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Brillat-Savarin
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Hay días en los que me levanto de una mesa y sufro por lo que voy a tener que decir. Al respecto, os aseguro que es mucho más fácil y agradecido, aunque también mucho menos honesto, como cronista gastronómico vestirse de Oso amoroso o de Teletubbie –que no os confundan, pues son lobos con piel de cordero, pues su bolsillo les importa mucho más que el vuestro- que de Vengador justiciero.

Otros -pocos son, pues aunque hay demasiados restaurantes en los que lo más destacado es su carta de gin-tónics, mi verborrea compensa con creces su irrelevancia- tiemblo por no saber qué voy a deciros.

En la mayoría de ocasiones, nuestra más prolífica –casi mormónica- que rica restauración siempre suele brindarme algún pie en el que apoyar mis disquisiciones.
Y es a propósito de una comida, de un restaurante, de un cocinero que sin palabras debería dejarme cuando mi prosa se desata.

No obstante, y sabedor de que tanta palabrería a muchos os cansa, hoy, y sin que sirva de precedente, voy a ir al grano.

Hacía casi tres años que no visitaba la casa de comidas de los gemelos Torres -¡Cuánto te has perdido, Eduard!-, pero como es de sabios –o de menos tontos- rectificar, el pasado sábado me senté, igual que en mi última visita al restaurante Dos Cielos, en su mesa del chef (de los chefs) –sin duda, de las mejores en las que me he sentado, pues sus vistas, a la cocina y al “skyline” de Barcelona, no tienen parangón-, ávido de disfrutar del talento de Javier y de Sergio.

Almuerzo en la mesa de los chefs al que precedió un aperitivo, en la bella, aunque más vestida de noche que de día -¡Qué pena!-, terraza del restaurante Dos Cielos, conformado por:

Unos perfectos grissinis de sésamo y semillas de amapola que anticipan la calidad de los panes que han de venir.

Y unas irregulares aceitunas Gordal rellenas de crema de anchoas, pues la anchoa que debía dar sabor a la crema debe seguir nadando por las costas de Santoña.

Y ya sentado en mi mesa –si podéis, que sea también la vuestra- y de la mano de uno de los mejores servicios de sala de Barcelona -¡Un hurra por Esteban!-, disfruté de:

Uno de los mejores servicios de pan de Barcelona (blanco, aceitunas Kalamata, nueces, de “pizza” (tomate y albahaca) y dulce (pipas de girasol, zanahoria y albaricoque)), acompañado por el solvente aceite cordobés Pórtico de la Villa (picual y hojiblanca).

Un interesante bizcocho crujiente de harina de mandioca relleno de crema de raifort y lima. Tal vez la intervención de un tenor hubiese hecho de este buen bocado una magnífica apertura, pues, y salvando las distancias, me evocó a un buñuelo de bacalao, sin bacalao, esto es, a un buñuelo de ajo y perejil.

Unos excelentes erizos, aderezados con algas, esferas de aceite, plancton y tinta de calamar, servidos sobre un finísimo pan de algas. Montadito dulce-yodado al que acompañaba (en la taza que lo soportaba) una delicada pero sabrosísima infusión de galeras y cítricos (lima, limón, citronela…).

Todo un alarde de sabrosa sencillez de la mano de una alubia de primavera –increíble el frescor, el verdor que puede llegar a atesorar una legumbre- servida en el caldo de su remojo.

Una correcta composición de tomate, capellanes (una suerte de bacaladilla) y salazones. Y solo correcta pues, gustativamente era bastante plana –la acidez podía con todo- y técnicamente podría estar mejor resuelta -sin ir más lejos, la escarcha de tomate estaba a años luz de la de gazpacho de la que disfruté en la última temporada de elBulli-.

Una magnífica berenjena frita con un velo de mostaza, coriandro y comino –sin duda, lo mejor del plato- y acompañada con pimpinela, amaranto, pimiento rojo y flores de ajo. Un jardín en el que celebrar haberse metido.

Unos guisantes del Maresme sobre una royal de espárragos blancos. Los guisantes se anunciaban como de Lágrima y no lo eran. No obstante, por cada cucharada del plato, y gracias a la magnífica royale de espárragos, derramé una lágrima de felicidad.

Una soberbio homenaje al ajo en forma de una composición de crema de ajo negro (ajo fermentado 40 días a 60 grados) de las Pedroñeras, crumble de malta, regaliz, y bizcocho de ajo y perejil. Un plato que es la ostia –hasta Drácula sucumbiría a sus encantos-, y los gemelos Torres lo saben, y por ello lo acompañan con una fina oblea de ajo.

Un excelente ravioli de foie-gras, aceitunas Kalamata, tomates secos y castañas, regado por un todavía mejor caldo de foie y cocido. Entre los mil que me hubiese comido y el triste –por solo, no por calidad- que compone el plato, estoy seguro que hay un término medio.

Un plato enunciado como “Jamón-jamón” y que se erigió como la mejor croqueta, eso sí, fluida –no sé si los más puristas me aceptaran este pulpo como animal de compañía- de Barcelona. Jamón, caldo de jamón, torreznos, bellota… ummmmmmmmmmami en estado puro.

Un excelente carabinero de Huelva, con su bearnesa, acompañado de algas gallegas y pepino y aderezado con estragón, cítricos y pimienta amazónica.

Una magnífica caballa del Cantábrico regada con un caldo de curadillo (raspa seca de un escualo) y acompañada por esferas de mandioquinha.

Al ver que marcaban los cubiertos de carne y que, en consecuencia, a la función salada le quedaba un solo acto, hice mío el grito de “Más madera” de Groucho Marx y, afortunadamente, Sergio no solo lo hizo suyo sino que respondió con un “No querías café, pues toma dos tazas”. ¡Y qué tazas!

De 11 el arroz de pulpo e hinojo.

Y de 12 el San Pedro con ñoquis de chirivía y un consomé de meunière que haría buena cualquier cosa que regase.

Con los cubiertos de carne otra vez sobre la mesa disfruté como un enano de un –de su, pues provenía de una explotación que poseen en la dehesa extremeña- cabrito lechal cocinado a baja temperatura y posteriormente marcado a la brasa de encinas y sarmientos, y acompañado de unas magníficas migas con ciruelas, anchoas y ajos confitados.

Una lástima que todo lo bien que había ido el almuerzo se torciese en los postres, pues hubo más de arena que de cal.

Cal, ergo bien, para su Gin-tónic –un lemon pie del siglo XXI-.

Y arena para su Café XXL, pues aunque pretendía ser un homenaje a los amantes del café, dada su falta de profundidad y la nula presencia de notas amargas, ácidas, tostadas, saladas…, y sí un excesivo dulzor, y una también excesiva presencia de vainilla, chocolate y anís, más bien se erigía como un homenaje a los amantes de los brebajes de Starbucks. Para más inri, ese borracho de ron sobre el que se apoyaba un grano de café que era un helado de café con leche y que hubiese podido aportar esa chispa que le faltaba al postre, llevaba más jornadas sobrio que muchos alcohólicos anónimos.

Y también para unos quesos que desafinaban –aquí, Eva (de la Teca), no te has lucido-.

El punto y final al almuerzo lo pusieron un café Nespresso –con esto y lo de antes queda claro que a los Torres no les gusta el café- y una Joya (bombón relleno de haba de cacao amazónico) que hacía bueno su nombre.

En definitiva, el restaurante Dos Cielos atesora méritos para ser un dos estrellas y los Torres talento para lucir tres en la chaquetilla. Mal la cicatería de la Michelin y mal también para Sergio y Javier por no apostar el resto por sí mismos -¡Coño, que sois uno mano ganadora!-.

Bodega: Koldo Ruiz, sumiller del restaurante Dos Cielos desde febrero de este año, tiene mucho trabajo por hacer, pues todo lo que tiene de extenso la carta de vino lo tiene de poco interesante. Mi elección, el peculiar albariño Tricó 2011.

Precio: 140€ (110€ del menú degustación + vino)

En pocas palabras: Un restaurante de muchísima altura.

Indicado: Para confirmar que, en cocina, el refrán “Dos cabezas piensan mejor que una” no es bueno, es buenísimo.

Contraindicado: Para los que abjuran de la cocina de autor por sus pírricas raciones, pues lo que casi siempre es una falacia, un prejuicio, en el restaurante Dos Cielos es una realidad que precisa de enmienda.

Hotel Meliá Barcelona Sky. Pere IV 272, Barcelona.
93 367 20 70

PD: No os perdáis el programa Cocina2 que los gemelos Torres protagonizan en la 1 tras Master Chef. La mejor medicina tras mucho show y poco cooking.

.


Si a la pésima Dare Devil, Electra la hacía hasta digerible, Lobezno, sin el resto de los X-Men, era más indigesta que una fritanga.

Los Ewoks, descontextualizados de Star Wars, aportaban lo mismo que los platos de los actuales concursantes de Master Chef, esto es, nada.

Joey, sin sus “Friends”, era más soso que un huevo sin sal.

Y el éxito y valor televisivo de Aída, esa secundaria de 7 Vidas, son parejos al éxito y valor gastronómico de McDonald’s.

Viendo los derroteros por los que discurre la crónica de hoy, queda claro que su leitmotiv son los Spin-off.

Spin-off de los que el panorama gastronómico también está sembrado, aunque, su cosecha suele ser pobre pues a muchos de los que chefs que se atreven con este salto, tantas veces al vacío -peligrosa consejera es la temeridad-, les va como anillo al dedo eso de que “haría un buen negocio contigo comprándote por lo que vales y vendiéndote por lo que crees que vales”.

Sin duda, hay excepciones, como las del malogrado restaurante Libentia (el interesantísimo proyecto de grandes secundarios de los Alkimia, Saüc o Manairó, encumbrado como restaurante revelación en Madrid Fusión 2010 y que los egos echaron al traste), o la del restaurante que hoy nos ocupa, el Brots Restaurant que el belga Pieter Truyts -un cocinero con estrella y en toda su trayectoria rodeado de ellas (dos en los restaurantes Het Fornius y Het Molentje, y tres en el restaurante Comme Chez Soi)- abrió no hace ni un año en el corazón del Priorat.

Sería de recibo que, en este momento, os estuvieseis preguntado el Spin-off de qué casa de comidas es el Brots Restaurant, y la respuesta la encontraríais arrastrando el cursor hacia abajo, pues Pieter ha despegado, sin techo a la vista, desde la gran plataforma de lanzamiento que es el restaurante Can Bosch, en el que ejerció durante 8 años como jefe de cocina, como segundo de Joan Bosch.

Resuelta esta duda, ahora toca arrojar luz sobre la realidad del restaurante Brots.

Pues bien, Brots Restaurant, o el restaurante Brots –espero que Pieter, en pro de una prosa más biensonante, me perdone que entienda aplicable al nombre de su restaurante la propiedad conmutativa-, es una propuesta gastronómica tan sui generis como interesante, un local tan personalísimo como acogedor, y un servicio atento pero en absoluto a la altura del talento que encierran los menos de 10 metros cuadrados de la cocina del restaurante Brots.

Y ya por último, debo revelaros el contenido de mi almuerzo en el restaurante Brots, y del que saqué la convicción que, a diferencia de tantos restaurantes de provincia, de estar ubicado en el Ensanche o en el barrio de Salamanca sería, sin duda, uno de los restaurantes más destacados de las capitales catalana o española.

Almuerzo al que dieron forma:

Una interesantísima manita y media de aperitivos –mejores, por menos encorsetados, por más frescos, por más libres, que los degustados el día anterior en el restaurante Can Bosch-: embutidos caseros (lomo, longaniza seca al comino, paté de campaña, rillette de pato con curry y sésamo), piruleta de fideuá de setas –sin duda, el mejor-, crujiente de parmesano D.O. Can Bosch –ero, excelente- y salmón ahumado.

Un buen, aunque, de nuevo, de formato pequeño –los grandes, en toda la extensión de la palabra, panes de Barcelona se ve que todavía no han hecho las Américas-, servicio de panes caseros (blanco, integral y foccacia de tomate y vino tinto), regado con un notable aceite de la cooperativa de Poboleda.

Una sabrosísima montaña rusa de sabores y de texturas -¡Cuánto le gustan a mi paladar estas atracciones cuando detrás de ellas hay buen seso y buena mano!- en forma de un sashimi de caballa, cebolla dulce, compota de hierbas, mayonesa dulce de mostaza (se sustituye una parte del aceite por almíbar), pimienta rosa, eneldo, patata hervida y espárragos blancos. Sin duda, la mejor ensaladilla nórdica que he probado.

La deliciosa –sin duda, fue el mejor plato del almuerzo por el alarde de complejidad y equilibrio en que se erigía- excepción de que menos es más. Tetilla de vaca, sardinas ahumadas, mejillones al vapor, pan de curry, salsa de coriandro, comino, menta y tomate, crema de calabaza, zanahoria en crudo y alcachofas confitadas.

Un muy buen plato de vieiras, lengua de ternera, crema de topinambo, coliflor al curry, zanahoria y cebolla confitada.

Una notable, aunque algo dulzona –el denominador común de la cocina de Pieter, pero que aquí chirriaba- composición de anguila (guisada con soja y azúcar), setas, crema de estragón, crema de garnacha y patata confitada.

Un magnífico parfait de miel con ciruelas secas, piñones y vino rancio.

Un excelente helado de soja aderezado con avellanas y vainilla, al que una dulzona y de textura mejorable salsa de chocolate que lo pintaba y una presentación simplona le restaban bastantes enteros.

Y un cuarteto de petit fours que regalaron a mi paladar una irreprochable interpretación: madelaine de fresa y vainilla, speculoos, piruleta de chocolate blanco y vainilla, y polvorón de avellana y chocolate.

En definitiva, un gran restaurante con un todavía mayor potencial de crecimiento. ¡Cuántas alegrías me darás, Pieter!

Bodega: Interesantísima, y a precios de risa, carta de vinos que, sin dar la espalda a casi ninguna zona vitivinícola relevante, nacional e internacional, mira con mucho cariño al Priorat. La elección fue muy fácil, pues venía, y muy contento –no seáis malpensados, pues la mayoría de lo que paladeaba, aunque a regañadientes, lo escupía-, de catar los magníficos vinos que la pareja de Pieter, Silvia Puig, elabora en Torroja (Bodega Números Vermells). Acompañó mi almuerzo el vino En Números Vermells 2013 (Garnacha y Cariñena).

Precio: 50€. Disponen de tres menús: 45€ (7 servicios), 29€ (4 servicios), 27€ (3 pases); y el precio medio a la carta oscila entre los 35€ y los 50€.

En pocas palabras: Un Spin-off de Emmy.

Indicado: Para los que no aman al vino –pobrecitos- y buscan un pretexto para perderse por el encantador Priorat. El restaurante Brots bien vale el viaje.

Contraindicado: Para los que ante los enunciados de algunos platos siguen arrufando la nariz.

Carrer Nou 45, Poboleda (Tarragona)
977 827 328


Muchas de las entradas de este blog corresponden a la primera y, en ocasiones, única visita a un restaurante, lo que puede conllevar juicios temerarios, y sabedor de ello, me disculpo aquí y ahora por si mis palabras en algún momento han podido ser injustas, pero ni mi tiempo, ni el tempo de la restauración –cada día más acelerado- ni mi bolsillo me permiten, y ello a pesar de mi temple estoico –sí, soy de los que arriesgan el tipo a segundas partes aunque la primera invite a todo menos a ello-, ofrecer las segundas oportunidades que querría.

Pero la realidad de la crónica de hoy es bien distinta, pues si hay un restaurante sobre el que puedo escribir con conocimiento de causa, éste es el restaurante Can Bosch. Una casa de comidas en la que me senté por primera vez hace más de 20 años y en la que he comido en casi medio centenar de ocasiones.

En anteriores relatos sobre el restaurante Can Bosch he dejado escrito que, tal vez, en su entrada no brillan más estrellas (luce, desde hace muchos, muchísimos años una Estrella Michelin) por culpa de, en una localidad costera, estar ubicado tierra adentro. En este sentido, estrellas más fundadas en la brisa marina -pongamos, por ejemplo, que hablamos de los restaurantes Enoteca, Akelarre o Carme Ruscalleda- me hacen seguir en esos -los míos- trece.

También os he calentado la cabeza –y seguiría haciéndolo- con que el restaurante Can Bosch es la mejor casa de comidas en el trayecto del Euromed.

No obstante, y pues la crónica de hoy mira, y con mucho optimismo, hacia el futuro del restaurante Can Bosch, apartemos la vista del retrovisor y pongamos negro sobre blanco al hoy y, sobre todo, al mañana de este gran restaurante.

Can Bosch ha sido, es y será Joan y Montserrat, pero desde hace poco, Joan comparte la jefatura de la cocina con su hijo Arnau y Monserrat hace lo propio en la sala con su nuera Eva (la que también tiene metidas las manos en la masa, pues es la responsable de la panadería del restaurante).

Sabiduría y savia nueva para un restaurante que, de creérselo, y de pulir algunos detalles –en adelante veréis que en el tintero no se quedarán-, podría ser lo más brillante de la Costa Daurada.

Y el porqué de tan generosos como justos comentarios lo encontraréis en el Gran Menú Degustación (disponen también de un Menú Degustación (67€), de un Menú del Mar (74€), de un Menú Pica-Pica (38€) y de una carta más marinera, menos vanguardista pero igual de interesante -imprescindible su arroz negro- (50€-80€)) que hace un par de semanas me regalé y al que dieron forma:

Unos excelentes snacks de cebolla -el “Ganchito” ilustrado- y de olivas.

Una irregular cajita de aperitivos de la casa. Perfectos los crujientes de patata –el “Boca-Bit” ilustrado- y de parmesano. Notables los montaditos de alga nori crujiente con salmón, eneldo y caviar de aceite, y de chorizo y chutney de pera. E impropios los bombones de guacamole y chile –por su absoluta falta de frescura- y de queso de cabra con gelatina de mango y olivada –por anodino, por plano de sabor-. Arnau, convence a tu padre de que, en ocasiones, menos es más.

Un notable, a pesar de ser de pequeño formato –la excepción que confirma la regla-, surtido de panes (blanco, viena, de cereales, de aceitunas, de nueces, y de cebolla), acompañado por un buen aceite de arbequina de Siurana. Eva, convence a tu suegro para darle al pan su tamaño natural.

Una brutal terrina de lengua de ternera aderezada con tomillo, mostaza casera –la mejor que he probado- y servida sobre una tan delicada como sabrosa crema de zanahoria.

Una colosal composición, como colosales debían ser los crustáceos, de tártar de cigalas, crema de espárragos blancos -Sr. Knorr, si algún día quiere hacer cremas de verdad buenas, ya sabe a la puerta a la que tiene que llamar- emulsión de aceite y de naranja y perlas de soja. Un plato delicado, sabroso y cuyo equilibrio sápido –los dos tenores (cigala y espárrago blanco) brillaban gracias a la tan testimonial como atinada intervención de los barítonos (naranja y soja)- deja traslucir el talento de Arnau.

