serio.

Bodega: Magnífica, por extensa y, sobre todo, pos sus referencias, bodega. Akilia Chano Villar (Mencía). Bodega Akilia. DO Bierzo.

Precio: 50 €. ¿Precio medio? ¿30-50? Puede. Con tapas desde 1,8€ (croqueta), 3,30€ (sardina ahumada y confitada) o 5,5€ (biox con foie), y platos que van de los 8,80€ de los huevos o los 9,90€ del ragú a los 18,70€ de la vieira o los 15,4€ del cochinillo, el precio lo pone cada uno.

En pocas palabras: Éxito seguro, y meritado.

Indicado: Para los que saben que un buen restaurante no nace (a pesar de que así nos lo vendan los de siempre), sino que se hace (mucho esfuerzo, pasión y talento mediante).

Contraindicado: Para “gastro-fashion victims”, esto es, para los que ahora solo existe lo nikkei.

Diputació 220, Barcelona.
93 323 95 90


No son muchas las casas de comidas de Barcelona a las que he dedicado un bis, y menos son las que pueden contar en su haber –si bien es cierto que, en ocasiones, mis palabras no son un activo-un ter.

Por algunos de estos restaurantes me he dejado caer fruto de mi tozudería –si el hombre medio solo tropieza dos veces con la misma piedra, yo puedo hacerlo enésimas-, en otros lo hecho, simple, llana y sabrosamente, por su altísimo mérito gastronómico, y en otros –éste es el caso del restaurante Hisop- la reiteración de crónicas trae causa en la evolución, en el crecimiento de su cocina.

10, 9, 8, 5, 3 y 2.

No, la anterior serie numérica no es mi porra para el próximo sorteo de la Primitiva –aunque, si alguien se aventura con ellos y es agraciado, una invitación a comer no solo sería, creo, una justa compensación, sino que sería muy bien recibida-, sino que son los años transcurridos desde mis anteriores visitas a la estrellada casa de comidas de Oriol Ivern.

Me cautivó. Lo hizo de nuevo. Un sinsabor. Otro. Comencé a recuperar pasadas sensaciones. Lo hice del todo. Ésta es la crónica exprés de mi historia de amor y odio con el restaurante Hisop.

Historia que, hoy, de nuevo, discurre por el rojo pasión, a pesar de que éste haya, con la reciente redecoración del restaurante, abandonado sus paredes. Lo celebro, pues aunque el inicial interiorismo diseñado por el estudio YOOS era muy interesante, se ha ganado en calidez -la electrizante cocina catalana que se practica en el restaurante Hisop demandaba más pausa que la que el color antesala de la velocidad puede dar-.

Electrizante cocina catalana contemporánea que nace de las manos de Oriol y sus tres chicos –equipo, seguro, bien avenido, pues, vistas las dimensiones de la cocina del restaurante Hisop, las sardinas enlatadas pueden darse con un canto en los dientes por el espacio del que disponen- y que llega a las mesas del restaurante de las de María –una buena sumiller para una muy buena bodega- y compañía.

Y aunque la madera que ahora viste, en sustitución del rojo, las paredes del restaurante Hisop no dé pie a la siguiente expresión, me mudaré, por unos segundos, en político –esos para los que no existe mala pregunta, pues a las inquisiciones de los periodistas responden lo que les da la gana (la máxima expresión de “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid”)– y me arrancaré con un “al toro”.

Y así, la propuesta gastronómica del Hisop discurre por una interesante carta (precio medio 50€), un más que recomendable menú “ejecutivo”, disponible, los mediodías y las noches -¡Sí, las noches también!- de lunes a jueves (28€ que dan derecho a 2 aperitivos, un entrante, un plato principal, y un postre o un surtido de quesos) y un notable, por momentos excelente, menú degustación de temporada (52€).

Menú degustación de primavera al que dan forma:

Un muy buen servicio de pan, del Forn de la Trinitat (pasas y nueces, blanco y Armenio), y aceites (Argudell ampurdanés y Picual jienense).