Un muy buen pulpo a la brasa -de lo tierno que era, casi parecía mantequilla-, acompañado por un finísimo puré de ajo negro, alcaparras fritas y puré de patatas. Con una mayor presencia de alcaparras, aunque no fritas, sino introducidas, por ejemplo, en el puré, ya tendríamos la cuadratura del círculo, pues su acidez prepararía al paladar para un nuevo bocado -hay platos que los disfrutas por acumulación y otros comenzándolos mil veces, y creo que éste es de los segundos-.

Un plato que reunía tres valores seguros y que cotizó tan alto como era de esperar. Guisantes lágrima estofados con puerros y ajos tiernos, bogavante y butifarra negra.

Un perfecto mar y montaña en forma de un falso ravioli de carpaccio de ternera, relleno de ostra gallega entibiada y acompañado por esferas de pimiento rojo, juliana de alga nori y una indescriptible crema de Noilly Prat –lo intentaré: un lienzo blanco que merecería estar colgado en las paredes de cualquier gran pinacoteca-.

Otro plato de 11 –y ya van tres contando el tártar y el “ravioli”- rémol con salsa Café de París y mayonesa de plancton. De 10 la calidad y el punto de cocción del pescado y de 12 la mano para que una salsa Café de París y una mayonesa de plancton lejos de “comerse” al pescado ofreciesen una de las más profundas y complejas composiciones sobre un pescado blanco que he probado.

Un excelente, aunque solo apto para paladares fumadores y amantes del rock and roll, secreto ibérico a la brasa con chutney de pera, berenjena ahumada, y una “demi-glace” con un agradable toque de tomillo.

Y si hasta aquí todo han sido aplausos para Joan, Arnau, Monserrat y Eva, los oídos a los que ahora debo regalárselos son a los de Albert (el responsable de la partida de postres del restaurante Can Bosch), por culpa de:

Una de las mejores versiones de una tartaleta de frutas que haya probado (chocolate blanco, manzana, fruta de la pasión, arándanos, fresas, frambuesa, citronela, anís, helado de yogur y menta…).

Y de un perfecto juego de tostados, dulces, salados… titulado “Algarrobas, chocolate y avellanas”.

Y para terminar, cinco “petit fous” que, si bien eran mejores que los aperitivos, compartían algunos de sus males. Excelente la palomita con crema de cacahuete, notable el macaron de limón, buena la gelatina de frambuesa vainilla y arándano, correcta la madalena de coco e impropio, por falto de punch, por irrelevante el bombón de whisky.

En definitiva, suele decirse que la segunda generación especula con lo heredado y que la tercera lo dilapida, pero visto lo visto, y dado lo mucho que de Joan a recibir tiene Arnau, el restaurante Can Bosch será, por muchos años, una casa rica, rica.

Bodega: Joan, Arnau, Montserrat, Eva, Albert y… ¡Manel! Uno de los mejores sumilleres que conozco y que ha construido una de las mejores cartas de vino de nuestro país. En ella encontraréis hasta 1.531 referencias, entre las que se cuentan más de 100 del vecino Priorat, D.O. en la que se circunscribió mi –bueno, la de Manel- elección. Terram 2010 (Cabernet Sauvignon, Cariñena, Garnacha y Syrah), Bodega Saó del Coster.

Precio: 125€ (97€ del menú + bebidas).

En pocas palabras: Pasado, presente y futuro.

Indicado: Para comprobar que en gastronomía la brillantez está en los platos y no en los soles o en las estrellas.

Contraindicado: Para los que tienen el dudoso gusto de maridar el aroma a brisa marina con el de aceite viejo de chiringuito.

Rambla Jaume I 19, Cambrils (Tarragona).
977 360 019


Reza el dicho que “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija” y, sin duda, este pellizco de nuestra sabiduría popular le va como anillo al dedo a la casa de comidas que hoy nos ocupa, pues ha sido a rebufo de los mejores atuneros del mundo -por supuesto, me estoy refiriendo a los Balfegó-, que el restaurante El Molí dels Avis de Josep Margalef y de su esposa Joana Martí ha alcanzado una velocidad de crucero con la que, allá por los setenta, cuando el restaurante El Molí dels Avis inició su andadura bajo la batuta de Rosalia Consarnau (la madre de Josep), seguro que ni se atrevían a soñar.

Tres siglos y tres realidades bien distintas son las que ha vivido la acogedora casa que da cobijo al restaurante El Molí dels Avis. Casa de pescadores en el XIX, restaurante de pescadores en el XX y, desde su reapertura en 2006, restaurante de atuneros ilustrados en el XXI.

Abusando del oxímoron que resulta de la yuxtaposición de los conceptos sabiduría y popular, os diré que, aunque en el restaurante El Molí dels Avis les deben mucho a los Balfegó, y sabedores de ello, ni muerden la mano que les da de comer ni son unos malnacidos, pues de desagradecidos no tienen nada-, la casa de comidas de Josep y Joana ofrece mucho más que los más sabrosos Omega 3 del planeta, y así, en su carta encontraréis excelentes recetas marineras firmadas por Rosalia, interesantes arroces de ayer y de hoy, y EL FLAN –sí, en mayúsculas, por mayúsculo en toda la extensión de la palabra- que hacen que el restaurante El Molí dels Avis bien valga una misa y, por supuesto, una visita.

A la cena me aguardaba el nuevo menú degustación del restaurante Can Bosch –con que solo tengáis la mitad de ganas de leer su crónica, la próxima, por cierto, de las que tenía yo por descubrir el primer menú firmado por el hijo de Joan Bosch, me daré por satisfecho- y, por ello, decliné la opción de abandonarme a su Menú del atún (80€ durante todo el año, a excepción del mes de mayo, durante el cual se ofrece, a propósito de las jornadas del atún, por 65€ -un argumento de peso, junto con el encanto que tienen los pueblos de L’Ametlla y L’Ampolla sin las hordas de turistas que los plagan en verano, para que os dejéis caer por el Baix Ebre en primavera-), y mi almuerzo discurrió entre un algo de carta tradicional y un mucho de su sección de atunes D.O. Balfegó.

Almuerzo al que dieron forma:

Un excelente aceite de la cooperativa local Flor de Maig y una delicada sal del Delta que hacían bueno un mediocre pan pre-congelado.

Unas notables aceitunas verdes de Aragón.

Unos interesantes mejillones al estilo Rosalía. Plato incorruptible, cual brazo de Santa Teresa, desde 1970, y que consiste en unos mejillones del Delta al vapor, aderezados con la salsa secreta de la casa –aunque bajo notario, literalmente, esté su secreto, al paladar se revelan sus encantos en forma de un romesco “agazpachado”-.

Una notable carrillera de atún en escabeche, a la que las puertas de la excelencia se las cerraban un exceso de canela –todo lo bien que le sentaba a la cebolla confitada le afeaba al atún- y una casi anecdótica presencia de hierbas y pimienta, y de las que resultaba un conjunto en exceso dulzón -¡Cuántas veces se olvida que lo dulce es mucho más invasivo que lo ácido, que lo cítrico, incluso que lo picante!-.

Un perfecto –cuando la materia prima es sublime, es de pena capital no ofrecer un producto de 10- sashimi de lomo de atún (casi trescientos quilos pesaba la criatura), aderezado con wasabi fresco –“comme il faut”-, jengibre y salsa de soja.

Y unos postres de ¡Olé!, y no solo por su calidad, sino porque, y tirando de nuevo de refranero popular, hacían bueno el dicho de “zapatero a tus zapatos”, pues se materializaban en un par de excelentes postres de la casa -¡Cuántas veces, tras un orgásmico ágape “tradicional”, tenemos un gatillazo por culpa de unos postres que de autor tienen lo mismo que el “León come gamba” de Alberto de Master Chef!- y en otras dos colaboraciones de artesanos de la zona.

De la casa:

EL FLAN. De dimensiones (18 huevos) parejas a su calidad (sabor y, lo que es más difícil en un postre tan colosal, textura).

Y un interesante helado de coco con licor de arroz del Delta.

Y de los amigos de la casa:

Unos muy buenos pestiños rellenos de cabello de ángel.

Y unas muy buenas trufas que hacían pasable el café –de Nespresso no cabe esperar mucho más-.

En definitiva, el restaurante de L’Ametlla de Mar, el de los Balfegó y el tuyo si lo que te va es lo bueno.

Bodega: Limitada carta de vinos de la que, no obstante, puede sacarse algo de bueno. Yo solo saqué algo correcto de la mano de un Silvestris 2012: la cariñena natural que Parés Baltà elabora en el Priorato.

Precio: 70€

En pocas palabras: Un sabrosísimo matrimonio de conveniencia.

Indicado: Para los que disfrutan de lo esencial: el mejor producto y la cocina tradicional.

Contraindicado: Para los que prefieren la caspa de la tuna que la casta de la “tuna” Balfegó.

Carrer Andreu Llambrich 74, L´Ametlla de Mar (Tarragona)
977 456 404


Es, en términos galácticos –y no me refiero a la política de fichajes de Florentino Pérez sino al igualmente discutible criterio de los Inspectores de la Michelín-, el restaurante Les Moles…

¿Recomendable (1*)?
¿Merecedor de un desvío (2*)?
¿Justificativo de un viaje (3*)?


Depende, y… ¿De qué depende?

Pues, y como seguiría cantando Pau Donés: “(…) de según como se mire”, pero también de según quién lo mire y, por supuesto, del contexto, entendido éste como el entorno del restaurante.

Con la mirada “buenista” de alguien con no demasiado bagaje gastronómico y con más ganas de viajar que Willy Fog, con un triple sí daríamos respuesta a las tres preguntas. Y no hace falta ser Amy Winehouse para responder a ellas “No, no, no”, solo alguien provisto de un paladar tan exigente y ducho como implacable, y cuyas máximas al tiempo de elegir restaurante sean “los experimentos con gaseosa” y “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero como casi nada en la vida es blanco o negro, entiendo que la mayoría nos distribuiríamos entre el “Sí, sí y no”, y el “Sí, no, no”. Yo soy de los primeros, aunque debo confesar que el segundo sí responde más a un entorno desprovisto de una sana y sabrosa competencia –como sucede con tantas comarcas catalanas, el interés turístico del Montsià es tan alto como su irrelevancia gastronómica- que a los méritos de su cocina. Afirmación, no obstante, que no os debería llevar al equívoco de entender el restaurante Les Moles como “el tuerto en el país de los ciegos”, pues es algo, o mucho más.

Entonces, ¿Merece el restaurante Les Moles la estrella que luce? ¿Le va grande? ¿Podría aspirar a una segunda o a una tercera?

Siempre a mi entender, la primera, aunque con merecimiento, la luce más, como alguno de nuestros escaños y por culpa de una “putineada” Ley D’Hond, por criterios de territorialidad que de proporcionalidad, pues el restaurante Les Moles en absoluto está el nivel de restaurantes como Dos Cielos o Can Bosch. Respecto la segunda o la tercera decir que éstas le quedan más lejos que a BOX un concejal por el barrio de Gracia.

Pero, y con base en los siguientes hechos –por supuesto, impregnados de mí-, juzgadlo por vosotros mismos.

Muchas son las posibilidades que permite el restaurante Les Moles de disfrutar de la cocina de Jeroni (chef y propietario). Entre ellas, dos degustaciones (64€ y 72€), dos menús mediodía (19€ y 30€) y la opción à la carte (precio medio 50€-70€). Me decanté por la última, pues traía hechos los deberes y no me apetecían nada tres horas de un "Play food" que, tras cotillear, más o menos discretamente, las mesas vecinas, calificaría de ñoño –en las tres acepciones de la palabra-.

Ya con la carta como marco para mi almuerzo, me tiré más a sus clásicos que a sus creaciones más recientes –se agradece que se indique al lado de la mayoría de los platos el año de su creación- y, visto lo visto, debo afirmar que, en el restaurante Les Moles cualquier tiempo pasado fue mejor, pues los platos probados de la primera década del siglo XXI estaban uno o dos escalones, gustativa y conceptualmente, por encima de los paridos durante este último lustro.

Así, y en una sala tan cálida y acogedora como de frío, aunque de lo más profesional, servicio (servicio, como la bodega, comandado por Carmen, la mujer de Jeroni), hace unos días pude disfrutar de:

Un trío de aperitivos de la casa que ya ilustran a la perfección lo dicho sobre si el restaurante Les Moles evoluciona o involuciona, madura o simplemente envejece.

Excelentes los dos clásicos:

Su interpretación del pan con aceite y sal (una esponja de pan con aceite y sal entre dos finas rebanadas de pan).

Y una gelée de vermut de Ulldecona con aire de mejillones y helado de aceitunas. Sin duda, el aceite y las aceitunas son elementos fetiche de la cocina de Jeroni -¡Y qué mano tiene con ellos!-.

Y una insulsa expresión de "Play food" el Petit Suisse de remolacha (falto de algún elemento gustativo que, ya fuese por contraste o afinidad, hiciese el bocado algo más complejo).

Un más extenso que excelso –el pequeño formato no ayuda- servicio de pan (nueces, sobrasada, aceite, sal, pasas y chapata), acompañado por, ahora sí, un excelso aceite elaborado con variedades autóctonas del Montsià (Morrut, Farga y Sevillenca).

Una notable composición de ventresca de atún D.O. Balfegó, esponja de pan con tomate, helado de vino, olivada de aceitunas milenarias, brotes verdes y esferas de pimiento. Y solo se quedó en notable, a pesar de lo complejo a la par que equilibrado de la composición, de la excelente ejecución técnica de la esponja y del helado, y del magnífico sabor de la olivada –de las mejores que he probado-, por culpa de una ventresca que lo era por los pelos y, además, se presentaba con un corte más que discutible.

Un excelente “all i pebre” de anguila del Delta (anguila cocinada a baja temperatura y posteriormente marcada a la plancha para obtener una piel crujiente y acompañada de parmentier de patata, ajo y pimentón). Uno de los platos con más solera del restaurante Les Moles que, a la postre, fue lo mejor del ágape.

Una interesante “cabra ibérica con pinturas rupestres”. Sin duda, lo mejor del plato era la utilización de esta pieza de caza (cocinada a baja temperatura), propia de la zona, toda una "rara avis" en nuestra restauración y de sabor delicado a la par que profundo. Lo peor, la forma de presentarla (en forma de una terrina que, por el exceso de picado, más parecía una rillette), y los barrocos –más que rupestres- y dulzones trazos de regaliz, lácteos y fresas que la decoraban –o afeaban-.

Una facilona versión del arroz con leche, materializada en una sopa de arroz con leche, para más inri, en exceso alimonada, acompañada con un buen helado de canela.

Su última creación en el capítulo dulce, en forma de un paisaje de su vino. Helado de vino, avellanas, caco, cereza, eucalipto… para otra obra bella, sí, pero de sabores poco integrados y, lo que es más grave dado los productos utilizados, plana, desprovista de cualquier profundidad gustativa.

Ya en el acogedor porche del restaurante, disfruté de una buena infusión de hinojo de su jardín y jugué –aunque siempre se ha dicho que con la comida no se juega, con estos petit fours era lo mejor que uno podía hacer- con su versión del tres en raya (dos Conguitos con colorantes y una trufa de manteca de cacao –la única con más valor que el meramente lúdico-).

En definitiva, el restaurante Les Moles, por la valiente cocina autóctona y de proximidad que practica, bien merece una visita, eso sí, si uno está por la zona, pues mucho más discutible sería tener que hacer las maletas por él.

Bodega: A pesar de la interesantísima carta de vinos, y por recomendación de Carmen, me dejé llevar, y acerté, hacia la excelente relación calidad-satisfacción-precio de su genuino –pues la bodega Altavins lo elabora exprofeso para ellos- vino de la casa. Les Moles Negre Criança 2012 (Garnacha y Syrah).

Precio: 60€.

En pocas palabras: Un ensayo sobre lo nuevo y lo viejo.

Indicado: Para que nuestro paladar rinda y se dé un homenaje a costa de ese producto tan nuestro y protagonista de algunos de los versos más célebres y celebrados de Miguel Hernández.

Contraindicado: Para los que con las cosas del comer no juegan.

Ctra. La Sénia Km. 2, Ulldecona (Tarragona)
977 573 224


Sé que me había comprometido a que en sucesivas crónicas arrojaría luz sobre nuestra cocina de provincias –que no provinciana, o como mínimo no siempre-, y aquí y ahora os aseguro que las próximas entradas de este blog las coparán los restaurantes Les Moles (Ulldecona), El Molí dels Avis (L’Ametlla de Mar), Can Bosch (Cambrils), y Brots Restaurant (Poboleda).

No obstante, el almuerzo que acabo de regalarme en el restaurante Mont Bar reclama a gritos que lo verbalice sin dilación, que os lo sirva en crudo –como solo pueden ofrecerse los grandes manjares- y, por ello, me veo obligado a sumir en un breve barbecho a los restaurantes en los que he hecho parada y fonda en una tan tardía como fructífera Semana Santa.

Grande y todavía más grata ha sido la sorpresa que me ha deparado el restaurante Mont Bar, pues si ya desde mi primera vista a esta casa de comidas del “gaixample” entendí que la apostilla “Bar” le quedaba muy, pero que muy corta, tras el ágape que mientras escribo estas líneas estoy digiriendo, no me cabe duda alguna de que el restaurante Mont Bar encierra una de las mejores cocinas de Barcelona.

Una cocina, una oferta gastronómica de muchos quilates cuya razón de ser debe buscarse y encontrarse en el binomio, y también pareja, Iván-Ana.

Iván Castro: un paladar con fondo, un comprador en forma –no solo no encontraréis en la carta del restaurante Mont Bar un solo producto de los “chinos” sino que todos cabrían en un escaparate de Tiffany’s- y un restaurador íntegro que ante la disyuntiva de arriar velas y navegar a favor de corriente –lo que hacen el 99% de los patrones de los restaurantes de nuestra ciudad y que suele traducirse en una travesía tan tranquila como insulsa- ha decidido izar la Mayor, el Génova y los Foques de su buque ofreciendo así al pasaje barcelonés un crucero para el recuerdo.

Ana Merino: una gran capitana de los fogones que, escudada por marineros de la talla de Marta Buzón (Calima, Gaig…) y Domenico Ungaro (escuela Vilà), cual mago de la chistera, es capaz de sacar de una cocina de Optimist platos propios de la Volvo Ocean Race.

Podríamos seguir surcando los mares y decir que el gran mal del restaurante Mont Bar es que navega entre dos aguas, las de un restaurante de tapas y platillos al uso, pues uno puede disfrutar en el restaurante Mont Bar a base de croquetas, ensaladillas o molletes, y las de un “gastronómico”, pues en su corta carta hay numerosas referencias de autor para el deleite, y que esta bicefalia, que redunda en que la factura de un ágape en el restaurante Mont Bar pueda oscilar entre los 30€ y los 90€, hace que, para muchos, no encaje ni aquí ni allí –para mí, no obstante, lo hace en ambos sitios-, pero entiendo mejor poner pies en tierra firme y, con base en los siguientes hechos, ilustrar el porqué de considerar el restaurante Mont Bar como una de las mejores casas de comidas de Barcelona.

Aviso para navegantes: la siguiente comida no es apta para casi ningún estómago y, por ello, no refleja en absoluto el tiquete medio del restaurante, pero hoy el cuerpo me pedía un homenaje y, a su vez, hacer buena la frase que tantas veces me ha dedicado mi abuelo y que reza “Eduard, es más barato comprarte un traje que invitarte a comer”.

Traje a medida en el restaurante Mont Bar que compusieron:

Un Yzaguirre del que, a pesar de ser de tirador –todo lo bien que le sienta a la cerveza le sienta mal a un vermut- disfruté en la agradable terraza del restaurante Mont Bar, acompañado por una notable selección de aceitunas de aquí (Lleida) y de allá (Aragón, Andalucía).

Un buen servicio de pan del solvente horno Sant Josep de la calle Roger de Llúria regado con un mejor aceite ampurdanés (Clos de la Torre).

La mejor –por supuesto, siempre a mi entender- croqueta, en este caso de jamón ibérico, que uno puede zamparse en Barcelona y parte del extranjero. Su secreto, la clave de su éxito: la delicadez de su bechamel.

Un notable mollete frito de papada de cerdo con cilantro y salsa Hoisin, al que la excelencia se la daría un plus de acidez o de picante en la salsa.

El bueno y el malo –el feo no estaba invitado, pues ambos tenían, como todos los platos del ágape, una factura de museo- de los buñuelos. De traca el clásico de bacalao con mayonesa de membrillo y un petardo, tanto por un exceso de acidez del aderezo como por una textura poco reconocible del buñuelo, el de cococha con mayonesa y esferificaciones de yuzu.

Unas tan impecables como enormes gambas de Palamós.

Una ostra francesa a la que el aderezo de apio y yuzu le quedaba grande dada su falta de salinidad.

Una magnífica ventresca ahumada de atún D.O. Balfegó, matizada con lágrimas de praliné de piñones y brotes.

Unos excepcionales guisantes lágrima, con sus brotes y velo de panceta, pero a los que afeaba la crema de sus vainas que los acompañaba -les restaba frescura, verdor-.

El mejor ceviche que he comido –y, dada la poca originalidad de nuestros restauradores, son unos cuantos-: vieiras, yemas de erizo gallego, una suave leche de tigre (lima, cilantro, Cigalis…), juliana de pimiento de Padrón, cebolleta, aguacate, maíz liofilizado, brotes de amaranto, y pitahaya. Mil y una pinceladas para un plato impresionista e impresionante.

Una excelente composición de caballa, ajoblanco de coco, kumquat –menos sería más-, ralladura de cítricos, chalota, rábano y brotes de cilantro.

Y una de matrícula en forma de espárragos blancos, sus esferificaciones, yemas de huevo de codorniz y caldo clarificado de jamón ibérico.

Un profundo a la par que equilibrado tártar de lomo de atún D.O. Balfegó con berenjena escalibada, ralladura de raifort y espaguetis de soja -¡Un secundario de Óscar!-.

Un notable cochinillo ibérico aderezado con salsa cantonesa –lo mejor del plato, en parte, por sus notas a citronela-, sorbete de pomelo y pak choi.

Un excelente lechazo acompañado con su demi glace, ñoquis de scamorza y pesto de menta. Plato que sería, a mi entender, de matrícula si en este gran lienzo se apreciasen trazos de especias como cúrcuma o comino.

Unos resultones, pero lechosos y dulzones, helados de galleta Chiquilín y de nueces de Macadamia.

Y un magnífica, brutal, espectacular… en definitiva, seguro que uno de los mejores postres de los que disfrutaré este 2015, versión del tiramisú, materializada en una espuma de mascarpone, cubierta con una cúpula nitro de chocolate blanco y trufa negra y acompañada de unos melindros empapados en capuccino y de unas galletas rotas de Amaretti y cacao.

En definitiva, como su nombre (Mont es el pueblo aranés donde nació y pació Iván) el restaurante Mont Bar está en la cumbre. La suya, pues no creo que pueda exprimirse ya más su cocina –talento hay de sobras-, y la de Barcelona –para observar a pocos, muy pocos restaurantes de Barcelona Iván y Ana tienen que levantar la mirada-.

Bodega: Igual que la cocina del restaurante Mont Bar no es de bar, tampoco lo es su carta de vinos (de las mejores de Barcelona). Tocaba elegir un vino a la altura de la comida, que no era tarea sencilla, pero lo conseguí apuntando muy alto –llamadme tonto-. Nit de Nin 2012 (Garnacha y Cariñena). Familia Nin-Ortiz. D.O. Priorat.

Precio: 160€ (80€ de la comida + 80€ del vino). ¡Qué homenaje me di! Lo que ilustra a la perfección la calidad del restaurante Mont Bar, pues solo en una gran casa de comidas te atreves a ir con el acelerador a fondo. Una comida no pantagruélica ni regada con un antojo –espero que mi mujer, cuando esté embarazada, sea más moderada en los suyos- rondaría los 50€-60€.

En pocas palabras: Ha nacido una estrella.

Indicado: Para confirmar que, en gastronomía también se aplica el principio jurídico de irrelevancia del “nomen iuris” –al final estudiar derecho me habrá servido para algo-.

Contraindicado: Para los que no saben disfrutar de la alta gastronomía si no media mantelería de lino y mobiliario de diseño.

PD: Si todo lo anterior os parece poco –los hay que nunca tienen bastante- el privado del piso de arriba del restaurante Mont Bar y sus dos degustaciones (80€ y 100€ + bebidas) espero que os dejen saciados.

Diputació 220, Barcelona.
93 323 95 90


Trumfa: el tubérculo ganador (la patata) en ceretano (conjunto de vocablos propios de la Cerdanya).

Triumfo: la mano ganadora en la brisca.

Trumfes: una apuesta segura en la restauración de la Cerdanya.

Tras el chasco de mi última cena en Barcelona decidí, por unos días, poner tierra de por medio con la Ciudad Condal y, de pasada, arrojar un poco de luz sobre la gastronomía de los extremos de nuestro país, que buena falta hace, pues si de la alargada sombra de Barcelona se dice que no permite brillar a los restaurantes de sus inmediaciones, aunque a veces creo que es todo lo contrario, que por el hecho de no estar en Barcelona, y por culpa de cierto chovinismo y mucho paternalismo, les atribuimos más mérito del que tienen -¿Luciría una estrella Lluerna, o Capritx gozaría de tanta fama si su campo de batalla fuese el ensanche?-, son muchos más los que por estar situados realmente lejos de su radio de acción se ven sumidos en un injusto ostracismo.

Y así, las próximas estaciones en las que haremos parada y fonda serán Llívia (Trumfes), Ulldecona (Les Moles), L’Ametlla de Mar (El Molí dels Avis), Cambrils (Can Bosch) o Poboleda (Brots Restaurant).

¡Chu, chu! ¡Pasajeros al tren!

Pero no avancemos tantos acontecimientos, no vayamos tan rápido, que más tiene este bloc –como mínimo para algunos- de tren de la bruja que de “Shinkansen” (los trenes bala nipones) –ni su prestigio, aunque con vuestra confianza me basta; ni su puntualidad, pues aunque intento ofreceros dos o tres crónicas por semana, el tiempo no es infinito y mi cartera lo es todavía menos; ni, por supuesto, su velocidad, pues ni mi farragosa prosa, ni mis excursiones son de trago corto-.

¡Chu, chu! Próxima estación: restaurante Trumfes.

Trumfes, un restaurante que nace como el enésimo, el natural encuentro (ya habían coincidido en la escuela Joviat o en los fogones del restaurante Aliguer de Manresa) de Pau Cascon, (quien tiene aquí la sartén por el mango, y nunca mejor dicho, de los fogones) y Àlex Molas (quien en esta nueva etapa profesional ha cambiado la chaquetilla de cocinero por el mandil de camarero para dirigir a las mil maravillas la sala del restaurante Trumfes -¡Cuánto se nota, cuánto se aprecia que un director de sala sepa, y mucho, de cocina! Enrique Valentí ya nos lo demostró en Casa Paloma o Chez Cocó-).

Suele decirse que a la tercera va la vencida, no obstante, hasta el póker de visitas al restaurante Trumfes (todas ellas en los dos últimos años) no las tenía todas conmigo sobre el éxito de la jugada, pues si ayer el restaurante Trumfes era una buena cocina -aunque en algunas ocasiones se advertía simplona y en otras barroca por falta de sencillez- que, no obstante, no estaba a la altura de su sala –ni del escenario ni de sus actores-, hoy están a la par, y no porque Àlex haya bajado el listón o se estén desconchando las paredes de sus más que acogedoras salas, sino porque la cocina de Pau es más madura, más lucida, y dan fe de ello:

Un irreprochable servicio de pan rústico y de cereales de la “boulangerie” Les Pains Carolins de la vecina y francesa localidad de Saillagouse, y de aceite (arbequina de Siurana).

Un interesante aperitivo de la casa en forma de montadito con pan Tramezzini de carpaccio de ciervo, mostaza a la antigua y parmesano que, entiendo, ganaría enteros de sustituirse el parmesano –tan visto como invasivo en estas composiciones- por un queso D.O.P. de la Cerdaña –además de un guiño a la tierra, un sutil e interesante secundario sin afán de protagonismo- y de servirse el carpaccio templado o, como mínimo, menos frío.

Un muy buen ceviche de dorada, aderezado con remolacha, lima, cilantro, cebolla, bien de aceite, como diría Karlos, y piel de naranja -el único “pero” del plato, y no por su presencia, sino por lo excesivo de ella (tal vez un pescado azul la hubiese admitido, pero no así la delicada y blanca dorada). Ya me lavaré luego la boca con jabón, pero… ¡Manda huevos que para disfrutar de un ceviche tenga que cruzar el túnel del Cadí! Aunque, también es cierto que, desde que este plato se ha convertido en el mantra de la gastronomía patria y todo hijo de vecino se atreve con él, las probabilidades de salir escaldado cuando uno se deja enredar con un ceviche son casi tan altas como las de pillarse los dedos al pedir un coulant.

Una excelente composición de vieiras, tirabeques a la brasa, y consomé de carne de cerdo, romero y garbanzos –¡Qué bien que le van a los caldos los garbanzos!-.

Otra parpatana –temblad ceviches, un nuevo Sheriff ha llegado a la ciudad- de atún de Almadraba, en esta ocasión presentada en forma de una interesante ensalada templada de escarola, habas, tomate, ajada y una suave vinagreta.

Un pichón en dos texturas que ilustraba perfectamente el Ying y el Yang. Perfectas las patas estofadas al vino tinto y el parmentier de apio, y con cierto regusto a quemado la pechuga y no muy bien resulta la textura de la polenta.

La realidad del financier de chocolate con espuma de coco y helado de fruta de la pasión era menos dulce que su enunciado por culpa de un financier de chocolate que tenía más de tarta de chocolate de la abuela que de distinguido dulce parisino (no tenía ni su untuosidad ni su almendrado sabor).

De bien alto la torrija de briox con helado de mango. El notable se lo hubiese dado de estar más empapada y el excelente si, además, el helado hubiese sido de sabor lácteo o tostado o, y de tener que constreñirme al mundo vegetal y naranja –ricemos el rizo-, éste hubiese sido de zanahoria o de calabaza –sabores mucho más amables con la torrija y, de nuevo, que sabrían ocupar mejor el rol que les corresponde, esto es, el de escudero-.

No solo ningún reproche, sino todo alabanzas para el babá al ron con espuma de café. Tiquismiquis que soy, una enmienda sí que haré, y ésta es la pertinencia del liofilizado de café, pues amargaba demasiado y tenía un excesivo recorrido en boca.

En definitiva, lo bucólico de algunos de sus pueblos, sus montañas en verde –aunque por desgracia de muchos esquiadores éstas lo están más meses de lo que desearían-, tantos deportes de aventura que practicar y, ahora, casas de comidas como el restaurante Trumfes, hacen de la Cerdanya un destino 4 estaciones –pensad en Vivaldi, por favor, y no en la más terrorífica de las pizzas, con permiso de la Tropical-.

Bodega: Interesantísima, por personalísima, carta de vinos de la que me quedé con un tinto sui generis de la Sierra de Salamanca: Tragaldabas 2013 (100% Rufete), Bodega Mandrágora Vinos de Pueblo.

Precio: 40€ (à la carte). Disponen, mediodía y noche, de un sugerente menú por25€.

En pocas palabras: Todo un triunfo.

Indicado: Para confirmar, recordar o descubrir –los hay todavía muy, pero que muy perdidos- que fuera de las grandes urbes existe vida inteligente, también gastronómicamente hablando.

Contraindicado: Para los que creen que en Valencia todo “quisqui” sabe preparar una paella, que la cocina de autor te deja con hambre o que en la montaña solo se puede cocinar a la brasa, vamos, para los del “topicazo” por bandera.

Carrer Raval 27, Llívia (La Cerdanya, Girona).
972 146 031


Noche aciaga.

Puede que esta sentencia inicial no invite a seguir leyendo pero, y pues en esta vida casi todo es relativo, en el demérito de algunos encontramos el valor de tantos otros.

Pero vayamos, como diría Jack el destripador, por partes.

Es martes 31 de marzo y el cuerpo me pide un Bonanova para cenar, no obstante, a las ocho y media me doy con su persiana metálica y con un cartel de “Estamos de vacaciones” en las narices. La noche es joven y en un suspiro estoy delante del restaurante Monvínic. Por desgracia, su nueva carta, que constriñe la elección a degustaciones –poco atractivas además de sustancialmente más caras- me hace no cruzar el umbral de su puerta. Tras una breve reflexión, Mont Bar se me antoja como el mejor plan C, pero, de nuevo, el infortunio sigue siendo mi sombra y con un restaurante hasta la bandera me encuentro -¡Bien por Iván y los suyos!-. El plan D, o G, me conduce al restaurante Gresca, sorprendentemente vacío, pero declino cenar en él pues se me informa de que Rafa está de tournée por su asesoría gastronómica ampurdanesa. Como ya he dejado dicho en más de en una ocasión, la mejor forma de disfrutar de las grandes casas de comidas es a través de sus menús degustación y, por supuesto, cuando sus estrellas saltan al terreno de juego –así como cuando voy al Camp Nou quiero que juegue Messi, cuando me siento en los Alkimia, Coure o Gresca quiero disfrutar del talento de los Vilà, Ventura o Peña-. Pasan pocos minutos de las nueve y ya me veo cenando una tortilla a la francesa en casa, no obstante, en ese preciso instante tengo la brillante idea –o, y a tenor de los acontecimientos que se iban a suceder, se me fundieron los plomos- de cenar en el restaurante Blau BCN (dónde estuve por última vez hace ya casi cinco años) con la esperanza que su evolución hubiese sido pareja a la de otro restaurante en boca de muchos en esos días (me refiero al restaurante Topik).

Con la edad nuestros gustos cambian (hace unos años hubiese matado por un Donut y ahora me tendrían que matar para que me zampase uno), nuestro paladar evoluciona (antes toda pizza era buena y hoy no doy con una de aceptable). Una evolución –evidentemente, los hay que no salen de Atapuerca- que, con honrosas excepciones, suele ir mucho más deprisa que la de la mayoría de restaurantes que, ya sea porque están encantados de conocerse o porque el respeto que sienten hacia sus comensales es todavía menor al que profesan por sí mismos, tienden a defraudarnos en sucesivas visitas. En este sentido, no es casualidad que los que escribimos sobre cocina acabemos publicando segundas, terceras, enésimas crónicas sobre algunos restaurantes, sobre aquéllos pocos para los que la excelencia es siempre su faro y no un mero buen propósito inicial que se queda en eso, o sobre los todavía más rara avis y para los que crecer no es simplemente un sinónimo de envejecer –aunque no os engañaré, algunos bis responden también al derecho humano de satisfacer los antojos propios o de los tuyos-.

Menos excursiones y más razones, pues si la alabanza sin justificar es cortesanismo o clientelismo, el reproche sin sustrato es vil maltrato.

Vaya por delante que estamos hablando de un restaurante cuya factura final ronda los 50€, lo digo a efectos del contexto en el que debería circunscribirse vuestra lectura y que también fue el marco de mi exigencia –una pasta pasada es mala tanto en el bar de la esquina como en un restaurante de postín, pero es en este segundo dónde es también inadmisible, pues el grado de tolerancia al error en un restaurante disminuye al ritmo al que crece su precio-.

Todo comenzó la mar de bien con una sala mucho más acogedora de lo que recordaba y un servicio tan atento como superado -aunque la ocupación sea baja (un tercio de la sala el día de mi visita), para que una única camarera pueda atender un servicio como el del restaurante Blau BCN (mayoritariamente de degustaciones) más que un mandil debe mudarse la capa de Superman-.

Siguió por los mismos derroteros, pues se me antoja imposible que mi clásico partenaire Yzaguirre pueda torcer nada. Aunque, dicho sea desde allí dónde todos somos Manolete, esto es, a toro pasado, las mejorables aceitunas verdes de Aragón que lo acompañaban no auguraban nada bueno.

En cambio, ya sí que me puso en guardia el mediocre servicio de pan -y no por culpa, creo, de Bon Blat, sino por una mala conservación del mismo-. Pan, dicho sea, acompañado por un notable aceite de arbequina gaditana.

Afortunadamente no me pilló desprevenido la ensaladilla rusa con jamón ibérico, atún y huevo, pues era todo un poema, todo un vodevil. Lo mejor, por citar algo, la mayonesa (elaborada con el aceite del atún, como lo hacía mi “yaya”). Lo peor, el resto, esto es, el punto de cocción de las verduras (en particular, el de la patata), la calidad tanto del jamón como del atún y, sobre todo, el “poti-poti” en que se materializaba esta “4 estaciones” de las ensaladillas.

Las aguas se tranquilizaron un poco con un correcto ravioli (las veces de pasta las hacían finas láminas de berenjena) de bacalao, acompañado con judías verdes al sésamo y salsa de tomate.

Y en ese momento, navegando sólo con ligero mar de fondo, llegó lo mejor de la noche en forma de un notable canelón (farsa de asado de pollo, ternera y cerdo, y matices de foie y de trufa) con una ligera bechamel de trufa -se apreciaba y se apreció el toque de caldo de pollo en la bechamel-.

Lástima que ese momento fuese solo eso, un suspiro, un espejismo, pues bien poco puede salvarse del naufragio en que se convirtieron los cuatro últimos pases de mi cena.