Una notable bocado propiciado por una coca de butifarra, “recuit”, sepiolas, pistachos, ajo tierno y berenjena quemada. Bocado de mérito a pesar de que el requesón, además de pasar completamente desapercibido, no aportaba nada, pues la butifarra ya confería al conjunto la untuosidad necesaria –en este caso, menos no sería más, pero sería igual-.

Un excelente, por delicado a la par que de intenso sabor, bonito con café, jengibre, senderuelas e infusión de bonito y cebolla tierna.

Una irregular composición de colmenillas a la crema de salsifíes, sepia –hasta aquí, excelente- y huevo de codorniz escalfado y empanado en wasabi –empanado que no me convenció en absoluto, pues las notas expectorantes, la labor de limpieza del paladar que esta raíz lleva a cabo no era lo que las colmenillas, los salsifíes o el huevo demandaban-.

Una notable –algo más de grasa mediante, por ejemplo, convirtiendo la crema en un parmentier, la excelencia llamaría a su puerta- composición de espárragos blancos, su crema ligera, pintarroja –excelente la aportación, en cuanto a textura gelatinosa, la de este escualo- con velo de panceta Maldonado, rebozuelos y cítricos.

Un muy buen plato de cabracho –de calidad y cocción impecables- con “rossejat” de galeras –en mi próxima visita al restaurante Hisop entraré al grito de ¡Una de paella, Oriol!-, espárragos de margen y su emulsión.

Un, de nuevo, irregular plato de meloso ibérico –sin duda, por su acertada cocción, el mejor que he comido en mucho tiempo-, pimientos de piquillo (helado y concasse) –por su carencia de humo, no se me antojaron como los mejores compañeros de viaje-, crujiente de yuca quemada –mucho ruido (apariencia) y pocas nueces (sabor)- y crema de alcachofas -con ella, al meloso, le bastaba, y juntos, hasta el fin del mundo-. Un plato que demuestra lo buen equilibrista que es Oriol, pues un menú de 50€ no puede edificarse solo sobre cabrachos, rodaballos, cabritos, Angus…, y su virtud, en buena parte, reside en la habilidad del cocinero para convertir humildes materias primas en lujosos platos.

Un buen, sin más -a años luz de los servidos, por ejemplo, en los restaurante Rías de Galicia o Dos Cielos (si bien es cierto que se los hacen, justamente, pagar)- surtido de quesos: Casa Mateu Tou, Carrat-Bauma, La Calma, Tou dels Til•lers, Époisses, Idiazábal y Bleu d’Auvergne.

Unos tan refrescantes como planos, a pesar del siguiente enunciado, fresones con hisopo y lichis.

Una excelente –en mi humilde opinión, haría perfectamente las veces de pre-postre- composición de ruibarbo, helado de horchata y granizado de té –algo pasado-.

Y, ya fuera de menú, un postre en cuyas garras, tras ojear la carta, y por evocarme mi excelso ágape en el Asador Etxebarri, caí: leche a la brasa con avellanas, orejones y toffee. ¿Bueno? Sí. ¿Dio cuenta de las expectativas? No, pues era muchas, muchísimas y adolecía de dulzón.

En definitiva, un restaurante al que me apetece volver –algo que, por desgracia, no puedo escribir tantas veces como desearía-.

Bodega: Son Caló Blanc 2011 (Prensal). Celler Miquel Oliver. DO Plà i Llevant. Nus del Terrer 2009 (Garnacha y Cabernet Sauvignon). Vinyes del Terrer. DO Tarragona.

Precio: 70 € (menú (52€) + bebida)

En pocas palabras: Una estrella con los pies en el suelo.

Indicado: Para los que saben –sabemos- que tradición e innovación no solo están reñidos sino que pueden ser un matrimonio muy bien avenido.

Contraindicado: Para los que la cocina catalana se limita a al “pa amb tomata” y a la “butifarra amb seques”.