La buena textura era lo más destacable del “steak tártar”, pues el ligero aderezo de hierbas frescas, absolutamente plano y falto de punch, no le sumaba ningún entero, y un helado –un cubito dada su textura- de mostaza le restaba unos cuantos.

De nuevo, la textura era el bote salvavidas, en esta ocasión, de la poularda, y sus vías de agua: lo imperceptible –y tiene delito, pues veréis que son dos pesos pesados gustativamente hablando- de la trufa y del brie de mieux que, sobre el papel, la aderezaban, y la temperatura de servicio –templado para un escandinavo, frío para mí-.

Al falso bizcocho de fruta de la pasión con espuma de coco, sorbete de mandarina y almíbar de Tokaji, le hacían un flaco favor tanto el deliciosos recuerdo que de este postre tenía, como su currículum (postre ganador en 2009 del concurso propiciado por Espai Sucre “The Best Dessert”), pues, a pesar de su calidad, en 2015 este postre no está a la altura de lo que fue en 2009.

Y lamentando, y mucho, la severidad de mis próximas palabras, de juzgado de guardia lo de la última escala de mi cena en el restaurante Blau BCN. En este sentido, muy inconsciente o todavía más temerario tiene que ser uno para bautizar a un pastel de manzana de hojaldre nada mantecoso, de manzana todavía menos caramelizada, acompañado por una insulsa crema y servido todo ello frío –aquí y en Escandinavia- como “La célebre tarta tatin de Marc”.

En definitiva, a los hechos me remito o, y por explayarme algo más –carro al que jamás pierdo la ocasión de subirme-, el restaurante Blau BCN tiene mal mercado y, me temo, por ello, mal porvenir, pues por 10€ más uno puede disfrutar infinitamente más en los Gresca o los Coure, por 10€ menos disfrutar más en los Mont Bar o Vivanda, y por el mismo precio disfrutar lo mismo, pero dos veces, en los Can Boneta o Gat Blau.

Bodega: Peculiar, a la par que irregular, carta de vinos de la que me quedé con la modestia del Viña Zorzal Graciano 2013 (Graciano). Vinícola Corellana. D.O. Navarra.

Precio: 50€. Además de un menú mediodía (20€), dispone de una fórmula nocturna (30€), de dos menús degustación (38€ y 42€) y de numerosos platos en formato tapa o media ración que permiten la auto-confección de degustaciones.

En pocas palabras: No me sanará, pero hoy, y por desgracia, con una sola palabra me basta: Gris.

Indicado: Para los que, y tirando de filón bíblico, pues estamos de Semana Santa, comulgan con San Mateo en eso de que no solo de pan vive el hombre, pero en cambio sí que creen en que el hombre puede subsistir a base de canelones.

Contraindicado: Para los que creen, creemos, que en tierra de nadie nada bueno encontrarás.

Londres 89 o Passatge Lluís Pallicer 16, Barcelona.
934 193 032


Voy a montar un restaurante. ¿Dónde lo hago?

Tranquilos, no es una declaración de intenciones –y no lo es ni por falta de ganas ni por temor a los que me tienen ganas-, sino que es el mejor calzador que he encontrado para la crónica del restaurante DOP (el recién inaugurado en la barcelonesa Vía Augusta, y no el situado en la aledaña calle Amigó).

Sin duda, podría hacerlo en una zona turística (e.g. la Barceloneta) o de masas (por ejemplo, en el Paseo de Gracia), dónde los potenciales clientes no me faltarán. No obstante, para ello, debería tener un bolsillo profundo pero todavía más la garganta, pues en estos enclaves, por regla general, uno no sirve lo que quiere, sino lo que quieren –no creo que descubra a nadie que la cocina también se prostituye-.

Condicionado por la economía y por los principios, podría intentar buscar un local bueno, bonito y barato, pero, y pues en gastronomía el cambio de duros a cuatro pesetas es también una quimera, terminaría viéndome en un cuchitril intentando arrastrar allí dónde Jesucristo perdió su zapatilla a un público al que, salvo mucho talento mediante ante los fogones, la excursión no les merecería la pena.

O también podría, y lo que supondría matar dos pájaros de un tiro dado lo que cuesta conseguir licencias de restauración en Barcelona, intentar hacer renacer de sus cenizas, cual Ave Fénix, un espacio en el que se ha dado sepultura a los sueños de otros restauradores –en algunos casos, pues toda la voluntad puesta era inversamente proporcional a su profesionalidad o, en otros, pues faltaba lucidez, lucimiento o ambos-.

De apostar por esta última opción, seguramente, daría en el clavo, por enclave (situado en una zona pudiente) y por espacio (posee una amplia sala y uno de los patios interiores más bellos de Barcelona), de apostar por el local por el que pasaron, con más pena que gloria, los restaurantes Il Bellini y Toffees.

Por desgracia –para mí, no así para vosotros- llegaría tarde, pues hace menos de un mes que allí se ha instalado el nuevo restaurante DOP.

Ante todo, quiero compartir la sorpresa –hasta cierto desasosiego- que me causó el ver, en un paseo vespertino de hace unas semanas, que en este privilegiado espacio se iba a instalar una franquicia de un restaurante con poco valor gastronómico. No obstante, y como suele suceder con muchos apriorismos, estaba en un error, pues, el DOP de Vía Augusta, lejos de ser un franquiciado del de la calle Amigó, es una casa de comidas con personalidad propia y, anticipando acontecimientos, un restaurante de alto valor gastronómico que, con el de la calle Amigó solo comparte el nombre y la propiedad.

Y a propósito de lo anterior, me pregunto, ¿Es acertado, entonces, el bautismo del restaurante? ¿Vía Augusta aportará una pátina de calidad a Amigó, o será la alargada sombra de éste la que acabará por no permitir brillar al nuevo DOP? El tiempo –el más inexorable e implacable de los juzgadores- dirá.

Y ya sin más dilación, crucemos el umbral de la puerta del restaurante DOP de la Vía Augusta y encontremos el porqué de su virtud (recientemente reconocida con la distinción, en el marco de Madrid Fusión 2015, como Restaurante con un toque especial).

Sin duda, entre los haberes del nuevo DOP se pueden contar una sala tan contemporánea como acogedora y provista de una interesantísima barra con vistas a la cocina, la ya referida bucólica terraza interior (se abrirá al público a finales de abril) o un servicio amable, voluntarioso, pero falto de rodaje.

No obstante, el gran mérito del restaurante DOP reside en el atino mostrado por sus propietarios al haber puesto las riendas de la cocina en las manos de Juanjo Rodríguez (cocinero y propietario del malogrado restaurante Codium de la calle Villaroel).

Juanjo Rodríguez: alumno de la primera promoción de la Escuela de Hostelería de Barcelona, en la que compartió pupitre, o fogones, con ilustres cocineros como Carles Abellán, José Andrés y Sergi Arola, y cuyo principal faro siempre fue Jean Luc Figueras (con quien compartió sus últimas horas en Turquía).

Y lo que hace unos días pude probar de la cocina de Juanjo fue:

Un dúo de aperitivos de la casa, en el que la sabrosísima “Air baguette” rellena de salmorejo y coronada con anchoa del Cantábrico, estaba dos y hasta tres peldaños por encima de un resultón, pero algo ajado –guiño, o concesión, a un barrio que sigue rindiendo ciego culto a las croquetas de Semon-, pincho de chistorra y pasta filo.

Un pobre servicio de pan regado por un correcto aceite de hojiblanca jienense. Sin duda, este es el capítulo que mayor enmienda requiere y, especialmente, a tenor del “nivelón” que hoy observamos en Barcelona -¡Los panarras estamos de enhorabuena!-. Será la crisis y aquello que el hambre agudiza el ingenio, pero gracias a ésta, además del pan, hemos recuperado muchos productos que valen mucho más de lo que cuestan y que hasta hace bien poco eran denostados (e.g. casquería) –cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana-.

Una excelente ostra del Delta con Bloody Mary y jengibre. A priori, el enunciado me inspiró ciertas dudas y, de nuevo, me di con la sabrosa realidad en los morros, pues era todo equilibrio y profundidad.

Una interesante navaja cocinada a baja temperatura (65 grados) y acompañada con vinagreta de yuzu y ralladura de cítricos. Sin duda, me quedo con la versión del restaurante Espai Kru, pero ésta no la desmerece nada.

Un muy buen carpaccio de gamba de Huelva –excelente materia prima-, aderezado con una buena “brunoise” de verduras encurtidas y un helado, de elaboración propia, de pimiento del piquillo –lo único que chirriaba del plato pues, a mi entender, y a pesar de la calidad del helado, el sabor del piquillo era demasiado invasivo y maridaría mucho mejor con un carpaccio de bacalao o de ternera-.

Uno de los buques insignia de la cocina de Juanjo y del que ya había disfrutado como un niño en su Codium: “tataki” de atún con salsa de soja y sésamo y helado de wasabi (también de elaboración propia y que, a pesar de ser aquí un magnífico secundario, tiene mérito suficiente como para ser un protagonista de Óscar, por ejemplo, en un postre). Fue el plato que más disfruté de la cena y si el atún hubiese sido D.O. Balfegó… ¡Qué os voy a contar! Pero viajar a Japón por 14€ es, además de un lujo, todo un chollo.

Una excelente composición de bacalao Skrei (la mejor “merluza” del Mar del Norte, de la que, encarecidamente, os recomiendo que disfrutéis es estos últimos días de su temporada –no querréis que acabe la Cuaresma-), tripa de bacalao, guisantes del Maresme, trufa y un pil-pil con un acertadísimo toque de Jerez. Un plato de temporada de “chapeau”.

Una muy buena pieza de secreto ibérico Quercus cocinada, ahumada, al Josper y acompañada de piquillos y patatas paja, que hubiese brillado en todo su esplendor con unos minutos menos de cocción.

Un notable milhojas con mascarpone, fresones y vinagre de Módena.

Unas excelentes torrijas (receta de Jean Luc y que, de lo cremosas que eran, más parecían leche frita) con helado de “carquinyoli”.

Y la guinda a tan grata sorpresa la puso una muy buena Coca de Llavaneras.

En definitiva, el número 201 de la Vía Augusta ya tiene el inquilino que llevaba tiempo demandado a gritos.

Bodega: En exceso clásica –otra concesión al vecindario- carta de vinos. Mi elección, el Cal Pla Negre 2012 (Garnacha y Cariñena), del Celler Cal Pla (una de las bodegas con más solera –no cabía otra- del Priorat).

Precio: 50€. Precio medio: 35€-50€. Disponen también de un interesante menú mediodía por 20€.

En pocas palabras: ¡Sorpresa, sorpresa!

Indicado: Para creer -que buena falta nos hace- en segundas, terceras… enésimas oportunidades.

Contraindicado: Para los que a la zona alta la temen más que los moluscos a la marea baja.

Via Augusta 201, Barcelona.
933 488 435


Que el título de esta crónica no os desasosiegue, pues tanto Jordi Vilà como un servidor seguimos gozando de una salud de hierro y, así, la razón de tan inquietante título la encontraréis en la próxima mudanza del restaurante Alkimia.

Mudanza próxima, muy próxima, de la calle Industria a la Ronda Sant Antoni (en el Principal de la Fábrica Moritz Barcelona) que comportará también una muda de su propuesta gastronómica.

Doble mudanza del restaurante Alkimia que, salvo estrabismo galopante de los hombres de rojo, debería redundar en un mucho mayor reconocimiento de esta casa comidas en la Guía Michelin.

Hoy, el restaurante Alkimia luce solo una estrella –dos, sin duda, son la que merita su cocina-, pero a tenor del talento de Jordi Vilà y del espacio que sus socios de Moritz le tienen reservado, no es descabellado pensar que el primer tri-estrellado de nuestra ciudad no acabe siendo el Jordi que todos esperan.

Pero dejémonos de cábalas y de futuribles y vayamos a la miga de mi última cena en la mesa número 13 –lejos de ser un mal presagio, en ella constaté el increíble, tal vez el mejor, momento de su cocina (no así el de su sala)- del restaurante Alkimia de la calle Industria 79.

Miga, vino, y, por el camino, un colosal Menú Alkimia (130€) del que si hubiesen disfrutado los doce apóstoles no sé si se hubiesen dado las deserciones y traiciones ulteriores.

Y tras esta blasfemia por la que, tal vez, arderé en el infierno, y de apuntaros que del restaurante Alkimia también puede disfrutarse de una forma más contenida, ya sea a través de su Menú Tradiciones (68€), de su Menú Clásico (50€ y disponible, cual día del espectador, los miércoles), de su Menú Mediodía (39€) o a la carta (precio medio 60€-70€) -aunque, personalmente, considero que, a las grandes casas de comidas hay que ir sin el freno de mano puesto- he aquí la cena que el equipo del restaurante Alkimia, comandado por Hannes Eberhard, me brindó.

Todo comenzó con uno de los iconos de la cocina de Jordi Vila: el chupito de pan con tomate y longaniza de “Els Casals”. Sin duda, se trata de un aperitivo sabroso y divertido –aunque algo ajado- que, si bien definía, ilustraba perfectamente la cocina catalana de autor que Jordi practicaba en el restaurante Abrevadero o en los albores del restaurante Alkimia, hoy desentona pues su cocina desborda este marco.

Y, siguió con:

Un excelente segundo aperitivo: costra de pan con manteca, soja y nueces de macadamia.

Un buen, aunque no en su mejor día, servicio de pan (blanco y de frutos secos) y aceite jienense.

Una excepcional interpretación del vermut -cuando en Barcelona ha renacido la cultura del vermut más tradicional, más cañí, Jordi le da una, cien vueltas de tuerca, para regalarnos la versión más ilustrada de éste- materializada en:

Un granizado de vermut blanco con naranja y aceite, y bizcocho tostado de oliva con olivada, chocolate y anchoa 00 del Cantàbrico. Porque no existe la triple cero, que sino éstas lo serían. Por cierto, además de en su origen y en su tamaño –aquí sí que importa-, la explicación a su calidad (las mejores de Barcelona) la encontraréis en el hecho que las limpian a diario.

Un bonito curado bañado en una finísima salsa verde –terciopelo para el paladar y éxtasis para los sentidos- y aderezado con gelatina de vinagre de arroz y pepino. ¿Me ayudáis a poner nombre a esta magnífica expresión de cocina fusión vasco-nipona? ¿Nikkuak?

Unas sublimes yemas de erizo con “suquet blanco” (muy tenue de sabor), clara de huevo, perejil, y crujiente –valga la redundancia- de romana. No me lo ha pedido nadie, pero ya que su calidad merece un nombre más prosaico, aquí mi aportación –o entrometimiento-: “Huevo de mar escalfado”.

No hemos llegado ni a la mitad del menú y ya casi no me quedan adjetivos a la altura del talento culinario exhibido -aunque ojalá siempre fuese éste el mayor de mis problemas-.

Una composición de brandada de bacalao (profundidad y untuosidad), judías verdes (frescura), col escabechada (potencia y acidez) y raifort rallado (picante además de sus mil matices) que, como veis, lo tenía todo.

Un “lujazo” de plato en forma de tártar de Sant Pere, gamba y langostino con crema de marisco y cebollino, lima y caviar iraní Imperial 000 que, no obstante, me dejó con la duda de si la interveción de la lima sumaba o restaba. Bueno, duda ninguna, pues a mi entender el tártar no necesitaba de más frescura que la aportada por el cebollino, y el caviar y la lima se llevan como el perro y el gato.

Una tan sutil y delicada como sabrosa composición de guisantes lágrima –denominación y efecto que provocan-, queso stracciatella y hierbas frescas.

Un Sant Pere con crema de coliflor, crema de trufa (hecha a partir de trufas maceradas durante un año en Bañuls y Madeira –sabor de dos rombos-) y col encurtida en soja. Un plato perfecto que da fe de que Jordi Vilà es uno de los cocineros que más complejidad es capaz de dar a los platos de pescado. Complejidad que, a mi entender, es una de las pruebas del algodón del talento culinario y que muchos cocineros, también unos cuantos estrellados, no pasan.

Un brutal bikini de sopa de cebolla, panceta y trufa. No leáis en la parquedad de la descripción menos mérito que el del resto de sus compañeros de viaje, pues ésta es inversamente proporcional a la calidad del plato (uno de los mejores hasta el momento, pero que nada podría contra el póker cárnico que lo sucedió).

Un 10 para la “rillette” de cochinillo “rebozada” de “brunoise” de verduras crocantes y aderezada con una magnífica mostaza verde (cilantro, menta, albahaca y, por supuesto, mostaza). Un plato profundo y fresco –un matrimonio gustativo al alcance de muy pocos-.

Y tres 11 para:

El pichón (perfecto en todos sus extremos: textura, punto de cocción, crocante de la grasa, sabor, apariencia…) macerado en agua de anchoas y acompañado por ciruelas.

El volován de becada y col (el mejor plato de caza que he comido esta temporada).

Y la liebre a la Royale en dos servicios: consomé (profunda delicadez) y Liebre a la Royale 2014 (una “rillette” que, dado que tiene añada como los vinos, la definiré en sus términos: de Pago y de Expresión –en cristiano: ¡Insuperable!).

Gran talento también el demostrado por Rafa Delgado en el capítulo de los postres.

Excepcional la yuxtaposición de sabores (lichi, pepino, “Gewürztraminer”, galanga y vainilla) y de texturas (helado, granizado, gelificado, al natural…) del primer postre.

Y belleza, belleza y belleza, pero todavía más sabor en el postre de mango, pomelo, helado de leche de cabra, albahaca, pastel de zanahoria, crema de limón y haba tonca. Un postre con base frutal que, con su calidad y complejidad gustativa, no provocó añoranza alguna a postres más contundentes, con sabores más típicos para poner el colofón a un menú.

Aunque, verdaderamente, el colofón lo iba a poner un irregular trio de “petit fours”.

Muy buena la mousse de yogur con sorbete de pera madura, resultón el bombón de chocolate blanco y fruta de la pasión e impropio (por contenido) el bizcocho de cacao, cerveza y limón.

En definitiva, la cocina del restaurante Alkimia, la de Jordi Vilà, está viviendo su mejor momento, será que está cogiendo carrerilla para el gran salto y los grandes retos que le aguardan a la vuelta de la esquina.

Bodega: Algueira Cortezada 2013 (Godello, Albariño, Treixadura), Adega Algueira, D.O. Ribera Sacra; y Masdeu 2011 (Garnacha), Scala Dei, D.O. Priorat (el mejor vino de Catalunya según la “Guia de Vins de Catalunya 2015”).

Precio: 130€ + bebidas.

En pocas palabras: La mejor cocina de Barcelona.

Indicado: Para disfrutar del mejor Alkimia antes de que, con su mudanza, mude o mute.

Contraindicado: Para los empecinados en creer que el talento gastronómico lo mide la presencia mediática –bueno, no, pues a éstos es a los que más les urge una visita al restaurante Alkimia para reparar en su error-.