Pasaje Marimon 9, Barcelona
932 413 233


La última frase que el Tío Ben dedicó a Peter Parker puede leerse de vez en cuando –tal vez con más frecuencia de la que muchos desearían- en mis crónicas, y aun a sabiendas de que ésta podría ser la gota que colmase el vaso de todos aquellos que nunca han soñado con enfundarse el traje de Spiderman –si es para marcar tipito el día del orgullo gay y no para trepar por los edificios de vuestras ciudades, también me estoy refiriendo a vosotros-, no puedo hoy dejarla en el tintero, pues si existe un apellido todopoderoso gastronómicamente y al que se le exige –creo que justamente- más que ningún otro, éste es Adrià.

Y si el segundo apellido de la criatura es Iglesias… ni os cuento -bueno sí, que a eso, a leer qué es esto del Pakta, habéis venido-.

Y haciendo bueno su nombre (Pakta significa, en quechua, unión), el restaurante que hoy nos ocupa es el tercer fruto –a pesar de que con éste ya son familia numerosa, el cuarto está ya en camino- de la referida unión de dos familias de restauradores y, sobre todo, su cocina es la que resulta de la unión, de la fusión de dos identidades gastronómicas: la peruana y la japonesa.

Una fusión de cocinas por todo el mundo conocida –como mínimo, de un tiempo a esta parte- como cocina nikkei, aunque, por obra y gracia de Albert Adrià, afirmar que lo que se cuece en el restaurante Pakta es “solo” cocina nikkei, es tan impreciso, tan sesgado como afirmar que lo que en elBulli se hacía era cocina mediterránea.

La vanguardia gastronómica fue, en su día, la creatividad, también han copado portadas y movido masas las cocinas de la técnica y de las emociones y muchos son los indicios –del tamaño de una biga en ojo ajeno- que apuntan a que lo étnico es ahora la tendencia.

Pero ojo, pues todas las monedas –la gastronomía es cultura, es arte, pero es también, o sobre todo, un negocio- tienen su cara y su cruz, y si bien es sencillo para lo étnico, por nuestra ancestral curiosidad por lo desconocido, captar inicialmente nuestra atención, nada hay más fugaz que la novedad y, en consecuencia, sin una sólida y compleja construcción de lo étnico, el suyo será un reinado frugal.

A pesar de mi retórica, no suelo dar puntada sin hilo, así que acabáis de leer la que, hasta esta aclaración, era la primera crítica velada al restaurante Pakta -ahora es ya solo una crítica-. Una de las pocas críticas, aunque de calado –a un arroz a la cubana, tradicional o creativo, difícilmente le dedicaré jamás un no, en cambio, no creo que ni la chalaca, ni la causa de pollo, ni el anticucho de Albert merezcan un bis-, que verteré sobre el restaurante Pakta, pues su precoz virtuosismo –hoy cumple una semana- no tiene casi parangón.

Pero no adelantemos acontecimientos y antes del qué, reseñemos, brevemente, el dónde y el quién.

¿Dónde?

En Lleida, la calle –ya me gustaría a mí-, número 5. O lo que es lo mismo, puerta con puerta con los restaurantes Rías de Galicia, Espai Kru y La Cañota.

Y en una sala sencillamente bella y cálida.

¿Quién?

En la cocina: por Japón, Kioko Li; por Perú, Jorge Muñoz; por los Adrià, Sebastián –no, no me he confundido de nombre, pues Sebas es una prolongación del menor de los Adrià- y, por supuesto, Albert. Y ocho más.

En la sala, Zet Chung, de la que me quedé prendado -de su buen hacer, que aquí abundan las salsas, pero ninguna es rosa- en el malogrado Foc Ca la Nuri. Y cinco más.

Ahora sí. ¿Qué?

Pues dos menús bautizados con los nombres de las enseñas orográficas del origen y del destino de este puente aéreo gastronómico que es la cocina nikkei, esto es, un menú Fujiyama (una quincena de servicios, 68€) y otro –el mío- Machu-Pichu (más de veinte creaciones, 90€).

¿Y qué de qué?