Carrer Industria 79, Barcelona.
932 076 115


Hay días en los que me levanto de una mesa y sufro por lo que voy a tener que decir. Al respecto, os aseguro que es mucho más fácil y agradecido, aunque también mucho menos honesto, como cronista gastronómico vestirse de Oso amoroso o de Teletubbie –que no os confundan, pues son lobos con piel de cordero, pues su bolsillo les importa mucho más que el vuestro- que de Vengador justiciero.

Otros -pocos son, pues aunque hay demasiados restaurantes en los que lo más destacado es su carta de gin-tónics, mi verborrea compensa con creces su irrelevancia- tiemblo por no saber qué voy a deciros.

En la mayoría de ocasiones, nuestra más prolífica –casi mormónica- que rica restauración siempre suele brindarme algún pie en el que apoyar mis disquisiciones.
Y es a propósito de una comida, de un restaurante, de un cocinero que sin palabras debería dejarme cuando mi prosa se desata.

No obstante, y sabedor de que tanta palabrería a muchos os cansa, hoy, y sin que sirva de precedente, voy a ir al grano.

Hacía casi tres años que no visitaba la casa de comidas de los gemelos Torres -¡Cuánto te has perdido, Eduard!-, pero como es de sabios –o de menos tontos- rectificar, el pasado sábado me senté, igual que en mi última visita al restaurante Dos Cielos, en su mesa del chef (de los chefs) –sin duda, de las mejores en las que me he sentado, pues sus vistas, a la cocina y al “skyline” de Barcelona, no tienen parangón-, ávido de disfrutar del talento de Javier y de Sergio.

Almuerzo en la mesa de los chefs al que precedió un aperitivo, en la bella, aunque más vestida de noche que de día -¡Qué pena!-, terraza del restaurante Dos Cielos, conformado por:

Unos perfectos grissinis de sésamo y semillas de amapola que anticipan la calidad de los panes que han de venir.

Y unas irregulares aceitunas Gordal rellenas de crema de anchoas, pues la anchoa que debía dar sabor a la crema debe seguir nadando por las costas de Santoña.

Y ya sentado en mi mesa –si podéis, que sea también la vuestra- y de la mano de uno de los mejores servicios de sala de Barcelona -¡Un hurra por Esteban!-, disfruté de:

Uno de los mejores servicios de pan de Barcelona (blanco, aceitunas Kalamata, nueces, de “pizza” (tomate y albahaca) y dulce (pipas de girasol, zanahoria y albaricoque)), acompañado por el solvente aceite cordobés Pórtico de la Villa (picual y hojiblanca).

Un interesante bizcocho crujiente de harina de mandioca relleno de crema de raifort y lima. Tal vez la intervención de un tenor hubiese hecho de este buen bocado una magnífica apertura, pues, y salvando las distancias, me evocó a un buñuelo de bacalao, sin bacalao, esto es, a un buñuelo de ajo y perejil.

Unos excelentes erizos, aderezados con algas, esferas de aceite, plancton y tinta de calamar, servidos sobre un finísimo pan de algas. Montadito dulce-yodado al que acompañaba (en la taza que lo soportaba) una delicada pero sabrosísima infusión de galeras y cítricos (lima, limón, citronela…).

Todo un alarde de sabrosa sencillez de la mano de una alubia de primavera –increíble el frescor, el verdor que puede llegar a atesorar una legumbre- servida en el caldo de su remojo.

Una correcta composición de tomate, capellanes (una suerte de bacaladilla) y salazones. Y solo correcta pues, gustativamente era bastante plana –la acidez podía con todo- y técnicamente podría estar mejor resuelta -sin ir más lejos, la escarcha de tomate estaba a años luz de la de gazpacho de la que disfruté en la última temporada de elBulli-.

Una magnífica berenjena frita con un velo de mostaza, coriandro y comino –sin duda, lo mejor del plato- y acompañada con pimpinela, amaranto, pimiento rojo y flores de ajo. Un jardín en el que celebrar haberse metido.

Unos guisantes del Maresme sobre una royal de espárragos blancos. Los guisantes se anunciaban como de Lágrima y no lo eran. No obstante, por cada cucharada del plato, y gracias a la magnífica royale de espárragos, derramé una lágrima de felicidad.

Una soberbio homenaje al ajo en forma de una composición de crema de ajo negro (ajo fermentado 40 días a 60 grados) de las Pedroñeras, crumble de malta, regaliz, y bizcocho de ajo y perejil. Un plato que es la ostia –hasta Drácula sucumbiría a sus encantos-, y los gemelos Torres lo saben, y por ello lo acompañan con una fina oblea de ajo.

Un excelente ravioli de foie-gras, aceitunas Kalamata, tomates secos y castañas, regado por un todavía mejor caldo de foie y cocido. Entre los mil que me hubiese comido y el triste –por solo, no por calidad- que compone el plato, estoy seguro que hay un término medio.

Un plato enunciado como “Jamón-jamón” y que se erigió como la mejor croqueta, eso sí, fluida –no sé si los más puristas me aceptaran este pulpo como animal de compañía- de Barcelona. Jamón, caldo de jamón, torreznos, bellota… ummmmmmmmmmami en estado puro.

Un excelente carabinero de Huelva, con su bearnesa, acompañado de algas gallegas y pepino y aderezado con estragón, cítricos y pimienta amazónica.

Una magnífica caballa del Cantábrico regada con un caldo de curadillo (raspa seca de un escualo) y acompañada por esferas de mandioquinha.

Al ver que marcaban los cubiertos de carne y que, en consecuencia, a la función salada le quedaba un solo acto, hice mío el grito de “Más madera” de Groucho Marx y, afortunadamente, Sergio no solo lo hizo suyo sino que respondió con un “No querías café, pues toma dos tazas”. ¡Y qué tazas!

De 11 el arroz de pulpo e hinojo.

Y de 12 el San Pedro con ñoquis de chirivía y un consomé de meunière que haría buena cualquier cosa que regase.

Con los cubiertos de carne otra vez sobre la mesa disfruté como un enano de un –de su, pues provenía de una explotación que poseen en la dehesa extremeña- cabrito lechal cocinado a baja temperatura y posteriormente marcado a la brasa de encinas y sarmientos, y acompañado de unas magníficas migas con ciruelas, anchoas y ajos confitados.

Una lástima que todo lo bien que había ido el almuerzo se torciese en los postres, pues hubo más de arena que de cal.

Cal, ergo bien, para su Gin-tónic –un lemon pie del siglo XXI-.

Y arena para su Café XXL, pues aunque pretendía ser un homenaje a los amantes del café, dada su falta de profundidad y la nula presencia de notas amargas, ácidas, tostadas, saladas…, y sí un excesivo dulzor, y una también excesiva presencia de vainilla, chocolate y anís, más bien se erigía como un homenaje a los amantes de los brebajes de Starbucks. Para más inri, ese borracho de ron sobre el que se apoyaba un grano de café que era un helado de café con leche y que hubiese podido aportar esa chispa que le faltaba al postre, llevaba más jornadas sobrio que muchos alcohólicos anónimos.

Y también para unos quesos que desafinaban –aquí, Eva (de la Teca), no te has lucido-.

El punto y final al almuerzo lo pusieron un café Nespresso –con esto y lo de antes queda claro que a los Torres no les gusta el café- y una Joya (bombón relleno de haba de cacao amazónico) que hacía bueno su nombre.

En definitiva, el restaurante Dos Cielos atesora méritos para ser un dos estrellas y los Torres talento para lucir tres en la chaquetilla. Mal la cicatería de la Michelin y mal también para Sergio y Javier por no apostar el resto por sí mismos -¡Coño, que sois uno mano ganadora!-.

Bodega: Koldo Ruiz, sumiller del restaurante Dos Cielos desde febrero de este año, tiene mucho trabajo por hacer, pues todo lo que tiene de extenso la carta de vino lo tiene de poco interesante. Mi elección, el peculiar albariño Tricó 2011.

Precio: 140€ (110€ del menú degustación + vino)

En pocas palabras: Un restaurante de muchísima altura.

Indicado: Para confirmar que, en cocina, el refrán “Dos cabezas piensan mejor que una” no es bueno, es buenísimo.

Contraindicado: Para los que abjuran de la cocina de autor por sus pírricas raciones, pues lo que casi siempre es una falacia, un prejuicio, en el restaurante Dos Cielos es una realidad que precisa de enmienda.

Hotel Meliá Barcelona Sky. Pere IV 272, Barcelona.
93 367 20 70

PD: No os perdáis el programa Cocina2 que los gemelos Torres protagonizan en la 1 tras Master Chef. La mejor medicina tras mucho show y poco cooking.

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Si a la pésima Dare Devil, Electra la hacía hasta digerible, Lobezno, sin el resto de los X-Men, era más indigesta que una fritanga.

Los Ewoks, descontextualizados de Star Wars, aportaban lo mismo que los platos de los actuales concursantes de Master Chef, esto es, nada.

Joey, sin sus “Friends”, era más soso que un huevo sin sal.

Y el éxito y valor televisivo de Aída, esa secundaria de 7 Vidas, son parejos al éxito y valor gastronómico de McDonald’s.

Viendo los derroteros por los que discurre la crónica de hoy, queda claro que su leitmotiv son los Spin-off.

Spin-off de los que el panorama gastronómico también está sembrado, aunque, su cosecha suele ser pobre pues a muchos de los que chefs que se atreven con este salto, tantas veces al vacío -peligrosa consejera es la temeridad-, les va como anillo al dedo eso de que “haría un buen negocio contigo comprándote por lo que vales y vendiéndote por lo que crees que vales”.

Sin duda, hay excepciones, como las del malogrado restaurante Libentia (el interesantísimo proyecto de grandes secundarios de los Alkimia, Saüc o Manairó, encumbrado como restaurante revelación en Madrid Fusión 2010 y que los egos echaron al traste), o la del restaurante que hoy nos ocupa, el Brots Restaurant que el belga Pieter Truyts -un cocinero con estrella y en toda su trayectoria rodeado de ellas (dos en los restaurantes Het Fornius y Het Molentje, y tres en el restaurante Comme Chez Soi)- abrió no hace ni un año en el corazón del Priorat.

Sería de recibo que, en este momento, os estuvieseis preguntado el Spin-off de qué casa de comidas es el Brots Restaurant, y la respuesta la encontraríais arrastrando el cursor hacia abajo, pues Pieter ha despegado, sin techo a la vista, desde la gran plataforma de lanzamiento que es el restaurante Can Bosch, en el que ejerció durante 8 años como jefe de cocina, como segundo de Joan Bosch.

Resuelta esta duda, ahora toca arrojar luz sobre la realidad del restaurante Brots.

Pues bien, Brots Restaurant, o el restaurante Brots –espero que Pieter, en pro de una prosa más biensonante, me perdone que entienda aplicable al nombre de su restaurante la propiedad conmutativa-, es una propuesta gastronómica tan sui generis como interesante, un local tan personalísimo como acogedor, y un servicio atento pero en absoluto a la altura del talento que encierran los menos de 10 metros cuadrados de la cocina del restaurante Brots.

Y ya por último, debo revelaros el contenido de mi almuerzo en el restaurante Brots, y del que saqué la convicción que, a diferencia de tantos restaurantes de provincia, de estar ubicado en el Ensanche o en el barrio de Salamanca sería, sin duda, uno de los restaurantes más destacados de las capitales catalana o española.

Almuerzo al que dieron forma:

Una interesantísima manita y media de aperitivos –mejores, por menos encorsetados, por más frescos, por más libres, que los degustados el día anterior en el restaurante Can Bosch-: embutidos caseros (lomo, longaniza seca al comino, paté de campaña, rillette de pato con curry y sésamo), piruleta de fideuá de setas –sin duda, el mejor-, crujiente de parmesano D.O. Can Bosch –ero, excelente- y salmón ahumado.

Un buen, aunque, de nuevo, de formato pequeño –los grandes, en toda la extensión de la palabra, panes de Barcelona se ve que todavía no han hecho las Américas-, servicio de panes caseros (blanco, integral y foccacia de tomate y vino tinto), regado con un notable aceite de la cooperativa de Poboleda.

Una sabrosísima montaña rusa de sabores y de texturas -¡Cuánto le gustan a mi paladar estas atracciones cuando detrás de ellas hay buen seso y buena mano!- en forma de un sashimi de caballa, cebolla dulce, compota de hierbas, mayonesa dulce de mostaza (se sustituye una parte del aceite por almíbar), pimienta rosa, eneldo, patata hervida y espárragos blancos. Sin duda, la mejor ensaladilla nórdica que he probado.

La deliciosa –sin duda, fue el mejor plato del almuerzo por el alarde de complejidad y equilibrio en que se erigía- excepción de que menos es más. Tetilla de vaca, sardinas ahumadas, mejillones al vapor, pan de curry, salsa de coriandro, comino, menta y tomate, crema de calabaza, zanahoria en crudo y alcachofas confitadas.

Un muy buen plato de vieiras, lengua de ternera, crema de topinambo, coliflor al curry, zanahoria y cebolla confitada.

Una notable, aunque algo dulzona –el denominador común de la cocina de Pieter, pero que aquí chirriaba- composición de anguila (guisada con soja y azúcar), setas, crema de estragón, crema de garnacha y patata confitada.

Un magnífico parfait de miel con ciruelas secas, piñones y vino rancio.

Un excelente helado de soja aderezado con avellanas y vainilla, al que una dulzona y de textura mejorable salsa de chocolate que lo pintaba y una presentación simplona le restaban bastantes enteros.

Y un cuarteto de petit fours que regalaron a mi paladar una irreprochable interpretación: madelaine de fresa y vainilla, speculoos, piruleta de chocolate blanco y vainilla, y polvorón de avellana y chocolate.

En definitiva, un gran restaurante con un todavía mayor potencial de crecimiento. ¡Cuántas alegrías me darás, Pieter!

Bodega: Interesantísima, y a precios de risa, carta de vinos que, sin dar la espalda a casi ninguna zona vitivinícola relevante, nacional e internacional, mira con mucho cariño al Priorat. La elección fue muy fácil, pues venía, y muy contento –no seáis malpensados, pues la mayoría de lo que paladeaba, aunque a regañadientes, lo escupía-, de catar los magníficos vinos que la pareja de Pieter, Silvia Puig, elabora en Torroja (Bodega Números Vermells). Acompañó mi almuerzo el vino En Números Vermells 2013 (Garnacha y Cariñena).

Precio: 50€. Disponen de tres menús: 45€ (7 servicios), 29€ (4 servicios), 27€ (3 pases); y el precio medio a la carta oscila entre los 35€ y los 50€.

En pocas palabras: Un Spin-off de Emmy.

Indicado: Para los que no aman al vino –pobrecitos- y buscan un pretexto para perderse por el encantador Priorat. El restaurante Brots bien vale el viaje.

Contraindicado: Para los que ante los enunciados de algunos platos siguen arrufando la nariz.

Carrer Nou 45, Poboleda (Tarragona)
977 827 328


Muchas de las entradas de este blog corresponden a la primera y, en ocasiones, única visita a un restaurante, lo que puede conllevar juicios temerarios, y sabedor de ello, me disculpo aquí y ahora por si mis palabras en algún momento han podido ser injustas, pero ni mi tiempo, ni el tempo de la restauración –cada día más acelerado- ni mi bolsillo me permiten, y ello a pesar de mi temple estoico –sí, soy de los que arriesgan el tipo a segundas partes aunque la primera invite a todo menos a ello-, ofrecer las segundas oportunidades que querría.

Pero la realidad de la crónica de hoy es bien distinta, pues si hay un restaurante sobre el que puedo escribir con conocimiento de causa, éste es el restaurante Can Bosch. Una casa de comidas en la que me senté por primera vez hace más de 20 años y en la que he comido en casi medio centenar de ocasiones.

En anteriores relatos sobre el restaurante Can Bosch he dejado escrito que, tal vez, en su entrada no brillan más estrellas (luce, desde hace muchos, muchísimos años una Estrella Michelin) por culpa de, en una localidad costera, estar ubicado tierra adentro. En este sentido, estrellas más fundadas en la brisa marina -pongamos, por ejemplo, que hablamos de los restaurantes Enoteca, Akelarre o Carme Ruscalleda- me hacen seguir en esos -los míos- trece.

También os he calentado la cabeza –y seguiría haciéndolo- con que el restaurante Can Bosch es la mejor casa de comidas en el trayecto del Euromed.

No obstante, y pues la crónica de hoy mira, y con mucho optimismo, hacia el futuro del restaurante Can Bosch, apartemos la vista del retrovisor y pongamos negro sobre blanco al hoy y, sobre todo, al mañana de este gran restaurante.

Can Bosch ha sido, es y será Joan y Montserrat, pero desde hace poco, Joan comparte la jefatura de la cocina con su hijo Arnau y Monserrat hace lo propio en la sala con su nuera Eva (la que también tiene metidas las manos en la masa, pues es la responsable de la panadería del restaurante).

Sabiduría y savia nueva para un restaurante que, de creérselo, y de pulir algunos detalles –en adelante veréis que en el tintero no se quedarán-, podría ser lo más brillante de la Costa Daurada.

Y el porqué de tan generosos como justos comentarios lo encontraréis en el Gran Menú Degustación (disponen también de un Menú Degustación (67€), de un Menú del Mar (74€), de un Menú Pica-Pica (38€) y de una carta más marinera, menos vanguardista pero igual de interesante -imprescindible su arroz negro- (50€-80€)) que hace un par de semanas me regalé y al que dieron forma:

Unos excelentes snacks de cebolla -el “Ganchito” ilustrado- y de olivas.

Una irregular cajita de aperitivos de la casa. Perfectos los crujientes de patata –el “Boca-Bit” ilustrado- y de parmesano. Notables los montaditos de alga nori crujiente con salmón, eneldo y caviar de aceite, y de chorizo y chutney de pera. E impropios los bombones de guacamole y chile –por su absoluta falta de frescura- y de queso de cabra con gelatina de mango y olivada –por anodino, por plano de sabor-. Arnau, convence a tu padre de que, en ocasiones, menos es más.

Un notable, a pesar de ser de pequeño formato –la excepción que confirma la regla-, surtido de panes (blanco, viena, de cereales, de aceitunas, de nueces, y de cebolla), acompañado por un buen aceite de arbequina de Siurana. Eva, convence a tu suegro para darle al pan su tamaño natural.

Una brutal terrina de lengua de ternera aderezada con tomillo, mostaza casera –la mejor que he probado- y servida sobre una tan delicada como sabrosa crema de zanahoria.

Una colosal composición, como colosales debían ser los crustáceos, de tártar de cigalas, crema de espárragos blancos -Sr. Knorr, si algún día quiere hacer cremas de verdad buenas, ya sabe a la puerta a la que tiene que llamar- emulsión de aceite y de naranja y perlas de soja. Un plato delicado, sabroso y cuyo equilibrio sápido –los dos tenores (cigala y espárrago blanco) brillaban gracias a la tan testimonial como atinada intervención de los barítonos (naranja y soja)- deja traslucir el talento de Arnau.