Pues un crujiente de mar (“llengüeta blanca”, góbido de cristal o “crystallogobius linearis” frita) con kimchi, lima y polvo de algas, cuyo alegre picante entendí como una declaración de intenciones de lo que iba a suceder, pero me equivoqué, pues de la veintena de platos que probé solo dos alegraban –por picantes, muchos más lo hacían por otros motivos- el paladar.

Una bella, y poco más, zanahoria “encevichada” con gomasio (sal de sésamo) y piel de naranja sanguina.

Una oportunidad perdida de enjoyar con lujosas materias primas, las grandes ausentes a la cita con el restaurante Pakta –deberían ser invitadas-, una composición humilde, en este caso, la chalaca (tomate, maíz tierno y cebolla al mortero, aderezado con lima, ají y choclo -maíz en quechua- tostado), con chips de yuca.

Un magnífico –DO Adrià- tofu de aguacate con erizos, huevas de salmón, wasabi y salsa “dashisoja”.

Un bocado de hortelana frescura en forma de una excelente –muy Bras, muy Noma, muy Mugaritz- composición de “cebiche de tomate” con granizado de leche de tigre de naranja sanguina y remolacha, y acompañado con jugo de oxalis, tomillo limonero, cilantro y menta.

Una bella, delicada, y sabrosísima composición de caballa ahumada con jugo de alga codium y ensalada de algas (flor de daikon, wakame…).

Un sublime montadito de tártar de atún picante con quinoa inflada, huevas de pez volador, cristales de soja, alga nori (en el papel de rebanada de pan), aceite de sésamo y, por supuesto, cilantro –el cilantro suele estar presente en la mayoría de los platos de la cocina nikkei y, en muchas ocasiones, reclama demasiado protagonismo. Circunstancia que no ocurrió ni una sola vez en toda la cena en el restaurante Pakta y que es una prueba más del preciosismo gustativo de Albert Adrià-.

Un buen “maki” de causa de salmón con mayonesa de miso, salsa aburi (de ajo frito) y wasabi. Sin duda, de subirlo de sabor un par de escalones -más ají, más miso, más ajo... ¡Más madera!, el salmón y la patata pueden con ellos- podría ser un plato excelente.

Otra buena, sin más –a diferencia de la anterior, tiene el recorrido gustativo que tiene, y que es poco- causa frita de pollo con mayonesa de estragón, aguacate y nuez de pecán.

Dos excelentes nigiris, a los que, casi sin solución de continuidad, los sucederían otros tantos de matrícula de honor.

De calamar con sal de huacatay y lima.

De atún con salsa mirin (vino de arroz, azúcar y soja) y tapioca.

Un tan, tan, tan buen, como de sabores ya tan, tan, tan vistos –lo dicho, la novedad se devalúa rápido- ceviche de corvina con leche de tigre de kumkuats, boniato asado, choclo y cebolla morada.

Los anunciados superlativos nigiris, a los que entronizo como los reyes de Barcelona, y de parte del extranjero.

De anguila –sutil, ahumada en su justa medida, imperceptiblemente dulce, que se deshacía en la boca…-.

De papada con salsa “siu panka” –un bocado celestial-.

Una sabrosamente untuosa gyoza a la plancha de cochinillo y setas niponas.

Un ejemplo de sabrosísima sencillez a cargo de unos sobas, pero de harina de sarraceno –fusión culinaria italiano-japonesa-, a la huancaína, esto es, con ají y cilantro. Tras degustarlos, y a la vista de cómo estaba yendo todo, creí que el menú del Pakta me abriría las puertas del Nirvana. Por desgracia, y con un par de excepciones, el resto del menú se encargó de cerrarlas a cal y canto.

Y así, las primeras encargadas de despertarme de ese dulce estado de ensoñación fueron unas vieiras a la parmesana (emulsión de queso parmesano y polvo de panko con coral de vieiras). Un plato poco lucido (mejorable cocción de las vieiras y un panko con mucho sabor a panko y poco a vieira) y lúcido –sí, en el restaurante Pakta tienen bien atado al cilantro, pero… ¿Quién controlaba al parmesano? Visto quedó que nadie-.

Un excelente bacalao negro al estilo Nobu (curado en miso y braseado), con ajo negro y “flor de daikon” encurtida.

Un anticucho de pierna, no de corazón como mandan los cánones -¿Miedo a la víscera, Albert?-, de cordero, con piña a la parrilla y aderezado con polvo de oliva negra, ají y miel. Un plato vulgar, esto es –RAE dixit-, común, impropio de personas cultas, educadas… -de ti, Albert-.

Un lomo de ternera gallega –será gallega, pero el hábito no hace al monje-, acompañado por patatas suflé con sal de ají, bizcocho exprés de maíz, wok de pimientos y cebolla, y huevo poché de codorniz. Un plato si bien no vulgar, sí muy por debajo del nivel de Albert –tocará trabajar los platos principales-.

Un buen, aunque algo soso, sorbete de mango con crujiente de castela (bizcocho nipón de té verde, lima y menta).

Un “mochi” de chantillí y fresas –entrecomillado que responde a que a una esfera gelificada de chantillí no es de recibo presentarla como un mochi-. Sin duda, el plato, conceptualmente, más flojo de la velada, pues en la cuestión de “ser o no ser, versionar o desnaturalizar”, Albert se quedó con ésta última.

Unos notables dorados suspiros (merengues de fruta de la pasión y oro) a la limeña (acompañados con un helado de dulce de leche y un chorrito de pisco).

Unos muy buenos –y muy, muy dulces y muy, muy, muy fritos- picarones (rosquillas) de boniato, con miel de higos secos y canela.

Y una tableta de chocolate blanco con té, que, a pesar de su belleza y sabor, se me antoja como un impropio colofón a un menú de tanta alcurnia.

En definitiva, un gran, un grandísimo restaurante que, con el debido rodaje –solo la falta de rodaje, de la perspectiva que éste aporta, puede explicar que el menú se sirva en una cuarentena de platos de una vajilla hecha ad hoc para el restaurante Pakta y que, en cambio, uno tenga que disfrutar de todo el menú con unos vulgares palillos de madera que, al tercer plato, ya estaban impregnados de mil y un sabores-, y algo más –más materia prima, por ejemplo, pero también más seso en los platos principales y postres-, puede llegar a ser superlativo.

Bodega: Un par de cócteles: muy bueno el Kimidori (shochu, umeshu, lima, tomillo) y bueno, sin más, el Pisco Sour. Una garrafa de sake: Sohomare Kimoto Junmai Ginjo. Y, contra viento y marea –bueno, contra las “recomendaciones” de la sumiller-, una botella de vino tinto: Il Fait Soif 2010 (Garnacha y Syrah). Domaine Gramenon. Côtes du Rôhne.

Precio: 130 €

En pocas palabras: Lo nikkei hecho trascendente.

Indicado: Para disfrutar de 10.000 millas de viaje gastronómico, y para comprobar que los Adrià son los actuales Midas –entendiendo el oro en el que se convierte todo lo que tocan como valor económico, pero, y sobre todo, como metáfora de la máxima calidad- de la gastronomía.

Contraindicado: Hoy, para los que no hallan belleza en las vueltas de calentamiento, y mañana y pasado, para los que añadir champiñones a una pizza prosciutto es toda la aventura gastronómica en la que desean embarcarse.

Lleida 5, Barcelona.
Reservas en la web del restaurante.


Lejanos, difusos, grises… así eran los recuerdos de mi última visita a la “escola”.

¡Alto, antiguos compañeros del colegio Thau! No encolericéis todavía creyéndome ver arrojar piedras sobre aquellos maravillosos años, pues de la escuela de la que, hasta ayer, tenía recuerdos tan pocos nostálgicos no es aquella en la que compartimos casi tantas enseñanzas como fechorías, sino la de hostelería de Barcelona y, particularmente, de su restaurante –una casa de comidas que, siendo francos, más parecía el comedor de un hospital que un restaurante-.