Un muy buen pulpo a la brasa -de lo tierno que era, casi parecía mantequilla-, acompañado por un finísimo puré de ajo negro, alcaparras fritas y puré de patatas. Con una mayor presencia de alcaparras, aunque no fritas, sino introducidas, por ejemplo, en el puré, ya tendríamos la cuadratura del círculo, pues su acidez prepararía al paladar para un nuevo bocado -hay platos que los disfrutas por acumulación y otros comenzándolos mil veces, y creo que éste es de los segundos-.

Un plato que reunía tres valores seguros y que cotizó tan alto como era de esperar. Guisantes lágrima estofados con puerros y ajos tiernos, bogavante y butifarra negra.

Un perfecto mar y montaña en forma de un falso ravioli de carpaccio de ternera, relleno de ostra gallega entibiada y acompañado por esferas de pimiento rojo, juliana de alga nori y una indescriptible crema de Noilly Prat –lo intentaré: un lienzo blanco que merecería estar colgado en las paredes de cualquier gran pinacoteca-.

Otro plato de 11 –y ya van tres contando el tártar y el “ravioli”- rémol con salsa Café de París y mayonesa de plancton. De 10 la calidad y el punto de cocción del pescado y de 12 la mano para que una salsa Café de París y una mayonesa de plancton lejos de “comerse” al pescado ofreciesen una de las más profundas y complejas composiciones sobre un pescado blanco que he probado.

Un excelente, aunque solo apto para paladares fumadores y amantes del rock and roll, secreto ibérico a la brasa con chutney de pera, berenjena ahumada, y una “demi-glace” con un agradable toque de tomillo.

Y si hasta aquí todo han sido aplausos para Joan, Arnau, Monserrat y Eva, los oídos a los que ahora debo regalárselos son a los de Albert (el responsable de la partida de postres del restaurante Can Bosch), por culpa de:

Una de las mejores versiones de una tartaleta de frutas que haya probado (chocolate blanco, manzana, fruta de la pasión, arándanos, fresas, frambuesa, citronela, anís, helado de yogur y menta…).

Y de un perfecto juego de tostados, dulces, salados… titulado “Algarrobas, chocolate y avellanas”.

Y para terminar, cinco “petit fous” que, si bien eran mejores que los aperitivos, compartían algunos de sus males. Excelente la palomita con crema de cacahuete, notable el macaron de limón, buena la gelatina de frambuesa vainilla y arándano, correcta la madalena de coco e impropio, por falto de punch, por irrelevante el bombón de whisky.

En definitiva, suele decirse que la segunda generación especula con lo heredado y que la tercera lo dilapida, pero visto lo visto, y dado lo mucho que de Joan a recibir tiene Arnau, el restaurante Can Bosch será, por muchos años, una casa rica, rica.

Bodega: Joan, Arnau, Montserrat, Eva, Albert y… ¡Manel! Uno de los mejores sumilleres que conozco y que ha construido una de las mejores cartas de vino de nuestro país. En ella encontraréis hasta 1.531 referencias, entre las que se cuentan más de 100 del vecino Priorat, D.O. en la que se circunscribió mi –bueno, la de Manel- elección. Terram 2010 (Cabernet Sauvignon, Cariñena, Garnacha y Syrah), Bodega Saó del Coster.

Precio: 125€ (97€ del menú + bebidas).

En pocas palabras: Pasado, presente y futuro.

Indicado: Para comprobar que en gastronomía la brillantez está en los platos y no en los soles o en las estrellas.

Contraindicado: Para los que tienen el dudoso gusto de maridar el aroma a brisa marina con el de aceite viejo de chiringuito.

Rambla Jaume I 19, Cambrils (Tarragona).
977 360 019


Reza el dicho que “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija” y, sin duda, este pellizco de nuestra sabiduría popular le va como anillo al dedo a la casa de comidas que hoy nos ocupa, pues ha sido a rebufo de los mejores atuneros del mundo -por supuesto, me estoy refiriendo a los Balfegó-, que el restaurante El Molí dels Avis de Josep Margalef y de su esposa Joana Martí ha alcanzado una velocidad de crucero con la que, allá por los setenta, cuando el restaurante El Molí dels Avis inició su andadura bajo la batuta de Rosalia Consarnau (la madre de Josep), seguro que ni se atrevían a soñar.

Tres siglos y tres realidades bien distintas son las que ha vivido la acogedora casa que da cobijo al restaurante El Molí dels Avis. Casa de pescadores en el XIX, restaurante de pescadores en el XX y, desde su reapertura en 2006, restaurante de atuneros ilustrados en el XXI.

Abusando del oxímoron que resulta de la yuxtaposición de los conceptos sabiduría y popular, os diré que, aunque en el restaurante El Molí dels Avis les deben mucho a los Balfegó, y sabedores de ello, ni muerden la mano que les da de comer ni son unos malnacidos, pues de desagradecidos no tienen nada-, la casa de comidas de Josep y Joana ofrece mucho más que los más sabrosos Omega 3 del planeta, y así, en su carta encontraréis excelentes recetas marineras firmadas por Rosalia, interesantes arroces de ayer y de hoy, y EL FLAN –sí, en mayúsculas, por mayúsculo en toda la extensión de la palabra- que hacen que el restaurante El Molí dels Avis bien valga una misa y, por supuesto, una visita.

A la cena me aguardaba el nuevo menú degustación del restaurante Can Bosch –con que solo tengáis la mitad de ganas de leer su crónica, la próxima, por cierto, de las que tenía yo por descubrir el primer menú firmado por el hijo de Joan Bosch, me daré por satisfecho- y, por ello, decliné la opción de abandonarme a su Menú del atún (80€ durante todo el año, a excepción del mes de mayo, durante el cual se ofrece, a propósito de las jornadas del atún, por 65€ -un argumento de peso, junto con el encanto que tienen los pueblos de L’Ametlla y L’Ampolla sin las hordas de turistas que los plagan en verano, para que os dejéis caer por el Baix Ebre en primavera-), y mi almuerzo discurrió entre un algo de carta tradicional y un mucho de su sección de atunes D.O. Balfegó.

Almuerzo al que dieron forma:

Un excelente aceite de la cooperativa local Flor de Maig y una delicada sal del Delta que hacían bueno un mediocre pan pre-congelado.

Unas notables aceitunas verdes de Aragón.

Unos interesantes mejillones al estilo Rosalía. Plato incorruptible, cual brazo de Santa Teresa, desde 1970, y que consiste en unos mejillones del Delta al vapor, aderezados con la salsa secreta de la casa –aunque bajo notario, literalmente, esté su secreto, al paladar se revelan sus encantos en forma de un romesco “agazpachado”-.

Una notable carrillera de atún en escabeche, a la que las puertas de la excelencia se las cerraban un exceso de canela –todo lo bien que le sentaba a la cebolla confitada le afeaba al atún- y una casi anecdótica presencia de hierbas y pimienta, y de las que resultaba un conjunto en exceso dulzón -¡Cuántas veces se olvida que lo dulce es mucho más invasivo que lo ácido, que lo cítrico, incluso que lo picante!-.

Un perfecto –cuando la materia prima es sublime, es de pena capital no ofrecer un producto de 10- sashimi de lomo de atún (casi trescientos quilos pesaba la criatura), aderezado con wasabi fresco –“comme il faut”-, jengibre y salsa de soja.

Y unos postres de ¡Olé!, y no solo por su calidad, sino porque, y tirando de nuevo de refranero popular, hacían bueno el dicho de “zapatero a tus zapatos”, pues se materializaban en un par de excelentes postres de la casa -¡Cuántas veces, tras un orgásmico ágape “tradicional”, tenemos un gatillazo por culpa de unos postres que de autor tienen lo mismo que el “León come gamba” de Alberto de Master Chef!- y en otras dos colaboraciones de artesanos de la zona.

De la casa:

EL FLAN. De dimensiones (18 huevos) parejas a su calidad (sabor y, lo que es más difícil en un postre tan colosal, textura).

Y un interesante helado de coco con licor de arroz del Delta.

Y de los amigos de la casa:

Unos muy buenos pestiños rellenos de cabello de ángel.

Y unas muy buenas trufas que hacían pasable el café –de Nespresso no cabe esperar mucho más-.

En definitiva, el restaurante de L’Ametlla de Mar, el de los Balfegó y el tuyo si lo que te va es lo bueno.

Bodega: Limitada carta de vinos de la que, no obstante, puede sacarse algo de bueno. Yo solo saqué algo correcto de la mano de un Silvestris 2012: la cariñena natural que Parés Baltà elabora en el Priorato.

Precio: 70€

En pocas palabras: Un sabrosísimo matrimonio de conveniencia.

Indicado: Para los que disfrutan de lo esencial: el mejor producto y la cocina tradicional.

Contraindicado: Para los que prefieren la caspa de la tuna que la casta de la “tuna” Balfegó.

Carrer Andreu Llambrich 74, L´Ametlla de Mar (Tarragona)
977 456 404


Es, en términos galácticos –y no me refiero a la política de fichajes de Florentino Pérez sino al igualmente discutible criterio de los Inspectores de la Michelín-, el restaurante Les Moles…

¿Recomendable (1*)?
¿Merecedor de un desvío (2*)?
¿Justificativo de un viaje (3*)?


Depende, y… ¿De qué depende?

Pues, y como seguiría cantando Pau Donés: “(…) de según como se mire”, pero también de según quién lo mire y, por supuesto, del contexto, entendido éste como el entorno del restaurante.

Con la mirada “buenista” de alguien con no demasiado bagaje gastronómico y con más ganas de viajar que Willy Fog, con un triple sí daríamos respuesta a las tres preguntas. Y no hace falta ser Amy Winehouse para responder a ellas “No, no, no”, solo alguien provisto de un paladar tan exigente y ducho como implacable, y cuyas máximas al tiempo de elegir restaurante sean “los experimentos con gaseosa” y “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Pero como casi nada en la vida es blanco o negro, entiendo que la mayoría nos distribuiríamos entre el “Sí, sí y no”, y el “Sí, no, no”. Yo soy de los primeros, aunque debo confesar que el segundo sí responde más a un entorno desprovisto de una sana y sabrosa competencia –como sucede con tantas comarcas catalanas, el interés turístico del Montsià es tan alto como su irrelevancia gastronómica- que a los méritos de su cocina. Afirmación, no obstante, que no os debería llevar al equívoco de entender el restaurante Les Moles como “el tuerto en el país de los ciegos”, pues es algo, o mucho más.

Entonces, ¿Merece el restaurante Les Moles la estrella que luce? ¿Le va grande? ¿Podría aspirar a una segunda o a una tercera?

Siempre a mi entender, la primera, aunque con merecimiento, la luce más, como alguno de nuestros escaños y por culpa de una “putineada” Ley D’Hond, por criterios de territorialidad que de proporcionalidad, pues el restaurante Les Moles en absoluto está el nivel de restaurantes como Dos Cielos o Can Bosch. Respecto la segunda o la tercera decir que éstas le quedan más lejos que a BOX un concejal por el barrio de Gracia.

Pero, y con base en los siguientes hechos –por supuesto, impregnados de mí-, juzgadlo por vosotros mismos.

Muchas son las posibilidades que permite el restaurante Les Moles de disfrutar de la cocina de Jeroni (chef y propietario). Entre ellas, dos degustaciones (64€ y 72€), dos menús mediodía (19€ y 30€) y la opción à la carte (precio medio 50€-70€). Me decanté por la última, pues traía hechos los deberes y no me apetecían nada tres horas de un "Play food" que, tras cotillear, más o menos discretamente, las mesas vecinas, calificaría de ñoño –en las tres acepciones de la palabra-.

Ya con la carta como marco para mi almuerzo, me tiré más a sus clásicos que a sus creaciones más recientes –se agradece que se indique al lado de la mayoría de los platos el año de su creación- y, visto lo visto, debo afirmar que, en el restaurante Les Moles cualquier tiempo pasado fue mejor, pues los platos probados de la primera década del siglo XXI estaban uno o dos escalones, gustativa y conceptualmente, por encima de los paridos durante este último lustro.

Así, y en una sala tan cálida y acogedora como de frío, aunque de lo más profesional, servicio (servicio, como la bodega, comandado por Carmen, la mujer de Jeroni), hace unos días pude disfrutar de:

Un trío de aperitivos de la casa que ya ilustran a la perfección lo dicho sobre si el restaurante Les Moles evoluciona o involuciona, madura o simplemente envejece.

Excelentes los dos clásicos:

Su interpretación del pan con aceite y sal (una esponja de pan con aceite y sal entre dos finas rebanadas de pan).

Y una gelée de vermut de Ulldecona con aire de mejillones y helado de aceitunas. Sin duda, el aceite y las aceitunas son elementos fetiche de la cocina de Jeroni -¡Y qué mano tiene con ellos!-.

Y una insulsa expresión de "Play food" el Petit Suisse de remolacha (falto de algún elemento gustativo que, ya fuese por contraste o afinidad, hiciese el bocado algo más complejo).

Un más extenso que excelso –el pequeño formato no ayuda- servicio de pan (nueces, sobrasada, aceite, sal, pasas y chapata), acompañado por, ahora sí, un excelso aceite elaborado con variedades autóctonas del Montsià (Morrut, Farga y Sevillenca).

Una notable composición de ventresca de atún D.O. Balfegó, esponja de pan con tomate, helado de vino, olivada de aceitunas milenarias, brotes verdes y esferas de pimiento. Y solo se quedó en notable, a pesar de lo complejo a la par que equilibrado de la composición, de la excelente ejecución técnica de la esponja y del helado, y del magnífico sabor de la olivada –de las mejores que he probado-, por culpa de una ventresca que lo era por los pelos y, además, se presentaba con un corte más que discutible.

Un excelente “all i pebre” de anguila del Delta (anguila cocinada a baja temperatura y posteriormente marcada a la plancha para obtener una piel crujiente y acompañada de parmentier de patata, ajo y pimentón). Uno de los platos con más solera del restaurante Les Moles que, a la postre, fue lo mejor del ágape.

Una interesante “cabra ibérica con pinturas rupestres”. Sin duda, lo mejor del plato era la utilización de esta pieza de caza (cocinada a baja temperatura), propia de la zona, toda una "rara avis" en nuestra restauración y de sabor delicado a la par que profundo. Lo peor, la forma de presentarla (en forma de una terrina que, por el exceso de picado, más parecía una rillette), y los barrocos –más que rupestres- y dulzones trazos de regaliz, lácteos y fresas que la decoraban –o afeaban-.

Una facilona versión del arroz con leche, materializada en una sopa de arroz con leche, para más inri, en exceso alimonada, acompañada con un buen helado de canela.

Su última creación en el capítulo dulce, en forma de un paisaje de su vino. Helado de vino, avellanas, caco, cereza, eucalipto… para otra obra bella, sí, pero de sabores poco integrados y, lo que es más grave dado los productos utilizados, plana, desprovista de cualquier profundidad gustativa.

Ya en el acogedor porche del restaurante, disfruté de una buena infusión de hinojo de su jardín y jugué –aunque siempre se ha dicho que con la comida no se juega, con estos petit fours era lo mejor que uno podía hacer- con su versión del tres en raya (dos Conguitos con colorantes y una trufa de manteca de cacao –la única con más valor que el meramente lúdico-).

En definitiva, el restaurante Les Moles, por la valiente cocina autóctona y de proximidad que practica, bien merece una visita, eso sí, si uno está por la zona, pues mucho más discutible sería tener que hacer las maletas por él.

Bodega: A pesar de la interesantísima carta de vinos, y por recomendación de Carmen, me dejé llevar, y acerté, hacia la excelente relación calidad-satisfacción-precio de su genuino –pues la bodega Altavins lo elabora exprofeso para ellos- vino de la casa. Les Moles Negre Criança 2012 (Garnacha y Syrah).

Precio: 60€.

En pocas palabras: Un ensayo sobre lo nuevo y lo viejo.

Indicado: Para que nuestro paladar rinda y se dé un homenaje a costa de ese producto tan nuestro y protagonista de algunos de los versos más célebres y celebrados de Miguel Hernández.

Contraindicado: Para los que con las cosas del comer no juegan.

Ctra. La Sénia Km. 2, Ulldecona (Tarragona)
977 573 224


Sé que me había comprometido a que en sucesivas crónicas arrojaría luz sobre nuestra cocina de provincias –que no provinciana, o como mínimo no siempre-, y aquí y ahora os aseguro que las próximas entradas de este blog las coparán los restaurantes Les Moles (Ulldecona), El Molí dels Avis (L’Ametlla de Mar), Can Bosch (Cambrils), y Brots Restaurant (Poboleda).

No obstante, el almuerzo que acabo de regalarme en el restaurante Mont Bar reclama a gritos que lo verbalice sin dilación, que os lo sirva en crudo –como solo pueden ofrecerse los grandes manjares- y, por ello, me veo obligado a sumir en un breve barbecho a los restaurantes en los que he hecho parada y fonda en una tan tardía como fructífera Semana Santa.

Grande y todavía más grata ha sido la sorpresa que me ha deparado el restaurante Mont Bar, pues si ya desde mi primera vista a esta casa de comidas del “gaixample” entendí que la apostilla “Bar” le quedaba muy, pero que muy corta, tras el ágape que mientras escribo estas líneas estoy digiriendo, no me cabe duda alguna de que el restaurante Mont Bar encierra una de las mejores cocinas de Barcelona.

Una cocina, una oferta gastronómica de muchos quilates cuya razón de ser debe buscarse y encontrarse en el binomio, y también pareja, Iván-Ana.

Iván Castro: un paladar con fondo, un comprador en forma –no solo no encontraréis en la carta del restaurante Mont Bar un solo producto de los “chinos” sino que todos cabrían en un escaparate de Tiffany’s- y un restaurador íntegro que ante la disyuntiva de arriar velas y navegar a favor de corriente –lo que hacen el 99% de los patrones de los restaurantes de nuestra ciudad y que suele traducirse en una travesía tan tranquila como insulsa- ha decidido izar la Mayor, el Génova y los Foques de su buque ofreciendo así al pasaje barcelonés un crucero para el recuerdo.

Ana Merino: una gran capitana de los fogones que, escudada por marineros de la talla de Marta Buzón (Calima, Gaig…) y Domenico Ungaro (escuela Vilà), cual mago de la chistera, es capaz de sacar de una cocina de Optimist platos propios de la Volvo Ocean Race.

Podríamos seguir surcando los mares y decir que el gran mal del restaurante Mont Bar es que navega entre dos aguas, las de un restaurante de tapas y platillos al uso, pues uno puede disfrutar en el restaurante Mont Bar a base de croquetas, ensaladillas o molletes, y las de un “gastronómico”, pues en su corta carta hay numerosas referencias de autor para el deleite, y que esta bicefalia, que redunda en que la factura de un ágape en el restaurante Mont Bar pueda oscilar entre los 30€ y los 90€, hace que, para muchos, no encaje ni aquí ni allí –para mí, no obstante, lo hace en ambos sitios-, pero entiendo mejor poner pies en tierra firme y, con base en los siguientes hechos, ilustrar el porqué de considerar el restaurante Mont Bar como una de las mejores casas de comidas de Barcelona.

Aviso para navegantes: la siguiente comida no es apta para casi ningún estómago y, por ello, no refleja en absoluto el tiquete medio del restaurante, pero hoy el cuerpo me pedía un homenaje y, a su vez, hacer buena la frase que tantas veces me ha dedicado mi abuelo y que reza “Eduard, es más barato comprarte un traje que invitarte a comer”.

Traje a medida en el restaurante Mont Bar que compusieron:

Un Yzaguirre del que, a pesar de ser de tirador –todo lo bien que le sienta a la cerveza le sienta mal a un vermut- disfruté en la agradable terraza del restaurante Mont Bar, acompañado por una notable selección de aceitunas de aquí (Lleida) y de allá (Aragón, Andalucía).

Un buen servicio de pan del solvente horno Sant Josep de la calle Roger de Llúria regado con un mejor aceite ampurdanés (Clos de la Torre).

La mejor –por supuesto, siempre a mi entender- croqueta, en este caso de jamón ibérico, que uno puede zamparse en Barcelona y parte del extranjero. Su secreto, la clave de su éxito: la delicadez de su bechamel.

Un notable mollete frito de papada de cerdo con cilantro y salsa Hoisin, al que la excelencia se la daría un plus de acidez o de picante en la salsa.

El bueno y el malo –el feo no estaba invitado, pues ambos tenían, como todos los platos del ágape, una factura de museo- de los buñuelos. De traca el clásico de bacalao con mayonesa de membrillo y un petardo, tanto por un exceso de acidez del aderezo como por una textura poco reconocible del buñuelo, el de cococha con mayonesa y esferificaciones de yuzu.

Unas tan impecables como enormes gambas de Palamós.

Una ostra francesa a la que el aderezo de apio y yuzu le quedaba grande dada su falta de salinidad.

Una magnífica ventresca ahumada de atún D.O. Balfegó, matizada con lágrimas de praliné de piñones y brotes.

Unos excepcionales guisantes lágrima, con sus brotes y velo de panceta, pero a los que afeaba la crema de sus vainas que los acompañaba -les restaba frescura, verdor-.

El mejor ceviche que he comido –y, dada la poca originalidad de nuestros restauradores, son unos cuantos-: vieiras, yemas de erizo gallego, una suave leche de tigre (lima, cilantro, Cigalis…), juliana de pimiento de Padrón, cebolleta, aguacate, maíz liofilizado, brotes de amaranto, y pitahaya. Mil y una pinceladas para un plato impresionista e impresionante.

Una excelente composición de caballa, ajoblanco de coco, kumquat –menos sería más-, ralladura de cítricos, chalota, rábano y brotes de cilantro.

Y una de matrícula en forma de espárragos blancos, sus esferificaciones, yemas de huevo de codorniz y caldo clarificado de jamón ibérico.

Un profundo a la par que equilibrado tártar de lomo de atún D.O. Balfegó con berenjena escalibada, ralladura de raifort y espaguetis de soja -¡Un secundario de Óscar!-.

Un notable cochinillo ibérico aderezado con salsa cantonesa –lo mejor del plato, en parte, por sus notas a citronela-, sorbete de pomelo y pak choi.

Un excelente lechazo acompañado con su demi glace, ñoquis de scamorza y pesto de menta. Plato que sería, a mi entender, de matrícula si en este gran lienzo se apreciasen trazos de especias como cúrcuma o comino.

Unos resultones, pero lechosos y dulzones, helados de galleta Chiquilín y de nueces de Macadamia.

Y un magnífica, brutal, espectacular… en definitiva, seguro que uno de los mejores postres de los que disfrutaré este 2015, versión del tiramisú, materializada en una espuma de mascarpone, cubierta con una cúpula nitro de chocolate blanco y trufa negra y acompañada de unos melindros empapados en capuccino y de unas galletas rotas de Amaretti y cacao.

En definitiva, como su nombre (Mont es el pueblo aranés donde nació y pació Iván) el restaurante Mont Bar está en la cumbre. La suya, pues no creo que pueda exprimirse ya más su cocina –talento hay de sobras-, y la de Barcelona –para observar a pocos, muy pocos restaurantes de Barcelona Iván y Ana tienen que levantar la mirada-.

Bodega: Igual que la cocina del restaurante Mont Bar no es de bar, tampoco lo es su carta de vinos (de las mejores de Barcelona). Tocaba elegir un vino a la altura de la comida, que no era tarea sencilla, pero lo conseguí apuntando muy alto –llamadme tonto-. Nit de Nin 2012 (Garnacha y Cariñena). Familia Nin-Ortiz. D.O. Priorat.

Precio: 160€ (80€ de la comida + 80€ del vino). ¡Qué homenaje me di! Lo que ilustra a la perfección la calidad del restaurante Mont Bar, pues solo en una gran casa de comidas te atreves a ir con el acelerador a fondo. Una comida no pantagruélica ni regada con un antojo –espero que mi mujer, cuando esté embarazada, sea más moderada en los suyos- rondaría los 50€-60€.

En pocas palabras: Ha nacido una estrella.

Indicado: Para confirmar que, en gastronomía también se aplica el principio jurídico de irrelevancia del “nomen iuris” –al final estudiar derecho me habrá servido para algo-.

Contraindicado: Para los que no saben disfrutar de la alta gastronomía si no media mantelería de lino y mobiliario de diseño.

PD: Si todo lo anterior os parece poco –los hay que nunca tienen bastante- el privado del piso de arriba del restaurante Mont Bar y sus dos degustaciones (80€ y 100€ + bebidas) espero que os dejen saciados.

Diputació 220, Barcelona.
93 323 95 90


Trumfa: el tubérculo ganador (la patata) en ceretano (conjunto de vocablos propios de la Cerdanya).

Triumfo: la mano ganadora en la brisca.

Trumfes: una apuesta segura en la restauración de la Cerdanya.

Tras el chasco de mi última cena en Barcelona decidí, por unos días, poner tierra de por medio con la Ciudad Condal y, de pasada, arrojar un poco de luz sobre la gastronomía de los extremos de nuestro país, que buena falta hace, pues si de la alargada sombra de Barcelona se dice que no permite brillar a los restaurantes de sus inmediaciones, aunque a veces creo que es todo lo contrario, que por el hecho de no estar en Barcelona, y por culpa de cierto chovinismo y mucho paternalismo, les atribuimos más mérito del que tienen -¿Luciría una estrella Lluerna, o Capritx gozaría de tanta fama si su campo de batalla fuese el ensanche?-, son muchos más los que por estar situados realmente lejos de su radio de acción se ven sumidos en un injusto ostracismo.

Y así, las próximas estaciones en las que haremos parada y fonda serán Llívia (Trumfes), Ulldecona (Les Moles), L’Ametlla de Mar (El Molí dels Avis), Cambrils (Can Bosch) o Poboleda (Brots Restaurant).

¡Chu, chu! ¡Pasajeros al tren!

Pero no avancemos tantos acontecimientos, no vayamos tan rápido, que más tiene este bloc –como mínimo para algunos- de tren de la bruja que de “Shinkansen” (los trenes bala nipones) –ni su prestigio, aunque con vuestra confianza me basta; ni su puntualidad, pues aunque intento ofreceros dos o tres crónicas por semana, el tiempo no es infinito y mi cartera lo es todavía menos; ni, por supuesto, su velocidad, pues ni mi farragosa prosa, ni mis excursiones son de trago corto-.

¡Chu, chu! Próxima estación: restaurante Trumfes.

Trumfes, un restaurante que nace como el enésimo, el natural encuentro (ya habían coincidido en la escuela Joviat o en los fogones del restaurante Aliguer de Manresa) de Pau Cascon, (quien tiene aquí la sartén por el mango, y nunca mejor dicho, de los fogones) y Àlex Molas (quien en esta nueva etapa profesional ha cambiado la chaquetilla de cocinero por el mandil de camarero para dirigir a las mil maravillas la sala del restaurante Trumfes -¡Cuánto se nota, cuánto se aprecia que un director de sala sepa, y mucho, de cocina! Enrique Valentí ya nos lo demostró en Casa Paloma o Chez Cocó-).

Suele decirse que a la tercera va la vencida, no obstante, hasta el póker de visitas al restaurante Trumfes (todas ellas en los dos últimos años) no las tenía todas conmigo sobre el éxito de la jugada, pues si ayer el restaurante Trumfes era una buena cocina -aunque en algunas ocasiones se advertía simplona y en otras barroca por falta de sencillez- que, no obstante, no estaba a la altura de su sala –ni del escenario ni de sus actores-, hoy están a la par, y no porque Àlex haya bajado el listón o se estén desconchando las paredes de sus más que acogedoras salas, sino porque la cocina de Pau es más madura, más lucida, y dan fe de ello:

Un irreprochable servicio de pan rústico y de cereales de la “boulangerie” Les Pains Carolins de la vecina y francesa localidad de Saillagouse, y de aceite (arbequina de Siurana).

Un interesante aperitivo de la casa en forma de montadito con pan Tramezzini de carpaccio de ciervo, mostaza a la antigua y parmesano que, entiendo, ganaría enteros de sustituirse el parmesano –tan visto como invasivo en estas composiciones- por un queso D.O.P. de la Cerdaña –además de un guiño a la tierra, un sutil e interesante secundario sin afán de protagonismo- y de servirse el carpaccio templado o, como mínimo, menos frío.

Un muy buen ceviche de dorada, aderezado con remolacha, lima, cilantro, cebolla, bien de aceite, como diría Karlos, y piel de naranja -el único “pero” del plato, y no por su presencia, sino por lo excesivo de ella (tal vez un pescado azul la hubiese admitido, pero no así la delicada y blanca dorada). Ya me lavaré luego la boca con jabón, pero… ¡Manda huevos que para disfrutar de un ceviche tenga que cruzar el túnel del Cadí! Aunque, también es cierto que, desde que este plato se ha convertido en el mantra de la gastronomía patria y todo hijo de vecino se atreve con él, las probabilidades de salir escaldado cuando uno se deja enredar con un ceviche son casi tan altas como las de pillarse los dedos al pedir un coulant.

Una excelente composición de vieiras, tirabeques a la brasa, y consomé de carne de cerdo, romero y garbanzos –¡Qué bien que le van a los caldos los garbanzos!-.

Otra parpatana –temblad ceviches, un nuevo Sheriff ha llegado a la ciudad- de atún de Almadraba, en esta ocasión presentada en forma de una interesante ensalada templada de escarola, habas, tomate, ajada y una suave vinagreta.

Un pichón en dos texturas que ilustraba perfectamente el Ying y el Yang. Perfectas las patas estofadas al vino tinto y el parmentier de apio, y con cierto regusto a quemado la pechuga y no muy bien resulta la textura de la polenta.

La realidad del financier de chocolate con espuma de coco y helado de fruta de la pasión era menos dulce que su enunciado por culpa de un financier de chocolate que tenía más de tarta de chocolate de la abuela que de distinguido dulce parisino (no tenía ni su untuosidad ni su almendrado sabor).

De bien alto la torrija de briox con helado de mango. El notable se lo hubiese dado de estar más empapada y el excelente si, además, el helado hubiese sido de sabor lácteo o tostado o, y de tener que constreñirme al mundo vegetal y naranja –ricemos el rizo-, éste hubiese sido de zanahoria o de calabaza –sabores mucho más amables con la torrija y, de nuevo, que sabrían ocupar mejor el rol que les corresponde, esto es, el de escudero-.

No solo ningún reproche, sino todo alabanzas para el babá al ron con espuma de café. Tiquismiquis que soy, una enmienda sí que haré, y ésta es la pertinencia del liofilizado de café, pues amargaba demasiado y tenía un excesivo recorrido en boca.

En definitiva, lo bucólico de algunos de sus pueblos, sus montañas en verde –aunque por desgracia de muchos esquiadores éstas lo están más meses de lo que desearían-, tantos deportes de aventura que practicar y, ahora, casas de comidas como el restaurante Trumfes, hacen de la Cerdanya un destino 4 estaciones –pensad en Vivaldi, por favor, y no en la más terrorífica de las pizzas, con permiso de la Tropical-.

Bodega: Interesantísima, por personalísima, carta de vinos de la que me quedé con un tinto sui generis de la Sierra de Salamanca: Tragaldabas 2013 (100% Rufete), Bodega Mandrágora Vinos de Pueblo.

Precio: 40€ (à la carte). Disponen, mediodía y noche, de un sugerente menú por25€.

En pocas palabras: Todo un triunfo.

Indicado: Para confirmar, recordar o descubrir –los hay todavía muy, pero que muy perdidos- que fuera de las grandes urbes existe vida inteligente, también gastronómicamente hablando.

Contraindicado: Para los que creen que en Valencia todo “quisqui” sabe preparar una paella, que la cocina de autor te deja con hambre o que en la montaña solo se puede cocinar a la brasa, vamos, para los del “topicazo” por bandera.

Carrer Raval 27, Llívia (La Cerdanya, Girona).
972 146 031


Noche aciaga.

Puede que esta sentencia inicial no invite a seguir leyendo pero, y pues en esta vida casi todo es relativo, en el demérito de algunos encontramos el valor de tantos otros.

Pero vayamos, como diría Jack el destripador, por partes.

Es martes 31 de marzo y el cuerpo me pide un Bonanova para cenar, no obstante, a las ocho y media me doy con su persiana metálica y con un cartel de “Estamos de vacaciones” en las narices. La noche es joven y en un suspiro estoy delante del restaurante Monvínic. Por desgracia, su nueva carta, que constriñe la elección a degustaciones –poco atractivas además de sustancialmente más caras- me hace no cruzar el umbral de su puerta. Tras una breve reflexión, Mont Bar se me antoja como el mejor plan C, pero, de nuevo, el infortunio sigue siendo mi sombra y con un restaurante hasta la bandera me encuentro -¡Bien por Iván y los suyos!-. El plan D, o G, me conduce al restaurante Gresca, sorprendentemente vacío, pero declino cenar en él pues se me informa de que Rafa está de tournée por su asesoría gastronómica ampurdanesa. Como ya he dejado dicho en más de en una ocasión, la mejor forma de disfrutar de las grandes casas de comidas es a través de sus menús degustación y, por supuesto, cuando sus estrellas saltan al terreno de juego –así como cuando voy al Camp Nou quiero que juegue Messi, cuando me siento en los Alkimia, Coure o Gresca quiero disfrutar del talento de los Vilà, Ventura o Peña-. Pasan pocos minutos de las nueve y ya me veo cenando una tortilla a la francesa en casa, no obstante, en ese preciso instante tengo la brillante idea –o, y a tenor de los acontecimientos que se iban a suceder, se me fundieron los plomos- de cenar en el restaurante Blau BCN (dónde estuve por última vez hace ya casi cinco años) con la esperanza que su evolución hubiese sido pareja a la de otro restaurante en boca de muchos en esos días (me refiero al restaurante Topik).

Con la edad nuestros gustos cambian (hace unos años hubiese matado por un Donut y ahora me tendrían que matar para que me zampase uno), nuestro paladar evoluciona (antes toda pizza era buena y hoy no doy con una de aceptable). Una evolución –evidentemente, los hay que no salen de Atapuerca- que, con honrosas excepciones, suele ir mucho más deprisa que la de la mayoría de restaurantes que, ya sea porque están encantados de conocerse o porque el respeto que sienten hacia sus comensales es todavía menor al que profesan por sí mismos, tienden a defraudarnos en sucesivas visitas. En este sentido, no es casualidad que los que escribimos sobre cocina acabemos publicando segundas, terceras, enésimas crónicas sobre algunos restaurantes, sobre aquéllos pocos para los que la excelencia es siempre su faro y no un mero buen propósito inicial que se queda en eso, o sobre los todavía más rara avis y para los que crecer no es simplemente un sinónimo de envejecer –aunque no os engañaré, algunos bis responden también al derecho humano de satisfacer los antojos propios o de los tuyos-.

Menos excursiones y más razones, pues si la alabanza sin justificar es cortesanismo o clientelismo, el reproche sin sustrato es vil maltrato.

Vaya por delante que estamos hablando de un restaurante cuya factura final ronda los 50€, lo digo a efectos del contexto en el que debería circunscribirse vuestra lectura y que también fue el marco de mi exigencia –una pasta pasada es mala tanto en el bar de la esquina como en un restaurante de postín, pero es en este segundo dónde es también inadmisible, pues el grado de tolerancia al error en un restaurante disminuye al ritmo al que crece su precio-.

Todo comenzó la mar de bien con una sala mucho más acogedora de lo que recordaba y un servicio tan atento como superado -aunque la ocupación sea baja (un tercio de la sala el día de mi visita), para que una única camarera pueda atender un servicio como el del restaurante Blau BCN (mayoritariamente de degustaciones) más que un mandil debe mudarse la capa de Superman-.

Siguió por los mismos derroteros, pues se me antoja imposible que mi clásico partenaire Yzaguirre pueda torcer nada. Aunque, dicho sea desde allí dónde todos somos Manolete, esto es, a toro pasado, las mejorables aceitunas verdes de Aragón que lo acompañaban no auguraban nada bueno.

En cambio, ya sí que me puso en guardia el mediocre servicio de pan -y no por culpa, creo, de Bon Blat, sino por una mala conservación del mismo-. Pan, dicho sea, acompañado por un notable aceite de arbequina gaditana.

Afortunadamente no me pilló desprevenido la ensaladilla rusa con jamón ibérico, atún y huevo, pues era todo un poema, todo un vodevil. Lo mejor, por citar algo, la mayonesa (elaborada con el aceite del atún, como lo hacía mi “yaya”). Lo peor, el resto, esto es, el punto de cocción de las verduras (en particular, el de la patata), la calidad tanto del jamón como del atún y, sobre todo, el “poti-poti” en que se materializaba esta “4 estaciones” de las ensaladillas.

Las aguas se tranquilizaron un poco con un correcto ravioli (las veces de pasta las hacían finas láminas de berenjena) de bacalao, acompañado con judías verdes al sésamo y salsa de tomate.

Y en ese momento, navegando sólo con ligero mar de fondo, llegó lo mejor de la noche en forma de un notable canelón (farsa de asado de pollo, ternera y cerdo, y matices de foie y de trufa) con una ligera bechamel de trufa -se apreciaba y se apreció el toque de caldo de pollo en la bechamel-.

Lástima que ese momento fuese solo eso, un suspiro, un espejismo, pues bien poco puede salvarse del naufragio en que se convirtieron los cuatro últimos pases de mi cena.