No obstante, y tras mi visita de ayer a la renovada, reubicada… –casi reinventada- Escola Superior d’Hoteleria de Barcelona (en adelante, la “ESHOB” -si la cabra tira al monte, los abogados lo hacemos a definir términos-), me atrevo a afirmar que en el proceso de mudanza del Eixample al 22@ muchas de las cajas marcadas como “Vicios” se extraviaron.

No me extenderé en mi descripción de la ESHOB que dirige Iñaki Gorostiaga, y me limitaré a aventurarme a sentenciar que, de su mano, de la de Javier, de la de Carlos y de tantas otras, y gracias a las nuevas instalaciones -en el triple de espacio caben muchos más “juguetes” como cocinas demostrativas vestidas de mil y un botones, cuidados paneles de cata, aulas de formación para dar y tomar…-, a la renovada ilusión y a las sinergias creadas con reputados profesionales y más poderosas marcas, no es una quimera el sueño que una segunda edad de oro de la escuela llame, en un futuro cercano, a sus puertas –aunque, en puridad, debe señalarse que repetir una generación como la de los Arola, Abellán, José Andrés, Raurich… es casi tan difícil como que de la “Masia” salgan otros Messi, Xavi, Iniesta o Busquets-.

Tampoco será farragoso mi tránsito por el restaurante de “trinchera” de la ESHOB, el restaurante L’h@m, y en un:

¡No me extraña que con un menú, de tan cuidada como barata factura (9,90€), disponible tanto para almuerzos como para cenas, lo petéis –lo que en un lenguaje menos chabacano significa “colguéis el cartel de completo”-!

Y es ya de vuelta al cole, al restaurante L’escola de la ESHOB, cuando me entran las dudas, no las que cantaba Aute de si “enamorarme o morir”, sino las de si es un restaurante recomendable o –no temas, Iñaki- muy recomendable.

L’escola: un restaurante en el que, bajo la dirección de Javier Villero en los fogones y la de Carlos Cuende en la sala, los alumnos de la ESHOB demuestran lo aprendido.

Incipiente sapiencia culinaria que, Javier (recién aterrizado a la ESHOB para sumar en la causa que ésta viva una segunda juventud, proveniente de Vilaplana Catering y con los galones de Can Fabes o Louis XV de Alain Ducasse) mediante, se traduce en una triple propuesta gastronómica (a la carta (precio medio 35 €), menú Maridaje (50€) y menú Mercado (18,50€)) tan interesante como poco armoniosa por culpa de las demasiadas –aunque imperativas, pues no debemos olvidar que estamos ante el restaurante de una escuela- notas (cocina tradicional, de mercado, internacional, creativa, de autor…) que desea tocar.

Intentando abarcar el máximo –suerte, pues como veréis, si aprieto más los ahogo- me decanté por el menú Maridaje y así mi cena discurrió por:

Un sorprendentemente, pues su base era el Cynar, dulzón, y por ello nada propicio para despertar el apetito –afortunadamente, traía de sobras de casa-, “cóctel del alumno”.

Un flojo servicio de pan (hojaldrado, de nueces y beicon y focaccia al romero). Cada día me gustan menos los panecillos –diminutivo cuantitativo y cualitativo- y, como en las carnes o pescados, el tamaño sí que importa.

Un buen foie mi-cuit acompañado por una gelée de fondo de cordero, un crujiente de pan de briox y un bouquet de ensalada.

Una más que mejorable –tanto su presentación, demodé, como su sabor y textura- mini-hamburguesa de calamar.

Un excelente ajo blanco con uva, caviar de arenque y nube de esencia de almendra amarga.

Una buena vieira con calabaza (crujiente y escalivada).

Una composición de tripas de bacalao, habitas, butifarra negra y sofrito de tomate, tan poco lúcida –por la acidez del tomate que enervaba el disfrute tanto de las habas como, y sobre todo, de la tripa- como lucida –por la ejecución de un reblandecido crujiente de butifarra-.

Un notable San Pedro con puré de celeri –un parmentier hubiese aportado la untuosidad de la que carecía el plato-, salsifís y salsa de Jabugo.

Un muy buen –y muy Santamaria- pichón de sangre en “crapaudine” con su fondo, cebollitas mal glaseadas y puré de nabo.

Una más que afinable selección de quesos.

Un muy buen sorbete de mango “al estilo Tijuana”, esto es, aderezado con sal, limón, chile y… tequila.

Un excelente bizcocho de coco, acompañado por un canelón de piña y tamarindo, un sorbete de lima y un granizado de ron.

Un prescindible “postre del alumno”. Un postre firmado por un alumno de la ESHOB y cuyo demérito residía en la concatenación, con fines exhibicionistas y no al servicio del sabor, de texturas de frutos rojos, lácteos y frutos secos que le daban forma.

Y un buen trío de petis: nube cítrica, trufa y crujiente –éste sí- de sésamo.

En definitiva, el restaurante L’escola, a pesar de los numerosos peros que acabáis de leer, es un restaurante recomendable o muy recomendable pues su relación calidad-precio es más que destacable y, asimismo, disfrutar de los futuros “cracks” de la cocina no tiene precio.

Bodega: Agustí Torelló Mata Reserva Brut (Macabeo, Xarel•lo y Parellada); Agustí Torelló; DO Cava. Miranda d’Espiells (Chardonnay); Juve i Camps; DO Penedès. Envidia Cochina (Albariño); Eladio Piñeiro; DO Rías Baixas. Petit Bernat (Syrah, Cabernet Franc y Merlot); Oller del Mas; DO Pla de Bages.

Precio: 50 €

En pocas palabras: Mucho más que una escuela.

Indicado: Para optimistas y para los que sabemos que, sin nuestro apoyo, la denominada “generación perdida” de veras lo estará.

Contraindicado: Para los que a ver partidos del Barça B no le encuentran ninguna gracia.

Paseo del Taulat 243, Barcelona.
93 453 29 04

PD: en unas horas estaré comiendo en el restaurante Pakta. Crucemos los dedos para que, por fin, lo “nikkei” me seduzca-.


Si bien no existe un mínimo común múltiplo, y su máximo común denominador sería el mero hecho de ser casas de comidas, entre los restaurantes que visité el pasado mes de marzo, sí que es sencillo advertir que la cocina asiática y, en menor medida, el barcelonés barrio de Gracia son rasgos comunes a unos cuantos de ellos.

Y si un restaurante encaja a la perfección en tal descripción, éste es el Kuai Momos, pues va sobrado de “Asia” y de “Gracia” –con menos Gracia y más gracia, la cena hubiese ido algo, o mucho, mejor-.

Y así es, pues el restaurante Kuai Momos es la casa de comidas que el “graciense” (oriundo del barrio de Gracia) Jordi Brau se trajo bajo el brazo de sus siete años no solo en el Tíbet sino en toda Asia.

Siete años con los cuchillos en una mano -los pasó casi íntegramente trabajado en la restauración- y las maletas en la otra –muy quieto no paró el chico-, en los que fue tomando cuerpo la idea de abrir en su Gracia un restaurante en el que tapear con palillos o, en otras palabras, en el que picotear, en el que compartir platos con denominación de origen Asia.

Y hace algo más de un año, dicho y hecho.

Año y poco en el que el restaurante Kuai Momos se ha ido ganado al público barcelonés, particularmente al del barrio de Gracia, pero también al foráneo.

¿Y con base en qué argumentos se deberían estar preguntando todos aquellos cuyas neuronas no se hayan declarado en rebeldía por el fin de las vacaciones de Semana Santa?