La buena textura era lo más destacable del “steak tártar”, pues el ligero aderezo de hierbas frescas, absolutamente plano y falto de punch, no le sumaba ningún entero, y un helado –un cubito dada su textura- de mostaza le restaba unos cuantos.

De nuevo, la textura era el bote salvavidas, en esta ocasión, de la poularda, y sus vías de agua: lo imperceptible –y tiene delito, pues veréis que son dos pesos pesados gustativamente hablando- de la trufa y del brie de mieux que, sobre el papel, la aderezaban, y la temperatura de servicio –templado para un escandinavo, frío para mí-.

Al falso bizcocho de fruta de la pasión con espuma de coco, sorbete de mandarina y almíbar de Tokaji, le hacían un flaco favor tanto el deliciosos recuerdo que de este postre tenía, como su currículum (postre ganador en 2009 del concurso propiciado por Espai Sucre “The Best Dessert”), pues, a pesar de su calidad, en 2015 este postre no está a la altura de lo que fue en 2009.

Y lamentando, y mucho, la severidad de mis próximas palabras, de juzgado de guardia lo de la última escala de mi cena en el restaurante Blau BCN. En este sentido, muy inconsciente o todavía más temerario tiene que ser uno para bautizar a un pastel de manzana de hojaldre nada mantecoso, de manzana todavía menos caramelizada, acompañado por una insulsa crema y servido todo ello frío –aquí y en Escandinavia- como “La célebre tarta tatin de Marc”.

En definitiva, a los hechos me remito o, y por explayarme algo más –carro al que jamás pierdo la ocasión de subirme-, el restaurante Blau BCN tiene mal mercado y, me temo, por ello, mal porvenir, pues por 10€ más uno puede disfrutar infinitamente más en los Gresca o los Coure, por 10€ menos disfrutar más en los Mont Bar o Vivanda, y por el mismo precio disfrutar lo mismo, pero dos veces, en los Can Boneta o Gat Blau.

Bodega: Peculiar, a la par que irregular, carta de vinos de la que me quedé con la modestia del Viña Zorzal Graciano 2013 (Graciano). Vinícola Corellana. D.O. Navarra.

Precio: 50€. Además de un menú mediodía (20€), dispone de una fórmula nocturna (30€), de dos menús degustación (38€ y 42€) y de numerosos platos en formato tapa o media ración que permiten la auto-confección de degustaciones.

En pocas palabras: No me sanará, pero hoy, y por desgracia, con una sola palabra me basta: Gris.

Indicado: Para los que, y tirando de filón bíblico, pues estamos de Semana Santa, comulgan con San Mateo en eso de que no solo de pan vive el hombre, pero en cambio sí que creen en que el hombre puede subsistir a base de canelones.

Contraindicado: Para los que creen, creemos, que en tierra de nadie nada bueno encontrarás.

Londres 89 o Passatge Lluís Pallicer 16, Barcelona.
934 193 032


Voy a montar un restaurante. ¿Dónde lo hago?

Tranquilos, no es una declaración de intenciones –y no lo es ni por falta de ganas ni por temor a los que me tienen ganas-, sino que es el mejor calzador que he encontrado para la crónica del restaurante DOP (el recién inaugurado en la barcelonesa Vía Augusta, y no el situado en la aledaña calle Amigó).

Sin duda, podría hacerlo en una zona turística (e.g. la Barceloneta) o de masas (por ejemplo, en el Paseo de Gracia), dónde los potenciales clientes no me faltarán. No obstante, para ello, debería tener un bolsillo profundo pero todavía más la garganta, pues en estos enclaves, por regla general, uno no sirve lo que quiere, sino lo que quieren –no creo que descubra a nadie que la cocina también se prostituye-.

Condicionado por la economía y por los principios, podría intentar buscar un local bueno, bonito y barato, pero, y pues en gastronomía el cambio de duros a cuatro pesetas es también una quimera, terminaría viéndome en un cuchitril intentando arrastrar allí dónde Jesucristo perdió su zapatilla a un público al que, salvo mucho talento mediante ante los fogones, la excursión no les merecería la pena.

O también podría, y lo que supondría matar dos pájaros de un tiro dado lo que cuesta conseguir licencias de restauración en Barcelona, intentar hacer renacer de sus cenizas, cual Ave Fénix, un espacio en el que se ha dado sepultura a los sueños de otros restauradores –en algunos casos, pues toda la voluntad puesta era inversamente proporcional a su profesionalidad o, en otros, pues faltaba lucidez, lucimiento o ambos-.

De apostar por esta última opción, seguramente, daría en el clavo, por enclave (situado en una zona pudiente) y por espacio (posee una amplia sala y uno de los patios interiores más bellos de Barcelona), de apostar por el local por el que pasaron, con más pena que gloria, los restaurantes Il Bellini y Toffees.

Por desgracia –para mí, no así para vosotros- llegaría tarde, pues hace menos de un mes que allí se ha instalado el nuevo restaurante DOP.

Ante todo, quiero compartir la sorpresa –hasta cierto desasosiego- que me causó el ver, en un paseo vespertino de hace unas semanas, que en este privilegiado espacio se iba a instalar una franquicia de un restaurante con poco valor gastronómico. No obstante, y como suele suceder con muchos apriorismos, estaba en un error, pues, el DOP de Vía Augusta, lejos de ser un franquiciado del de la calle Amigó, es una casa de comidas con personalidad propia y, anticipando acontecimientos, un restaurante de alto valor gastronómico que, con el de la calle Amigó solo comparte el nombre y la propiedad.

Y a propósito de lo anterior, me pregunto, ¿Es acertado, entonces, el bautismo del restaurante? ¿Vía Augusta aportará una pátina de calidad a Amigó, o será la alargada sombra de éste la que acabará por no permitir brillar al nuevo DOP? El tiempo –el más inexorable e implacable de los juzgadores- dirá.

Y ya sin más dilación, crucemos el umbral de la puerta del restaurante DOP de la Vía Augusta y encontremos el porqué de su virtud (recientemente reconocida con la distinción, en el marco de Madrid Fusión 2015, como Restaurante con un toque especial).

Sin duda, entre los haberes del nuevo DOP se pueden contar una sala tan contemporánea como acogedora y provista de una interesantísima barra con vistas a la cocina, la ya referida bucólica terraza interior (se abrirá al público a finales de abril) o un servicio amable, voluntarioso, pero falto de rodaje.

No obstante, el gran mérito del restaurante DOP reside en el atino mostrado por sus propietarios al haber puesto las riendas de la cocina en las manos de Juanjo Rodríguez (cocinero y propietario del malogrado restaurante Codium de la calle Villaroel).

Juanjo Rodríguez: alumno de la primera promoción de la Escuela de Hostelería de Barcelona, en la que compartió pupitre, o fogones, con ilustres cocineros como Carles Abellán, José Andrés y Sergi Arola, y cuyo principal faro siempre fue Jean Luc Figueras (con quien compartió sus últimas horas en Turquía).

Y lo que hace unos días pude probar de la cocina de Juanjo fue:

Un dúo de aperitivos de la casa, en el que la sabrosísima “Air baguette” rellena de salmorejo y coronada con anchoa del Cantábrico, estaba dos y hasta tres peldaños por encima de un resultón, pero algo ajado –guiño, o concesión, a un barrio que sigue rindiendo ciego culto a las croquetas de Semon-, pincho de chistorra y pasta filo.

Un pobre servicio de pan regado por un correcto aceite de hojiblanca jienense. Sin duda, este es el capítulo que mayor enmienda requiere y, especialmente, a tenor del “nivelón” que hoy observamos en Barcelona -¡Los panarras estamos de enhorabuena!-. Será la crisis y aquello que el hambre agudiza el ingenio, pero gracias a ésta, además del pan, hemos recuperado muchos productos que valen mucho más de lo que cuestan y que hasta hace bien poco eran denostados (e.g. casquería) –cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana-.

Una excelente ostra del Delta con Bloody Mary y jengibre. A priori, el enunciado me inspiró ciertas dudas y, de nuevo, me di con la sabrosa realidad en los morros, pues era todo equilibrio y profundidad.

Una interesante navaja cocinada a baja temperatura (65 grados) y acompañada con vinagreta de yuzu y ralladura de cítricos. Sin duda, me quedo con la versión del restaurante Espai Kru, pero ésta no la desmerece nada.

Un muy buen carpaccio de gamba de Huelva –excelente materia prima-, aderezado con una buena “brunoise” de verduras encurtidas y un helado, de elaboración propia, de pimiento del piquillo –lo único que chirriaba del plato pues, a mi entender, y a pesar de la calidad del helado, el sabor del piquillo era demasiado invasivo y maridaría mucho mejor con un carpaccio de bacalao o de ternera-.

Uno de los buques insignia de la cocina de Juanjo y del que ya había disfrutado como un niño en su Codium: “tataki” de atún con salsa de soja y sésamo y helado de wasabi (también de elaboración propia y que, a pesar de ser aquí un magnífico secundario, tiene mérito suficiente como para ser un protagonista de Óscar, por ejemplo, en un postre). Fue el plato que más disfruté de la cena y si el atún hubiese sido D.O. Balfegó… ¡Qué os voy a contar! Pero viajar a Japón por 14€ es, además de un lujo, todo un chollo.

Una excelente composición de bacalao Skrei (la mejor “merluza” del Mar del Norte, de la que, encarecidamente, os recomiendo que disfrutéis es estos últimos días de su temporada –no querréis que acabe la Cuaresma-), tripa de bacalao, guisantes del Maresme, trufa y un pil-pil con un acertadísimo toque de Jerez. Un plato de temporada de “chapeau”.

Una muy buena pieza de secreto ibérico Quercus cocinada, ahumada, al Josper y acompañada de piquillos y patatas paja, que hubiese brillado en todo su esplendor con unos minutos menos de cocción.

Un notable milhojas con mascarpone, fresones y vinagre de Módena.

Unas excelentes torrijas (receta de Jean Luc y que, de lo cremosas que eran, más parecían leche frita) con helado de “carquinyoli”.

Y la guinda a tan grata sorpresa la puso una muy buena Coca de Llavaneras.

En definitiva, el número 201 de la Vía Augusta ya tiene el inquilino que llevaba tiempo demandado a gritos.

Bodega: En exceso clásica –otra concesión al vecindario- carta de vinos. Mi elección, el Cal Pla Negre 2012 (Garnacha y Cariñena), del Celler Cal Pla (una de las bodegas con más solera –no cabía otra- del Priorat).

Precio: 50€. Precio medio: 35€-50€. Disponen también de un interesante menú mediodía por 20€.

En pocas palabras: ¡Sorpresa, sorpresa!

Indicado: Para creer -que buena falta nos hace- en segundas, terceras… enésimas oportunidades.

Contraindicado: Para los que a la zona alta la temen más que los moluscos a la marea baja.

Via Augusta 201, Barcelona.
933 488 435


Que el título de esta crónica no os desasosiegue, pues tanto Jordi Vilà como un servidor seguimos gozando de una salud de hierro y, así, la razón de tan inquietante título la encontraréis en la próxima mudanza del restaurante Alkimia.

Mudanza próxima, muy próxima, de la calle Industria a la Ronda Sant Antoni (en el Principal de la Fábrica Moritz Barcelona) que comportará también una muda de su propuesta gastronómica.

Doble mudanza del restaurante Alkimia que, salvo estrabismo galopante de los hombres de rojo, debería redundar en un mucho mayor reconocimiento de esta casa comidas en la Guía Michelin.

Hoy, el restaurante Alkimia luce solo una estrella –dos, sin duda, son la que merita su cocina-, pero a tenor del talento de Jordi Vilà y del espacio que sus socios de Moritz le tienen reservado, no es descabellado pensar que el primer tri-estrellado de nuestra ciudad no acabe siendo el Jordi que todos esperan.

Pero dejémonos de cábalas y de futuribles y vayamos a la miga de mi última cena en la mesa número 13 –lejos de ser un mal presagio, en ella constaté el increíble, tal vez el mejor, momento de su cocina (no así el de su sala)- del restaurante Alkimia de la calle Industria 79.

Miga, vino, y, por el camino, un colosal Menú Alkimia (130€) del que si hubiesen disfrutado los doce apóstoles no sé si se hubiesen dado las deserciones y traiciones ulteriores.

Y tras esta blasfemia por la que, tal vez, arderé en el infierno, y de apuntaros que del restaurante Alkimia también puede disfrutarse de una forma más contenida, ya sea a través de su Menú Tradiciones (68€), de su Menú Clásico (50€ y disponible, cual día del espectador, los miércoles), de su Menú Mediodía (39€) o a la carta (precio medio 60€-70€) -aunque, personalmente, considero que, a las grandes casas de comidas hay que ir sin el freno de mano puesto- he aquí la cena que el equipo del restaurante Alkimia, comandado por Hannes Eberhard, me brindó.

Todo comenzó con uno de los iconos de la cocina de Jordi Vila: el chupito de pan con tomate y longaniza de “Els Casals”. Sin duda, se trata de un aperitivo sabroso y divertido –aunque algo ajado- que, si bien definía, ilustraba perfectamente la cocina catalana de autor que Jordi practicaba en el restaurante Abrevadero o en los albores del restaurante Alkimia, hoy desentona pues su cocina desborda este marco.

Y, siguió con:

Un excelente segundo aperitivo: costra de pan con manteca, soja y nueces de macadamia.

Un buen, aunque no en su mejor día, servicio de pan (blanco y de frutos secos) y aceite jienense.

Una excepcional interpretación del vermut -cuando en Barcelona ha renacido la cultura del vermut más tradicional, más cañí, Jordi le da una, cien vueltas de tuerca, para regalarnos la versión más ilustrada de éste- materializada en:

Un granizado de vermut blanco con naranja y aceite, y bizcocho tostado de oliva con olivada, chocolate y anchoa 00 del Cantàbrico. Porque no existe la triple cero, que sino éstas lo serían. Por cierto, además de en su origen y en su tamaño –aquí sí que importa-, la explicación a su calidad (las mejores de Barcelona) la encontraréis en el hecho que las limpian a diario.

Un bonito curado bañado en una finísima salsa verde –terciopelo para el paladar y éxtasis para los sentidos- y aderezado con gelatina de vinagre de arroz y pepino. ¿Me ayudáis a poner nombre a esta magnífica expresión de cocina fusión vasco-nipona? ¿Nikkuak?

Unas sublimes yemas de erizo con “suquet blanco” (muy tenue de sabor), clara de huevo, perejil, y crujiente –valga la redundancia- de romana. No me lo ha pedido nadie, pero ya que su calidad merece un nombre más prosaico, aquí mi aportación –o entrometimiento-: “Huevo de mar escalfado”.

No hemos llegado ni a la mitad del menú y ya casi no me quedan adjetivos a la altura del talento culinario exhibido -aunque ojalá siempre fuese éste el mayor de mis problemas-.

Una composición de brandada de bacalao (profundidad y untuosidad), judías verdes (frescura), col escabechada (potencia y acidez) y raifort rallado (picante además de sus mil matices) que, como veis, lo tenía todo.

Un “lujazo” de plato en forma de tártar de Sant Pere, gamba y langostino con crema de marisco y cebollino, lima y caviar iraní Imperial 000 que, no obstante, me dejó con la duda de si la interveción de la lima sumaba o restaba. Bueno, duda ninguna, pues a mi entender el tártar no necesitaba de más frescura que la aportada por el cebollino, y el caviar y la lima se llevan como el perro y el gato.

Una tan sutil y delicada como sabrosa composición de guisantes lágrima –denominación y efecto que provocan-, queso stracciatella y hierbas frescas.

Un Sant Pere con crema de coliflor, crema de trufa (hecha a partir de trufas maceradas durante un año en Bañuls y Madeira –sabor de dos rombos-) y col encurtida en soja. Un plato perfecto que da fe de que Jordi Vilà es uno de los cocineros que más complejidad es capaz de dar a los platos de pescado. Complejidad que, a mi entender, es una de las pruebas del algodón del talento culinario y que muchos cocineros, también unos cuantos estrellados, no pasan.

Un brutal bikini de sopa de cebolla, panceta y trufa. No leáis en la parquedad de la descripción menos mérito que el del resto de sus compañeros de viaje, pues ésta es inversamente proporcional a la calidad del plato (uno de los mejores hasta el momento, pero que nada podría contra el póker cárnico que lo sucedió).

Un 10 para la “rillette” de cochinillo “rebozada” de “brunoise” de verduras crocantes y aderezada con una magnífica mostaza verde (cilantro, menta, albahaca y, por supuesto, mostaza). Un plato profundo y fresco –un matrimonio gustativo al alcance de muy pocos-.

Y tres 11 para:

El pichón (perfecto en todos sus extremos: textura, punto de cocción, crocante de la grasa, sabor, apariencia…) macerado en agua de anchoas y acompañado por ciruelas.

El volován de becada y col (el mejor plato de caza que he comido esta temporada).

Y la liebre a la Royale en dos servicios: consomé (profunda delicadez) y Liebre a la Royale 2014 (una “rillette” que, dado que tiene añada como los vinos, la definiré en sus términos: de Pago y de Expresión –en cristiano: ¡Insuperable!).

Gran talento también el demostrado por Rafa Delgado en el capítulo de los postres.

Excepcional la yuxtaposición de sabores (lichi, pepino, “Gewürztraminer”, galanga y vainilla) y de texturas (helado, granizado, gelificado, al natural…) del primer postre.

Y belleza, belleza y belleza, pero todavía más sabor en el postre de mango, pomelo, helado de leche de cabra, albahaca, pastel de zanahoria, crema de limón y haba tonca. Un postre con base frutal que, con su calidad y complejidad gustativa, no provocó añoranza alguna a postres más contundentes, con sabores más típicos para poner el colofón a un menú.

Aunque, verdaderamente, el colofón lo iba a poner un irregular trio de “petit fours”.

Muy buena la mousse de yogur con sorbete de pera madura, resultón el bombón de chocolate blanco y fruta de la pasión e impropio (por contenido) el bizcocho de cacao, cerveza y limón.

En definitiva, la cocina del restaurante Alkimia, la de Jordi Vilà, está viviendo su mejor momento, será que está cogiendo carrerilla para el gran salto y los grandes retos que le aguardan a la vuelta de la esquina.

Bodega: Algueira Cortezada 2013 (Godello, Albariño, Treixadura), Adega Algueira, D.O. Ribera Sacra; y Masdeu 2011 (Garnacha), Scala Dei, D.O. Priorat (el mejor vino de Catalunya según la “Guia de Vins de Catalunya 2015”).

Precio: 130€ + bebidas.

En pocas palabras: La mejor cocina de Barcelona.

Indicado: Para disfrutar del mejor Alkimia antes de que, con su mudanza, mude o mute.

Contraindicado: Para los empecinados en creer que el talento gastronómico lo mide la presencia mediática –bueno, no, pues a éstos es a los que más les urge una visita al restaurante Alkimia para reparar en su error-.

Carrer Industria 79, Barcelona.
932 076 115