Y pues muy a mi pesar las mías no han sufrido el estrés de la “vuelta al cole” pues nunca se fueron, no me ha costado mucho identificar que la cálida acogida del restaurante Kuai Momos se debe a:

Una propuesta gastronómica, firmada por el propio Jordi y ejecutada por Bin, que te permite viajar por buena parte de Asia pero cuyo mérito reside más en la extensión de kilómetros de gastronomía que abraza que en la delicadez o virtud con la que lo hace. Sin duda, su peor achaque son las concesiones a los paladares de aquí que en ella se advierten –siempre he creído que una cocina para todos los públicos acaba no siéndola para ninguno-.

Una sala dotada de tres ambientes –mención especial merece su “chill out” o su balcón interior- amable y entusiásticamente comandada por Ricard y Anna.

Y, por supuesto, al puesto que ocupa en el ranking de la tan poderosa como de insondables y más que cuestionables criterios web Trip Advisor. Nada más ni nada menos que el vigesimoséptimo, de entre más de cuatro mil restaurantes reseñados, lugar, lo que, por cierto, supone que el restaurante Kuai Momos pueda ver al restaurante Koy Shunka (al que los “viajeros” consideran el vigesimonoveno restaurante de Barcelona) por el retrovisor.

Y ya sin más dilación, he aquí las postales del viaje gastronómico por Asia propiciado por mi cena –solo ofrecen funciones nocturnas- en el restaurante Kuai Momos.

Unos notables “nems” o rollitos vietnamitas (soja, zanahoria, lechuga y fideos chinos Vermicelli) aderezados con una buena salsa dulce-picante.

Un interesante salmón “Suke-Maikas”, esto es, escaldado, marinado en soja y aceite de sésamo y acompañado por una salsa de yogur, curry y eneldo.

Unos muy buenos “dumplings” –particularmente la pasta- de cerdo, setas y bambú.

Una excelente –sin duda, lo mejor del ágape- berenjena al estilo de Shanghái según receta de la abuela del chef Bin (berenjena asada con jengibre, ajo… y acompañada con tortitas de maíz).

Un buen, aunque en el que ya se advertían ciertas concesiones gustativas a occidente (poca potencia cítrica y picante -pero moco de pavo, una mera anécdota comparado con el plato que iba a sucederlo-), “Pad Thai” tailandés, esto es, fideos de arroz salteados con pollo, verduras, lima y cacahuetes.

Un triste curry rojo de verduras (leche de coco, pimiento rojo y verde, maíz, coliflor, judías, guisantes, cidronela, lima, salsa de pescado, albahaca tailandesa…) acompañado con el preceptivo bol de arroz. Severidad, en su primera acepción, en mi valoración motivada por la irregular cocción de muchos de sus componentes, por el hecho de incluir en la preparación guisantes congelados, por su falta de densidad y, sobre todo, por ser un plato absolutamente falto de punch –el curry tailandés o pica, y mucho, o no es curry-.

Unas muy flojas, principalmente por lo vulgar de la fritura, por la textura de la carne y por lo dulzón de la salsa que las acompañaba, costillas de cerdo al estilo Singapur.

Unos correctos mochis de sésamo y coco -sin duda, el rebozado de coco no permitía disfrutar en toda su extensión de la textura glutinosa de los mochis-.

Un buen “black sticky rice” -de nuevo, un postre solo apto para los amantes de lo glutinoso- con mango.

Y unas notables trufas con jengibre y naranja.

En definitiva, un restaurante que, de cuidar ciertos detalles (bodega o materias primas) y de no transigir con el paladar occidental, meritaría más la posición de privilegio que le otorga el tan popular como oscuro ranking de Trip Advisor.

Bodega: Carta zarrapastrosa y complicada de la que me quedé con el modestísimo vino de mi tierra 7 de Vi 2011 (Ull de Llebre y Merlot). DO Costers del Segre.

Precio: 30 € (precio medio 25€-30€)

En pocas palabras: Un interesante viaje gastronómico “low cost” por Asia

Indicado: Para disfrutar de un cosmopolitismo gastronómico para casi todos los públicos.

Contraindicado: Para los que buscan lo que disfrutaron en la otra punta del mundo.

Martínez de la Rosa 71, Barcelona.
93 218 53 27